Cuando el lenguaje se degrada, también lo hace la discusión pública. Se pierden los matices, se reducen las posibilidades de entendimiento y se debilita cualquier intento de diálogo genuino.
Hay un deterioro que se ha ido instalando casi sin hacer ruido, a plena vista, y tiene que ver con la forma en que se habla en el escenario político del país. No se trata únicamente de que el debate se haya endurecido -eso ha pasado siempre-, sino de que ha derivado en una procacidad persistente: un modo de expresarse donde lo vulgar, lo agresivo y lo ordinario terminan desplazando a las ideas, a los argumentos, a las propuestas.
Hoy da la impresión de que insultar es más sencillo que explicar. Que es más efectivo lanzar una frase cargada de desprecio que tomarse el tiempo de elaborar una alternativa seria. En ese escenario, el lenguaje político deja de servir para entendernos y pasa a ser un terreno de confrontación donde ya no importa persuadir, sino descalificar, aplastar al otro, convertirlo en enemigo en lugar de tratarlo como un adversario legítimo.
El agravio se ha vuelto habitual. La amenaza ya no genera sorpresa. El vituperio se instala como algo cotidiano, cuasi normal. Y lo más inquietante es precisamente eso: que ha dejado de llamar la atención. Se asume como parte del paisaje, como si expresarse con rabia o desprecio fuera sinónimo de autenticidad o firmeza, cuando en muchos casos lo que hay detrás es una carencia de ideas o la imposibilidad de sostener una posición con argumentos sólidos, cuando no un desmerecimiento del antagonista.
Este proceso no es inocuo. Tiene efectos claros. Cuando el lenguaje se degrada, también lo hace la discusión pública. Se pierden los matices, se reducen las posibilidades de entendimiento y se debilita cualquier intento de diálogo genuino. Así, la política deja de ser un espacio para construir soluciones y se convierte en una puesta en escena de enfrentamientos constantes.
A esto se suma que ese estilo termina expandiéndose más allá de la política. Lo que dicen quienes tienen visibilidad se reproduce, se imita y se amplifica. Poco a poco, esa forma de debatir contamina la manera en que interactuamos en la vida cotidiana: la agresión reemplaza a la escucha, y la descalificación desplaza a la reflexión.
Sin embargo, este rumbo no es inevitable. Es posible hablar de otra manera. Se puede disentir sin recurrir al insulto. Se puede criticar con firmeza sin caer en la vulgaridad. Recuperar un lenguaje más cuidadoso no implica suavizar las diferencias ni ocultar los conflictos, sino elevar la calidad del debate y hacerlo más honesto y provechoso.
Al final, no es solo una cuestión de formas, sino del tipo de política que se construye a partir de ellas. Si la palabra está degradada, difícilmente lo que se edifique sobre ella podrá ser mejor.