La desconfianza ciudadana no es irracional. Es la memoria viva de un pueblo que ha sido defraudado demasiadas veces
Sin asumir ninguna posición política del autor de esta s líneas, si reflexionamos por qué, a pesar de tantas opciones políticas, terminamos eligiendo siempre «al menos malo», encontramos una pregunta que vale la pena hacerse con honestidad. ¿Por qué un país con tanta riqueza natural y tanta diversidad de voces y pueblos termina reduciendo su democracia a elegir entre el que hace menos daño?
No es solo falta de interés político. Hay algo más profundo y más doloroso: una crisis de valores e identidad que nos empuja a repetir viejos enfrentamientos, a aferrarnos a bandos como si fueran trincheras, y a resistirnos a creer que un país más justo es posible. Para lograrlo habría que soltar los prejuicios y las desconfianzas heredadas que nos dividen más que cualquier diferencia real. Y eso, hasta ahora, ha resultado demasiado difícil de lograr.
La pregunta de fondo no es quién gana las elecciones. ¿Es por qué seguimos atrapados en el mismo círculo vicioso, campaña tras campaña, promesa tras promesa, decepción tras decepción?.
Ello es un verdad que se siente con mucha más fuerza fuera de la capital, en los pueblos alejados de la sierra y la selva, en los barrios pobres de las ciudades intermedias que tampoco aparecen en las noticias nacionales. Para el peruano de a pie que vive en esos lugares, la respuesta resulta más dura y directa: las decisiones no les pertenecen.
No importa cuánto caminen para llegar a votar. No importa cuántas horas inviertan en un proceso que les prometió representación. Al final, todo se decide en Lima, en oficinas muy alejadas de su realidad, por funcionarios que muchas veces nunca pisaron esos territorios ni comprenden sus formas de vivir y de organizarse. Incluso quiénes llegan a la segunda vuelta depende en gran medida de cómo vota la capital. Una ciudad que con frecuencia vive de espaldas al resto del Perú termina siendo la que define el rumbo de todos. Eso no es democracia plena. Es centralismo disfrazado de elecciones.
Esta herida viene de muy lejos, desde la colonia, y la república nunca la sanó del todo. Hoy, tras décadas de discursos sobre descentralización y reformas del Estado, la realidad sigue siendo la misma: el presupuesto nacional, los ministerios, los mejores hospitales, las universidades con más recursos y los medios de comunicación que forman la opinión pública están en Lima. El resultado es una frustración profunda y completamente legítima: la sensación de que el sistema político existe para otros y que las promesas de campaña son palabras que el viento se lleva antes de que termine el conteo de votos.
Los discursos sobre refundar el Perú se repiten puntualmente cada cinco años. Siempre los mismos compromisos: reducir la pobreza, llevar salud y educación a los rincones más alejados, acabar con la corrupción. Y casi siempre el mismo resultado: instituciones débiles que no funcionan, recursos que no llegan a quienes más los necesitan, una clase política que usa el poder para beneficio propio.
La desconfianza ciudadana no es irracional. Es la memoria viva de un pueblo que ha sido defraudado demasiadas veces: presidentes elegidos con esperanza que terminaron en la cárcel, obras abandonadas a medias, dinero destinado a construir colegios y postas médicas que desapareció en manos corruptas.
El peruano de a pie no pide milagros. Pide un médico cuando lo necesita, una escuela digna para sus hijos, un camino que no sea un riesgo para la vida. Pide, en el fondo, ser tratado como ciudadano de verdad en su propio país, no como un voto que se busca cada cinco años y se olvida completamente los otros cuatro.
El Perú profundo, ese que no sale en las noticias, sigue votando y sigue esperando. En esa persistencia hay una dignidad enorme que este país todavía no ha sabido honrar como merece. Quizás ese sea el verdadero punto de partida: no solo mejores candidatos, sino un sistema que finalmente escuche a los que siempre estuvieron ahí, esperando pacientemente que alguien los tome en cuenta.