La democracia tiene una característica fundamental que muchos parecen olvidar cuando los resultados no les favorecen: en ella nadie tiene garantizada la victoria permanente.
Quien participa en una elección debe hacerlo aceptando una realidad elemental: unas veces se gana y otras veces se pierde. Esa es la esencia misma del juego democrático.
Sin embargo, cada vez resulta más evidente que existen sectores políticos que defienden la democracia solo mientras esta les entregue los resultados que esperan. Cuando las urnas coinciden con sus aspiraciones, celebran las instituciones, exigen respeto por el voto popular y se presentan como guardianes de la voluntad ciudadana. Pero cuando el resultado les es adverso, el discurso cambia abruptamente. Entonces aparecen las denuncias sin sustento, las teorías conspirativas, los llamados a la confrontación y los intentos de deslegitimar aquello que hasta el día anterior decían defender.
Lo ocurrido con Juntos por el Perú y algunos de sus aliados políticos revela precisamente esa contradicción. Lejos de mostrar la serenidad y madurez que exige una democracia -sobre todo una endeble como la nuestra-, ciertas voces han optado por sembrar dudas, exacerbar ánimos y alimentar la polarización. No parece tratarse de una discrepancia legítima sobre propuestas o modelos de desarrollo; lo que se observa es una dificultad para aceptar que la derrota es una posibilidad real y permanente en cualquier proceso electoral.
La verdadera vocación democrática se demuestra cuando se pierde, no cuando se gana. Ganar resulta sencillo; aceptar una derrota con respeto institucional requiere convicción democrática. Es precisamente en ese momento cuando se pone a prueba el compromiso con las reglas de juego.
Quien solo reconoce la legitimidad de las elecciones cuando obtiene la victoria no es un demócrata consecuente. Es simplemente alguien que utiliza la democracia como un instrumento circunstancial para alcanzar el poder… es un impostor. Y cuando ese poder se le escapa de las manos, aparece la tentación de incendiar las praderas, de cuestionar las instituciones y de convertir el descontento en una estrategia política.
El Perú necesita superar esa lógica. Nuestro país enfrenta desafíos demasiado importantes como para seguir atrapado en una confrontación permanente alimentada por el resentimiento político. La democracia no puede ser entendida como un mecanismo destinado a satisfacer los intereses de una sola corriente ideológica. Es un sistema que exige respeto por la voluntad popular incluso cuando esta no coincide con nuestras preferencias.
los verdaderos demócratas aceptan el veredicto de las urnas
La fortaleza de una democracia no se mide por la capacidad de sus vencedores para celebrar, sino por la capacidad de sus derrotados para reconocer el resultado y continuar participando dentro de las reglas. Allí radica la diferencia entre quienes creen genuinamente en la democracia y quienes únicamente la invocan cuando les resulta útil.
Porque al final, los verdaderos demócratas aceptan el veredicto de las urnas. Los falsos demócratas, en cambio, comienzan a cuestionar la democracia precisamente cuando dejan de beneficiarse de ella.