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OPINIÓN/ El pulpo ideológico y el odio sectario de la izquierda peruana

Escribe: César David Gallo Lale

Teniente General FAP

 

muy pronto podremos ver en acción a los «pulpitos», que intentarán infestar las aguas de la democracia desde el mar parlamentario y desde las mafias rojas que continuarán actuando de Tumbes a Tacna, buscando teñir nuestra patria, dividir a la nación y someterla a la ideología roja.

Nuestra sociedad atraviesa una agresión psicopolítica sin precedentes. El Perú se encuentra jaqueado por mafias político-sindicales y bombardeado por la maquinaria propagandística del marxismo caviar, que ha perfeccionado su estrategia de dominación cultural. Amordazada por los sicarios mediáticos, entregada a la izquierda por políticos demagogos y confundida por la aparente moderación de muchos de sus adversarios, la mayoría democrática y silenciosa vive desalentada por un derrotismo que
pretende presentar la hegemonía marxista como irreversible.

La metáfora del “pulpo ideológico rojo” describe con precisión esta realidad. Sus ocho brazos aprisionan a sectores sanos de la población, devorando mentalidades y anulando voluntades. Sus tentáculos se adhieren mediante discursos manipulados sobre los derechos humanos, una aparente filantropía y una moderación meramente teatral.

El pulpo rojo permanece oculto en el fondo del mar de la confusión, disfrazando su radicalidad bajo un manto de tolerancia y justicia social. Sin embargo, detrás de esa máscara se esconde, según esta visión, un proyecto sectario que busca someter y destruir a nuestra nación.

En este escenario aparece Roberto Sánchez, dirigente comunista que, a juicio de sus críticos, encarna el resentimiento y el odio hacia los políticos y gobernantes que no se alinean con la ideología radical de la izquierda. Su discurso no es el de la crítica constructiva ni el de la oposición democrática, sino el de la descalificación sistemática.

Para Sánchez y las agrupaciones políticas que lo respaldaron en la segunda vuelta, toda autoridad que defienda la economía de mercado, la institucionalidad republicana o la libertad individual es presentada como enemiga del pueblo.

Su narrativa convierte a sus adversarios en alimañas, mientras reviste a los militantes de su causa como mansas palomas incomprendidas, víctimas de un supuesto sistema opresor que, según sostiene, será implementado por quién gobernará el país a partir del 28 de julio. Pese a que dicho gobierno aún no asume funciones, ya ha sido calificado por él como una dictadura, y ha anunciado que desplegará todos sus esfuerzos para impedir que gobierne democráticamente.

Este odio sectario se manifiesta en múltiples dimensiones. En el ámbito político, Sánchez rechaza la legitimidad del gobierno elegido democráticamente porque, según afirma, no responde a su dogma ideológico. En el plano social, desprecia a quienes defienden los valores tradicionales, calificándolos de reaccionarios.

En el aspecto económico, condena toda iniciativa privada como una forma de explotación, mientras justifica la corrupción de sus aliados reduciéndola a simples «errores administrativos». Su lógica es binaria: quien no se somete a su ideología radical y sectaria es considerado un enemigo al que hay que destruir.

La estrategia de Sánchez y sus correligionarios se sostiene sobre tres pilares. El primero es la manipulación del lenguaje: redefinen conceptos como democracia, justicia y derechos humanos para ponerlos al servicio de su causa.

El segundo es la victimización: presentan a los sectores radicales como perseguidos, invisibilizando sus propios abusos y actos de violencia. El tercero es la desinformación: utilizan medios afines y organizaciones no gubernamentales para difundir una narrativa que legitima su proyecto y demoniza a sus opositores. De esta manera, el pulpo rojo extiende sus tentáculos y captura mentalidades, debilitando la resistencia democrática.

El peligro de esta psicopolítica radica en que erosiona la confianza en las instituciones y normaliza el enfrentamiento permanente. Bajo el discurso de Sánchez, el Perú no puede construir consensos ni alcanzar acuerdos, porque todo debe girar en torno a la lucha ideológica. La pluralidad se convierte en traición; la discrepancia, en delito; y la moderación, en complicidad con el enemigo. Este clima de odio sectario solo frena el avance y el desarrollo del país, condenándolo a un círculo vicioso de confrontación.

Sin embargo, la mayoría silenciosa del Perú, aunque desalentada por la inseguridad y la corrupción imperantes, conserva la fortaleza de la verdad y el sentido común. Frente al pulpo rojo y a sus voceros, es necesario reafirmar que la democracia no es propiedad de una facción; que los derechos humanos no son patrimonio exclusivo de una ideología; y que la libertad no puede ser sacrificada en nombre de un proyecto sectario.

La resistencia no pasa por imitar el odio de Sánchez, sino por desenmascarar su estrategia y recuperar la primacía de la verdad. Ese será, precisamente, uno de los mayores desafíos que deberá afrontar el próximo gobierno liderado por Keiko.

El comunista Sánchez representa, para sus detractores, la radicalidad que pretende aprisionar al Perú bajo tentáculos ideológicos. Sin embargo, la nación tiene la capacidad de rebelarse frente a esa agresión psicopolítica. “La tarea es clara: quitar el disfraz de mansas palomas a quienes actúan como alimañas, devolver la dignidad a los sectores democráticos y reafirmar que la libertad, el mérito y el orden institucional son valores irrenunciables”

Solo así podremos cortar los brazos del pulpo rojo y liberar a la sociedad de su abrazo sectario. No olvidemos que muy pronto podremos ver en acción a los «pulpitos», que intentarán infestar las aguas de la democracia desde el mar parlamentario y desde las mafias rojas que continuarán actuando de Tumbes a Tacna, buscando teñir nuestra patria, dividir a la nación y someterla a la ideología roja. No lo permitiremos.

¡Comunismo y terrorismo, nunca más en nuestro Perú!

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