“La biblioteca es memoria, realidad expandida, imaginación esculpida en el signo escrito. En la biblioteca pervive el diálogo entre generaciones y culturas, entre lenguas y cosmovisiones, entre prejuicios y hallazgos científicos”.
La frase de Borges no es una definición: es un acto de justicia. Quien alguna vez encontró refugio en una biblioteca sabe que allí no solo habitan libros. Habitan vidas, preguntas, derrotas, esperanzas y, sobre todo, descubrimientos.
Yo tenía doce años cuando crucé por primera vez las puertas de la Biblioteca Municipal de Arequipa, aquella institución fundada en 1878 y ubicada en la cuadra tres de la añeja calle Ejercicios, hoy Álvarez Thomas. No lo sabía entonces, pero ese lugar cambiaría para siempre mi manera de mirar el mundo.
Recuerdo la biblioteca llena. No era un templo vacío ni un salón solemne reservado para unos cuantos. Era una biblioteca concurrida, frecuentada por estudiantes, maestros, jubilados y lectores silenciosos que parecían conocer el secreto de aquel universo de estantes interminables. Reinaba un silencio profundo, pero no un silencio muerto. Era un silencio lleno de voces. Bastaba abrir un libro para que empezaran a hablar los siglos. Y estaba el bibliotecario.
Todavía puedo verlo. Era un hombre de bigote generoso, de andar pausado, de mirada serena tras redondos anteojos y de una cortesía antigua. Se parecía de manera extraordinaria a don Ricardo Palma. Para mí, era don Ricardo Palma. Cada vez que lo veía caminar entre los anaqueles, tenía la impresión de que el autor de las inolvidables Tradiciones Peruanas había abandonado sus páginas para custodiar personalmente aquella biblioteca arequipeña.
Nunca olvidaré la forma en que entregaba los libros. Lo hacía con respeto, casi con afecto, como quien confía un objeto sagrado. Sin grandes discursos, enseñaba una lección que solo comprendí muchos años después: los libros no son mercancías; son herencias.
Fue en esa biblioteca donde descubrí la pasión por la lectura. No una lectura obligatoria ni utilitaria, sino esa lectura que despierta la curiosidad y ya no la abandona nunca más. Empecé leyendo historia, tradiciones, novelas, biografías, ensayos. Cada libro abría una puerta distinta y, detrás de cada puerta, aparecía un Perú que desconocía.
Comprendí que el Perú era mucho más complejo que los mapas escolares y las fechas aprendidas de memoria. Era un país de civilizaciones antiguas y conflictos persistentes, de héroes y miserias, de grandezas culturales y profundas desigualdades. Era un país escrito en muchas lenguas y explicado desde muchas miradas. La biblioteca me enseñó que una nación no se entiende con consignas, sino con lecturas.
Allí aprendí también a dudar. Y esa fue quizá la enseñanza más valiosa. Porque los libros serios no adoctrinan; interpelan. Obligan a confrontar prejuicios, a revisar certezas, a aceptar que la realidad suele ser infinitamente más rica que nuestras opiniones.
Con el paso de los años entendí que aquella biblioteca municipal era exactamente lo que Borges describía: un diálogo entre generaciones y culturas. En sus mesas de lectura convivían autores clásicos y contemporáneos, pensadores peruanos y extranjeros, científicos y poetas. En sus estantes conversaban el pasado y el futuro. Y un muchacho de doce años podía sentarse en medio de esa conversación sin que nadie le preguntara de dónde venía.
A veces pienso que muchas de las cosas que he escrito después comenzaron, sin que yo lo supiera, en esas tardes silenciosas de Álvarez Thomas. La inclinación por la historia, el interés por la política, la necesidad de comprender el comportamiento de la sociedad peruana y, sobre todo, el respeto por la palabra escrita nacieron entre aquellos anaqueles. Hoy las bibliotecas enfrentan desafíos distintos. Las pantallas compiten por nuestra atención y la velocidad parece haber derrotado a la paciencia. Sin embargo, sigo creyendo que una biblioteca conserva un poder irreemplazable. Nos obliga a detenernos. Nos recuerda que pensar requiere tiempo y que comprender requiere humildad.
Cada vez que paso por esa calle antigua, siento que una parte de mi infancia sigue sedente en alguna de esas mesas de lectura. Veo al muchacho que fui, esperando que el bibliotecario -idéntico a Ricardo Palma- le alcance otro libro. Y entiendo que, en realidad, no me estaba entregando un volumen más. Me estaba entregando una forma de vivir. Porque hay lugares que nos albergan y lugares que nos fundan.
La Biblioteca Municipal de Arequipa fue, para mí, uno de esos lugares fundacionales. Allí descubrí que leer era conversar con quienes ya no estaban, discutir con quienes pensaban distinto y viajar por un país inmenso sin moverme de una silla. Allí comprendí que el Perú era una pregunta infinita.
Y allí, rodeado de libros y envuelto en aquel silencio lleno de voces, descubrí una devoción que terminaría convirtiéndose en mi inseparable compañera.