Cuando pensamos en los españoles que llegaron a América durante los siglos XVI y XVII, solemos imaginarlos simplemente como conquistadores enviados por la Corona. La realidad histórica fue bastante más compleja.
Muchos de aquellos hombres provenían de una sociedad europea rígidamente jerarquizada, donde nacer sin patrimonio, no ser el primogénito o pertenecer a una familia de recursos modestos limitaba enormemente las posibilidades de progreso. América apareció entonces como una frontera de riesgo, pero también como una extraordinaria oportunidad.
La búsqueda de fortuna
Entre quienes cruzaron el Atlántico encontramos soldados, marineros, comerciantes, artesanos, funcionarios, hidalgos empobrecidos y aventureros. Algunos habían adquirido experiencia militar en Europa y llegaban dispuestos a arriesgar prácticamente todo buscando riqueza, tierras, cargos y prestigio. Por ello puede encontrarse cierta semejanza con el concepto de “soldado de fortuna”, aunque sería incorrecto identificar automáticamente a los conquistadores con mercenarios. Las expediciones españolas se desarrollaban bajo autorización de la Corona y mediante mecanismos jurídicos como las capitulaciones, pero buena parte del riesgo y del financiamiento podía recaer sobre los propios participantes.
La recompensa esperada era proporcional al riesgo: botín, encomiendas, tierras, posiciones administrativas, oportunidades comerciales y reconocimiento social.
Perú: la tierra donde parecía posible hacerse rico
La conquista del Tahuantinsuyo produjo un impacto extraordinario en Europa.
Las noticias sobre el rescate de Atahualpa, la llegada de oro y plata y, posteriormente, la explotación de las enormes riquezas minerales del espacio andino alimentó la imagen de Perú como sinónimo de riqueza.
No todos quienes llegaron hicieron fortuna muchos murieron, fracasaron o permanecieron modestamente establecidos en América, pero fueron los casos exitosos los que alimentaron el imaginario colectivo.
De allí surgirían expresiones que sobrevivieron durante siglos, como “valer un Perú” o “valer un Potosí”.
El “Perulero”
Aparece entonces una palabra particularmente interesante: perulero. Originalmente identificaba a personas vinculadas al Perú, pero durante los siglos XVI y XVII adquirió también una connotación económica. Podía designar al español que había estado en el Perú y regresaba enriquecido, así como a comerciantes estrechamente vinculados con el tráfico de mercancías y plata peruana.
Era, en cierta manera, una variante particularmente prestigiosa del fenómeno más amplio del “indiano”: el español que marchaba a las Indias y posteriormente regresaba a su tierra.
El retorno podía resultar espectacular. Quien había partido años antes con escasos recursos podía volver convertido en propietario, comerciante o rentista. Algunos construían grandes residencias, adquirían tierras, financiaban iglesias, capillas y obras benéficas o buscaban consolidar una nueva posición social para sus descendientes.
Así, la riqueza americana podía convertirse en prestigio europeo.
América como ascensor social
Este fenómeno permite observar la conquista y colonización desde una perspectiva historiográfica diferente.
América no fue solamente un territorio conquistado por España. Fue también un espacio que permitió a determinados individuos romper parcialmente las barreras sociales de la Europa de su tiempo.
Europa→ riesgo y aventura → América → conquista/comercio → acumulación de riqueza → regreso a España → ascenso social. Naturalmente, esta trayectoria correspondió solamente a una minoría exitosa.
Detrás de esas fortunas existieron también guerras, explotación de poblaciones indígenas, apropiación de recursos, epidemias, sistemas coercitivos de trabajo y profundas transformaciones de las sociedades americanas.
Por eso la historiografía contemporánea exige observar ambas caras del proceso.
Una paradoja histórica
Hay finalmente una paradoja interesante.
España conquistó América, pero América también transformó profundamente a España.
La llegada de metales preciosos modificó circuitos comerciales, financió a la monarquía, enriqueció individuos y familias y conectó la economía española con una red que terminó siendo prácticamente mundial.
Al mismo tiempo, buena parte de aquella riqueza circuló rápidamente hacia otros centros financieros y manufactureros europeos para pagar mercancías, créditos y las guerras de la Monarquía Hispánica.
Por ello, la historia del “Perulero” contiene una lección mayor.
No se trata simplemente del aventurero que fue al Perú y regresó cargado de oro. Representa un momento histórico en el que la expansión ultramarina abrió posibilidades extraordinarias de enriquecimiento y movilidad individual, mientras generaba enormes transformaciones y también enormes costos en las sociedades que hicieron posible esa riqueza.
Para recordar
El soldado de fortuna buscaba oportunidades mediante las armas; el conquistador participaba en empresas de expansión bajo el marco de la Corona; el indiano era quien marchaba a América y podía regresar enriquecido; y el perulero quedó especialmente asociado con el Perú y con la imagen de las grandes fortunas americanas.
Quizá por ello pocas expresiones resumen mejor la enorme reputación económica que alcanzó nuestro territorio durante aquella época que una frase que atravesó generaciones:
“Eso vale un Perú.”
Detrás de esas cuatro palabras permanece una parte importante de la historia económica, militar y social del mundo hispánico.