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OPINIÓN/ De los «peruleros» a la fuga de talento

Escribe: Javier Gamboa Burgos


Cinco siglos de una misma pregunta: ¿quién se queda con la capacidad de producir la riqueza?

La historia suele repetirse, aunque casi nunca de la misma manera. Cambian los protagonistas, las instituciones y las tecnologías, pero algunas preguntas permanecen. Una de ellas acompaña al Perú desde hace casi cinco siglos: ¿qué ocurre cuando un territorio genera una enorme riqueza, pero no consigue convertir una parte suficiente de ella en capacidades que permanezcan y se multipliquen?

Durante los siglos XVI y XVII, algunos españoles que habían cruzado el Atlántico regresaban desde el Perú convertidos en hombres ricos. A quienes habían hecho fortuna en estas tierras se los llegó a identificar como “Peruleros”. El término terminó asociado no solamente con el Perú, sino con la imagen del hombre que había encontrado en América las oportunidades que su lugar de origen difícilmente podía ofrecerle.

La plata, el oro y el comercio americano alimentaron durante siglos circuitos económicos que atravesaban el Atlántico. Una parte de aquella riqueza permaneció en América y construyó ciudades, haciendas, comercio e instituciones. Otra parte salió hacia Europa y terminó convertida en propiedades, consumo, financiamiento y capital. La pregunta interesante no es únicamente cuánto metal salió, sino cuánto de aquella extraordinaria generación de riqueza consiguió transformarse aquí en capacidad para producir la siguiente generación de riqueza.

Cinco siglos después, el escenario es radicalmente distinto. El Perú es un Estado soberano, participa de una economía mundial y necesita inversión privada, nacional y extranjera. Por ello sería un error convertir esta reflexión histórica en un alegato contra el capital externo. Una buena inversión puede
aportar tecnología, mercados, empleo formal, impuestos, proveedores, infraestructura y conocimiento. El inversionista debe obtener legítimamente una rentabilidad. La cuestión verdaderamente importante es otra: además de esa rentabilidad, ¿cuánto valor queda en el país y cuánto se multiplica?

Ese es precisamente uno de los grandes desafíos de la minería peruana. Poseer minerales en el subsuelo no constituye por sí mismo desarrollo. El desarrollo aparece cuando esos recursos movilizan inversión, productividad, infraestructura, proveedores especializados, profesionales, técnicos, investigación, tributación y nuevas empresas. El recurso natural puede agotarse; las capacidades creadas alrededor de él pueden permanecer durante generaciones.

El debate de Conga, en Cajamarca, ilustra una tensión que el Perú todavía no ha resuelto satisfactoriamente. Un gran proyecto formal fue detenido en medio de un severo conflicto social y ambiental, particularmente alrededor del agua.

Es legítimo que una sociedad exija garantías ambientales rigurosas y fiscalización independiente. Pero también debemos observar la paradoja posterior: la desaparición de un gran proyecto formal no significa necesariamente que desaparezca la explotación del recurso. En distintas zonas del país, la minería ilegal e informal ha avanzado con controles ambientales, laborales y tributarios muchos menores. La pregunta incómoda es si somos capaces de construir instituciones que permitan inversión moderna, ambientalmente auditada y socialmente responsable, en lugar de terminar tolerando actividades clandestinas mucho más difíciles de controlar.

La experiencia económica reciente del Perú también merece ser observada sin prejuicios. Durante las décadas de mayor crecimiento, inversión y estabilidad macroeconómica, millones de peruanos mejoraron sus ingresos y la pobreza monetaria se redujo de manera muy importante. Aquello no significa que el mercado resolviera todos nuestros problemas, ni que el Estado fuera innecesario.

Significa algo más sencillo: el crecimiento sostenido, la inversión y la generación de empleo constituyen herramientas extraordinariamente poderosas para reducir pobreza. Cuando la economía pierde dinamismo, la inversión se paraliza y aumenta la incertidumbre, los sectores más vulnerables suelen pagar primero las consecuencias.

El Estado tiene entonces una responsabilidad decisiva, pero quizá diferente de aquella que con frecuencia imaginamos. No solamente debe controlar, prohibir o redistribuir. Debe construir reglas confiables, seguridad jurídica, infraestructura, educación, justicia eficiente y regulación ambiental seria: las condiciones que permiten que millones de personas produzcan, inviertan y progresen.

Y aquí aparece otra exportación mucho menos visible que el oro o el cobre: el talento.

Cada año, profesionales, técnicos, investigadores, emprendedores y trabajadores peruanos encuentran oportunidades fuera del país. Algunos poseen una preparación extraordinaria; otros parten con formación más modesta y, sin embargo, consiguen empleo, aprenden, emprenden, progresan y envían remesas a sus familias.

El fenómeno contiene una evidencia que debería hacernos pensar: muchas veces el problema no es la ausencia de capacidad en las personas, sino la ausencia de un entorno capaz de reconocerla y multiplicarla.

Hace quinientos años numerosos europeos cruzaban el océano porque América representaba la oportunidad que no encontraban en casa. Existe cierta ironía histórica en que hoy tantos latinoamericanos recorran el camino contrario buscando exactamente lo mismo.

No debemos convertir al emigrante en culpable de la llamada fuga de talento. La decisión individual de buscar una vida mejor es legítima. El desafío consiste en crear un país donde marcharse sea una opción y no una necesidad; y donde quien se marcha encuentre también razones para regresar, invertir, emprender o transferir conocimiento.

Esto devuelve la responsabilidad finalmente a dos niveles. A las instituciones, ciertamente: gobiernos, ministerios, municipios, universidades y empresas. Pero también al individuo. Ningún modelo de desarrollo puede construirse únicamente desde un ministerio. Una sociedad progresa cuando millones de personas encuentran incentivos para educarse, ahorrar, emprender, innovar, asociarse, competir y asumir riesgos.

Quizá esa sea la lección contemporánea que podemos extraer de los antiguos “peruleros”. La riqueza verdaderamente transformadora no es solamente la que se encuentra debajo de la tierra ni la que aparece en las cuentas nacionales. Es aquella que crea la capacidad de producir nuevamente riqueza cuando el recurso original ya no exista.

Hace cinco siglos el Perú exportaba metales preciosos. Hoy debemos evitar convertirnos en un país que exporte también, por falta de oportunidades, su recurso más difícil de reemplazar: su talento.

La pregunta, entonces, no debería ser si queremos inversión o si queremos desarrollo; ambas cosas deben caminar juntas. Tampoco si el Estado o la iniciativa privada deben construir el futuro. Necesitamos instituciones capaces de liberar y encauzar la iniciativa de las personas.

El verdadero círculo virtuoso podría resumirse de manera sencilla: inversión que genera oportunidades; oportunidades que retienen talento; talento que genera innovación; innovación que crea nuevas empresas y productividad; y productividad que vuelve a atraer inversión.

Ese es el círculo que debemos aprender a construir.

Una invitación al lector

Esta columna no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir una conversación. La historia adquiere verdadero valor cuando nos ayuda a interpretar el presente y a pensar el país que queremos construir.

Invito al lector a compartir sus acuerdos, discrepancias, experiencias y nuevas miradas. El intercambio respetuoso de ideas también es una forma de construir ciudadanía y, sobre todo, de convertir la reflexión en oportunidad.

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