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OPINIÓN/ Nazismo: la herida que nunca cicatriza

Escribe: Ricardo Sánchez Serra

La memoria histórica no puede convertirse en víctima del olvido ni de la manipulación ideológica

El nazismo fue la mayor degradación moral, política y humana del siglo XX. Ninguna otra ideología llevó tan lejos la institucionalización del odio, la persecución racial y el exterminio sistemático de millones de personas. Sus consecuencias fueron devastadoras: una guerra mundial que dejó más de 50 millones de muertos, entre ellos cerca de 27 millones de ciudadanos soviéticos y seis millones de judíos asesinados en el Holocausto.

La derrota de la Alemania nazi, el 9 de mayo de 1945, debía haber marcado el final definitivo de aquella tragedia. Sin embargo, ocho décadas después, el mundo observa con preocupación cómo el neonazismo intenta recuperar espacios políticos, sociales y culturales. Ya no se presenta con la misma apariencia de los años treinta, pero mantiene intactos los mismos principios: la intolerancia, la supremacía y la negación del otro.

La historia ha demostrado que las ideologías totalitarias no desaparecen por completo. Se transforman, adoptan nuevos discursos y buscan legitimarse mediante la reinterpretación del pasado. Por ello, la defensa de la memoria histórica constituye hoy una tarea tan importante como la que asumieron quienes combatieron el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial.

En los últimos años, el debate sobre la rehabilitación de determinadas figuras vinculadas al nacionalismo ucraniano ha adquirido una nueva dimensión. El caso más conocido es el de Stepán Bandera, señalado por numerosos historiadores debido a los vínculos de su movimiento con la Alemania nazi y por las persecuciones contra polacos y judíos.

Cuando la condena del nazismo deja de ser un consenso universal y se convierte en un motivo de división política, la memoria histórica entra en una zona peligrosa.

La controversia se intensificó en mayo de 2026, cuando el presidente Volodímir Zelenski presidió la ceremonia oficial de reinhumación de Andrii Melnyk, dirigente de una de las facciones de la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Durante el acto, celebrado en Kiev, el mandatario ucraniano calificó a Melnyk como una “gran figura ucraniana”, una declaración que provocó críticas en Polonia e Israel. Diversos especialistas recordaron entonces que la organización dirigida por Melnyk colaboró con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

La tensión aumentó pocas semanas después, cuando Zelenski decidió otorgar a una unidad militar el nombre de los “Héroes del Ejército Insurgente Ucraniano” (UPA), organización vinculada al movimiento nacionalista liderado por Bandera. Para muchos ucranianos, la UPA representa la resistencia contra la dominación soviética. Sin embargo, Polonia considera que esa organización fue responsable de las matanzas de Volinia, en las que murieron entre 40.000 y 100.000 civiles polacos durante la guerra.

La respuesta polaca fue inmediata. El presidente Karol Nawrocki retiró a Zelenski la Orden del Águila Blanca, la máxima condecoración del Estado polaco. La decisión desencadenó una crisis diplomática entre dos países que, hasta ese momento, mantenían una estrecha alianza estratégica frente a Rusia. El mandatario ucraniano respondió devolviendo la distinción, mientras varios altos funcionarios y expresidentes ucranianos hicieron lo mismo con otras condecoraciones polacas.

La controversia alcanza incluso a las Naciones Unidas. Cada año, la Asamblea General debate una resolución destinada a condenar la glorificación del nazismo, el neonazismo y otras formas contemporáneas de discriminación racial. Sin embargo, el texto se ha convertido en uno de los más polémicos del organismo internacional. El hecho de que numerosos países voten en contra o se abstengan demuestra hasta qué punto la memoria histórica se ha transformado en un escenario de confrontación política. Resulta paradójico que la condena del nazismo, que durante décadas parecía un consenso universal, genere hoy profundas divisiones dentro de la comunidad internacional.

Porque el nazismo no comienza en los campos de concentración. Comienza cuando el odio se normaliza, cuando la intolerancia se convierte en un discurso aceptable y cuando la manipulación del pasado sustituye a la verdad.

Cuando la condena del nazismo deja de ser un consenso universal y se convierte en un motivo de división política, la memoria histórica entra en una zona peligrosa.

No se trata de un debate menor. La memoria histórica nunca es un asunto exclusivamente académico. La manera en que una sociedad recuerda su pasado influye en su identidad, en sus valores y en sus decisiones políticas.

Mi experiencia personal en el Dombás me permitió observar una realidad inquietante. En Donetsk pude ver uniformes pertenecientes a combatientes del batallón Azov y publicaciones -capturados en Mariúpol- dedicados a reinterpretar la historia ucraniana y glorificación a Hitler. Esos símbolos no pueden considerarse simples objetos de museo. Son manifestaciones ideológicas que obligan a reflexionar sobre los riesgos de banalizar el pasado.

El fenómeno no se limita a Ucrania. En algunos países bálticos se han organizado marchas y homenajes relacionados con antiguos miembros de las Waffen-SS. Estos acontecimientos han generado críticas de organizaciones internacionales y de instituciones dedicadas a la preservación de la memoria del Holocausto.

La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que, después de Auschwitz, Treblinka, Sobibor y Majdanek, todavía existan intentos de reivindicar movimientos vinculados al colaboracionismo nazi?

Quizá la respuesta se encuentre en el progresivo debilitamiento de la memoria colectiva. Los supervivientes desaparecen. Los testimonios directos son cada vez menos frecuentes. Y, cuando la memoria se desvanece, la manipulación histórica encuentra un terreno fértil. Incluso en Perú, desde hace años se está solicitando a las autoridades educativas que en los libros de Historia se incluya un capítulo sobre el Holocausto, sin resultados aún.

El nazismo no fue un simple movimiento político. Fue una maquinaria de exterminio organizada desde el Estado. Industrializó la muerte, convirtió la discriminación en política pública y transformó el odio en un instrumento de gobierno.

Por ello, los gobiernos tienen la obligación de promover una educación basada en el rigor histórico. Las universidades deben fomentar el pensamiento crítico. Los medios de comunicación tienen el deber ético de contextualizar los acontecimientos y combatir la desinformación. Y los ciudadanos debemos rechazar cualquier intento de justificar o embellecer una ideología responsable de algunos de los peores crímenes de la historia.

El 9 de mayo de 1945 no fue únicamente una victoria militar. Fue el triunfo de la civilización sobre la barbarie.

Olvidarlo sería un error histórico.

Porque el nazismo no comienza en los campos de concentración. Comienza cuando el odio se normaliza, cuando la intolerancia se convierte en un discurso aceptable y cuando la manipulación del pasado sustituye a la verdad.

La memoria de millones de víctimas exige algo más que ceremonias conmemorativas. Exige vigilancia permanente.

La herida del nazismo sigue abierta. Y la única manera de impedir que vuelva a extenderse es defender la verdad histórica con la misma determinación con la que nuestros antepasados defendieron la libertad.

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