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OPINIÓN/ La historia no regresa con el mismo uniforme

Escribe: Alberto Carpio Ávila

 

Alemania, la extrema derecha y el miedo que vuelve a poner a prueba a la democracia

Tal vez el error más peligroso que pueden cometer las sociedades cuando recuerdan una tragedia sea imaginar que, si alguna vez regresara, tendría el mismo rostro. Esperan los mismos uniformes, las mismas banderas, las mismas palabras, y los mismos símbolos, como si la historia estuviera obligada a repetir el mismo escenario para poder advertirnos. Y mientras esperan aquella repetición perfecta, no perciben que los mecanismos capaces de debilitar una democracia suelen presentarse de otra manera: primero como cansancio, después como desconfianza, más tarde como miedo y, finalmente, como la seductora promesa de que alguien podrá devolver el orden si los ciudadanos están dispuestos a entregar una pequeña parte de su conciencia como consecuencia de la incertidumbre que acompaña inevitablemente a la libertad.

Alemania conoce mejor que casi cualquier otra nación europea el precio de semejante extravío. Por eso el avance electoral de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt obliga a mirar el fenómeno con una cautela doble: sería intelectualmente irresponsable afirmar que Alemania está regresando al nazismo, pero sería igualmente irresponsable negarse a estudiar las condiciones que están llevando a una parte considerable de sus ciudadanos hacia posiciones que durante décadas permanecieron en los márgenes del
sistema político. En las elecciones regionales del 6 de septiembre de 2026, AfD obtuvo el 43,8 % de los votos y 39 de los 83 escaños del Landtag. (1)

El dato no convierte a sus electores en nazis. Obliga, precisamente por eso, a formular una pregunta mucho más interesante: ¿Qué ha ocurrido para que tantos ciudadanos consideren insuficientes las respuestas de los partidos que administraron durante décadas la democracia alemana?

Quizá la respuesta no se encuentre en una sola crisis, sino en la acumulación de muchas. El ciudadano que regresa a casa después del trabajo no piensa necesariamente en categorías históricas ni evalua minuciosamente los planes de gobierno. Mira más bien la factura de energía, escucha las noticias de Ucrania, observa el deterioro de una escuela, teme por el futuro industrial de su región, discute sobre inmigración, envejecimiento, automatización e inteligencia artificial y percibe que las certezas sobre las cuales construyó su vida comienzan a moverse.

Durante décadas, Europa vivió apoyada en una promesa silenciosa: los hijos vivirían mejor que los padres. Pero cuando esa promesa empieza a quebrarse, no cambia solamente la economía. Cambia también la psicología política.

La guerra de Ucrania añadió otra capa de incertidumbre. Alemania había levantado parte de su formidable potencia industrial sobre una combinación de manufactura, mercados globales y energía rusa competitiva. La invasión alteró aquel equilibrio.

Existen poderosas razones estratégicas para defender el principio de que las fronteras europeas no pueden modificarse mediante la fuerza, pero el ciudadano no experimenta la geopolítica como un tratado académico: ve cuánto cuestan la energía, la defensa y la ayuda exterior mientras contempla infraestructuras envejecidas, percibe la ausencia de empleo y los servicios públicos bajo presión.

Entonces surge una pregunta elemental —¿por qué nosotros?— y entonces el cansancio comienza a convertirse en política.

Al mismo tiempo, otra crisis avanza sin tanques. El cambio climático dejó de ser aquella amenaza que pertenecía cómodamente a 2050. La Organización Meteorológica Mundial señaló que 2015-2025 fueron los once años más cálidos registrados y situó 2025 aproximadamente 1,43 °C por encima del promedio preindustrial de 1850-1900. (2)

Europa enfrenta riesgos crecientes asociados al calor, las sequías, la agricultura, el agua y las inundaciones. (3)

Pero el clima se vuelve políticamente explosivo cuando abandona los gráficos y entra en una cocina. Una sequía destruye una cosecha; la cosecha perdida eleva los precios; los precios reducen el poder adquisitivo; la pérdida de bienestar genera ansiedad, y la ansiedad, cuando permanece demasiado tiempo sin explicación satisfactoria, comienza a buscar culpables.

Allí aparece el verdadero peligro: la simultaneidad. Guerra, migración, envejecimiento, competencia china, automatización, inteligencia artificial, transición energética, desinformación y pérdida de confianza institucional. Ninguna de esas fuerzas produce inevitablemente autoritarismo. No obstante, juntas, pueden producir miedo; y el miedo altera aquello que una sociedad está dispuesta a sacrificar a cambio de recuperar la sensación de control.

Dietrich Bonhoeffer comprendió algo parecido en circunstancias incomparablemente más terribles. Lo que lo perturbaba no era únicamente la existencia de hombres malvados. La historia siempre los había conocido. Era más bien comprobar cómo personas instruidas, responsables y aparentemente decentes podían acostumbrarse gradualmente a lo inaceptable. No era necesario transformar a todos en fanáticos. Bastaba conseguir que suficientes personas dejaran de resistir. Su reflexión sobre la estupidez apuntaba precisamente a esa pérdida de independencia interior que puede producirse cuando el poder, la presión del grupo y la necesidad de pertenecer terminan pensando por el individuo. (4)

Por eso resulta tan importante no llamar nazi a todo aquello que nos inquieta. Si cada radicalismo se convierte automáticamente en Hitler y cada adversario en fascista, las palabras terminan perdiendo significado y con ellas perdemos también nuestra capacidad de reconocer el verdadero peligro cuando aparezca. Pero el error contrario sería esperar tranquilamente la aparición de una esvástica antes de comenzar a preocuparnos.

El deterioro democrático puede ser mucho más discreto. Primero se desacredita al periodista, luego al juez, después al profesor o al científico. El adversario deja de estar equivocado y comienza a ser un traidor. La negociación se confunde con debilidad. La complejidad parece una excusa. Lentamente cambia el vocabulario y, con él, la frontera de aquello que una sociedad está dispuesta a tolerar. Una democracia puede empezar a deteriorarse mucho antes de que desaparezca la primera urna electoral.

Alemania debería saberlo. Era la nación de Kant, Goethe, Beethoven y Humboldt y, sin embargo, ninguna de aquellas cumbres culturales consiguió inmunizarla contra la barbarie. Ésa continúa siendo una de las lecciones más incómodas del siglo XX: educación, riqueza, ciencia y tecnología no garantizan ciudadanos libres. Una civilización puede enseñar filosofía por la mañana y obediencia por la tarde.

Tal vez por eso el pensamiento crítico no consista en reconocer el autoritarismo cuando ya ha triunfado. Consiste en advertirlo antes: cuando el miedo sustituye al razonamiento, cuando la identidad necesita fabricar enemigos, cuando la discusión democrática comienza a parecer una pérdida de tiempo y cuando una población cansada descubre que la libertad exige demasiado esfuerzo.

La gran pregunta alemana de 2026 no es, entonces, si regresará 1933. Probablemente no lo hará. La pregunta es si Alemania —y con ella las demás democracias— será capaz de reconocer aquellas condiciones que pueden llevar a ciudadanos libres a considerar prescindible una parte de su libertad.

Porque la historia no regresa con el mismo uniforme. Pero el miedo todavía conoce el camino. Y la libertad sigue necesitando ciudadanos capaces de pensar antes de obedecer.


1 Elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, 6 de septiembre de 2026: AfD obtuvo 43,8 % de los votos y 39 de los 83 escaños del Landtag; la mayoría absoluta requería 42. La clasificación política de una organización no permite atribuir automáticamente todas sus posiciones ideológicas a cada uno de sus electores.

2 World Meteorological Organization. State of the Global Climate 2025. Ginebra: WMO, 2026. La OMM señaló que 2015-2025 constituyeron los once años más cálidos registrados y estimó para 2025 una anomalía de aproximadamente 1,43 ± 0,13 °C respecto de 1850-1900.

3 Intergovernmental Panel on Climate Change. Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability. Cap. 13, “Europe”. El IPCC identifica como grandes riesgos europeos el calor y sus efectos sobre la salud, las pérdidas agrícolas asociadas a calor y sequía, la escasez de agua y las inundaciones.

4 Bonhoeffer desarrolló su reflexión sobre la estupidez en el texto “Sobre la estupidez”, perteneciente a los escritos de Después de diez años y posteriormente recogido en Resistencia y sumisión / Letters and Papers from Prison. Su planteamiento relaciona el fenómeno con el poder, los procesos colectivos y la pérdida de independencia interior, no simplemente con una deficiencia intelectual.



 

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