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OPINIÓN/ ¿Demócratas solo cuando ganamos?… El difícil ejercicio de respetar la voluntad popular

Escribe:  Fernando Peña Aranibar

El ciudadano no necesita permiso para votar. Tampoco necesita que una élite política, intelectual o mediática valide su decisión. Su voto expresa una voluntad y ese albedrío merece ser respetado, nos guste o no

El reciente triunfo electoral de Verónica Mendoza ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja contradicción de nuestra política: hay quienes se proclaman defensores de la libertad y la tolerancia mientras los resultados electorales coinciden con sus preferencias, pero que, cuando las urnas favorecen a alguien situado en las antípodas de sus posiciones ideológicas, reaccionan con agravios, descalificaciones y hasta desprecio hacia quienes ejercieron su derecho a elegir.

Y allí es donde convendría detenernos.

El electorado cusqueño ha expresado su voluntad. Puede gustarnos o no. Podemos coincidir o discrepar con sus razones, compartir o cuestionar la opción que ha elegido. Pero lo que no podemos hacer es ofender, ridiculizar o desmerecer esa decisión simplemente porque no coincide con la nuestra.

¿Desde cuándo el voto de unos ciudadanos vale más que el voto de otros? ¿Desde cuándo quienes votan como nosotros son ciudadanos sensatos y quienes votan diferente son ignorantes, manipulados, equivocados o, peor aun, padecenden de hipóxia?

Ese doble rasero termina haciendo mucho daño. Porque detrás de la descalificación del adversario político muchas veces se esconde algo más preocupante: la dificultad para aceptar que el Perú es plural, diverso y profundamente heterogéneo. Y que esa desemejanza también se expresa en las urnas.

La confrontación de ideas es parte natural de la vida política. Podemos cuestionar a Verónica Mendoza, sus posiciones, su trayectoria o sus propuestas. Podemos discrepar frontalmente de ella. Todo eso forma parte del legítimo debate. Lo que no resulta aceptable es trasladar esa disonancia hacia quienes decidieron respaldarla y convertirlos en objeto de ofensa o repulsa.

El ciudadano no necesita permiso para votar. Tampoco necesita que una élite política, intelectual o mediática valide su decisión. Su voto expresa una voluntad y ese albedrío merece ser respetado, nos guste o no el resultado.

Y esto debería ser entendido, sobre todo, por quienes se presentan como defensores de la libertad.

La verdadera tolerancia no consiste en respetar al que piensa igual. Eso es demasiado fácil. La real prueba aparece cuando el resultado no nos gusta, cuando triunfa aquel que representa precisamente las ideas que rechazamos.

Es entonces cuando debemos demostrar de qué estamos hechos.

Si somos capaces de reconocer la legitimidad de quien triunfa aun cuando no representa nuestras ideas, estamos contribuyendo a una convivencia política saludable. Si, por el contrario, respondemos con dicterios y desestimación hacia quienes votaron diferente, terminamos revelando que nuestra tolerancia tenía condiciones.

El Perú necesita menos arrogancia política y más respeto por el ciudadano. Requiere entender que ningún sector es dueño de la verdad y que ninguna elección convierte a unos peruanos en ciudadanos de primera y a otros en ciudadanos de segunda.

El resultado electoral puede discutirse. Las ideas pueden combatirse. Las propuestas pueden cuestionarse. Pero la voluntad de quienes acudieron a las urnas no debería ser objeto de burla ni de desprecio.

Porque al final hay una verdad muy sencilla que no deberíamos olvidar:
No tenemos que pensar igual para respetarnos. Y justamente allí comienza una sociedad verdaderamente libre. 

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