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Opinión/Proscrita

Por: Luis Gonzales Posada.

Resulta un atropello antidemocrático, una infamia política, que el gobierno de Venezuela bloquee el retorno de María Corina Machado, quien ha intentado ingresar a su patria por aire, mar y tierra en seis oportunidades.

María Corina es una lideresa desterrada, una proscrita, perseguida por mafiosos izquierdistas en el poder desde 1999, año en que el comandante Chávez ganó la presidencia, cargo que ejerció hasta su muerte, el 5 de marzo del 2013.

Desde esa fecha lo reemplaza Nicolás Maduro, sujeto a quien recordamos bailando y haciendo histriónicas maromas en los estrados mientras centenares de opositores eran perseguidos, apaleados, encarcelados o muertos.

Ahora él y su mujer, Cilia Flores, sobreviven en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, Nueva York, sin que ningún venezolano reclame por su libertad, como tampoco han hecho las comisiones de derechos humanos de la ONU, la OEA, la Comunidad Europea y ONG, que, con su silencio, proyectan aceptación o complacencia por el castigo impuesto al dictador, sobre quien pesan acusaciones de corrupción y narcotráfico, entre otros delitos.

Más aún, la mandataria, Delcy Rodríguez, no ha tenido la dignidad de protestar porque teme que le suceda lo mismo. Política cabildera, chavista curtida, se ha convertido en títere de Donald Trump, quien se expresa de ella elogiosamente, al mismo tiempo que succiona el petróleo del país llanero.

A finales de agosto, el magnate republicano dijo que había llegado a un acuerdo con el gobierno de Caracas, a través del cual Washington asumirá el control mayoritario de 65 mil millones de barriles de reserva de petróleo y el control sobre su comercialización, mientras empresas estadounidenses, entre otras, Exxon Mobil, anuncian que volverán a invertir en yacimientos de crudo y gas, reservados al Estado.

En otras palabras, Trump ha convertido a Venezuela en una colonia o factoría.

Y ante el pedido de la inmensa mayoría de ciudadanos para que se realicen elecciones generales, responde que “es muy pronto” y se exhibe en la Asamblea General de las Naciones Unidas al lado de una distendida y sonriente Delcy Rodríguez.

Sin duda, Maduro es un cadáver insepulto, cuyo destino depende del humor del presidente norteamericano.

En ese contexto, no es menos sorprendente la apatía de la Organización de Estados Americanos (OEA), que no se atreve a realizar una sesión extraordinaria sobre Venezuela, a pesar de que han migrado entre ocho y nueve millones de personas a diferentes países de la región, un millón seiscientos mil al Perú.

Y no lo hace porque inevitablemente tendría que invitar a la señora Machado y al presidente electo, embajador Edmundo González Urrutia, que ganó los comicios del 2024 con más del 70 % de los votos; resultado que no reconoció Maduro, tema que parece no importar a la comunidad de naciones que mantienen relaciones diplomáticas con un régimen ilegal.

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