El giro estratégico en comunicación no nace por casualidad y mucho menos en un gobierno que necesita marcar territorio rápido. Lo que se observa en las últimas semanas en el estilo de Keiko Fujimori, y en menor medida en su gabinete, es un cambio de piel que tiene poco que ver con la improvisación y mucho con la decisión calculada.
Al inicio, la apuesta fue la de la gobernabilidad serena. Un discurso de consenso, de estabilidad, de tecnocracia que explica y de ministros que contenían. Era el gobierno que pedía permiso para avanzar. Hoy, el discurso es otro. Es el gobierno que impone condiciones para ordenar.
La forma cambió antes que el fondo. La presidenta dejó el escritorio de Palacio para ponerse en el penal, para pasar ella misma por el detector, para mostrar la máquina que no funcionaba hace tres años y ahora funciona. No es un gesto administrativo, es un mensaje visual de que el control se ejerce en persona.
El tono dejó la explicación larga para pasar a la frase corta, de confrontación directa, de dividir la cancha entre quienes están del lado del orden y quienes están del lado de la violencia.
El fondo acompañó ese movimiento con una coherencia que no es propia del autoanálisis. Cuando un equipo se corrige a sí mismo, lo hace a tientas, se contradice, prueba un mensaje un día y otro al día siguiente. Aquí lo que se ve es un manual aplicado al milímetro.
Primero el comando unificado de fuerzas armadas y policía, luego la advertencia a las organizaciones criminales de que no van a asustar al gobierno y finalmente el traslado de ese concepto de orden a las escuelas con el anuncio del retorno de las expulsiones y la prohibición de celulares y desórdenes en el aula. Todo es el mismo hilo conductor. La calle, el penal y el colegio son el mismo territorio de disputa.
Este tipo de giro rara vez nace de una reunión interna del gabinete. Nace de un jale. De una persona o de una empresa que llega desde afuera, que no busca cargo ni foto, que se instala en la sombra y que ordena el relato. Su aporte no es ideológico, es metodológico.
Trae una narrativa probada, un timing de anuncios y un libreto de frases que se repiten hasta instalarse. Y sobre todo trae una regla de oro en crisis de seguridad que el fujimorismo conoce bien, quien no ocupa el tema de la seguridad con firmeza, termina siendo ocupado por él.
Por eso el gabinete aparece ahora en un segundo plano como ejecutor. El ministro del Interior puede ser cuestionado en el Senado, pero es la presidenta quien sale a blindarlo. Esa centralización del mensaje, esa disciplina para que todos repitan firme y unido y para que la acción siempre esté encabezada por ella, tiene la firma de un war room externo.
No es un cambio de maquillaje. Es un cambio de estrategia que busca construir legitimidad no por el consenso, sino por la autoridad. Y esa es una apuesta que puede ser muy rentable políticamente si la población percibe que el desorden retrocede, pero que también deja poco margen para el error. Porque una vez que se instala la narrativa de la firmeza, cualquier titubeo se cobra al doble