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OPINIÓN/ Alianzas militares sin arriesgar tropas

Escribe:  Ernesto Bustamante*

 

El verdadero alcance de una alianza se mide cuando sus integrantes deben decidir si están dispuestos a asumir pérdidas humanas y responsabilidades políticas.

La crisis del Oriente Medio está dejando al descubierto una paradoja. El 5 de octubre, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán activaron el Pacto de La Meca, el acuerdo de defensa mutua que firmaron en agosto, y Ankara e Islamabad se comprometieron a desplegar fuerzas en territorio saudí. Sin embargo, ninguno de los dos parece dispuesto a acompañar a Riad en una ofensiva terrestre contra los hutíes de Yemen. Estados Unidos, que mantiene con Arabia Saudita un acuerdo estratégico de defensa, tampoco. Una cosa es proteger a un aliado; otra muy distinta, enviar soldados a combatir en territorio ajeno. Esa diferencia entre compromiso político y riesgo militar ayuda a comprender también la competencia entre Israel, Turquía e Irán por el futuro de Siria.

La caída de Assad, en diciembre de 2024, alteró el equilibrio regional. Durante décadas, Siria había sido el eslabón territorial que permitía a Irán proyectar influencia hacia el Mediterráneo y abastecer a Hezbolá en el Líbano. El nuevo Gobierno de Ahmed al-Sharaa busca reconstruir un Estado devastado, recuperar soberanía y atraer inversiones. Turquía ha ganado influencia en Damasco; Irán ha perdido a su principal aliado estatal en el Levante; e Israel observa con desconfianza cualquier fortalecimiento militar sirio.

Para Ankara, Siria representa una prioridad inmediata de seguridad nacional. Turquía quiere contener a las milicias kurdas vinculadas al PKK y colaborar en la reorganización militar siria. Israel, por su parte, pretende evitar que aparezcan capacidades militares hostiles cerca del Golán y preservar su libertad de operación aérea. Ambos países se beneficiaron del retroceso iraní, pero sus objetivos posteriores no coinciden. No están en guerra; sí compiten por definir los límites del poder militar en Siria.

El problema territorial agrava esa rivalidad. Israel ocupó los Altos del Golán en 1967 y extendió allí su legislación en 1981, decisión que la mayor parte de la comunidad internacional no reconoce. Tras la caída de Assad, fuerzas israelíes entraron en la zona de separación prevista por el acuerdo de 1974 y ampliaron su presencia en el sur sirio. Israel invoca necesidades de seguridad; Damasco exige el restablecimiento de su soberanía. Las conversaciones auspiciadas por Washington no han eliminado esta contradicción.

Irán constituye un desafío diferente. Su confrontación con Israel y Estados Unidos, reanudada tras el colapso del alto el fuego en julio, comprende misiles, drones, instalaciones nucleares y redes armadas regionales. Aunque la caída de Assad debilitó su acceso a Hezbolá, Teherán conserva influencia mediante los hutíes de Yemen, aliados suyos que mantienen autonomía política y militar. Sus ataques contra Arabia Saudita y los accesos al mar Rojo convierten el conflicto yemení en otra dimensión del conflicto regional, sin que cada operación hutí pueda atribuirse automáticamente a una orden iraní.

A mediados de septiembre, los hutíes tomaron en una ofensiva relámpago el puerto de Moca, varias islas y posiciones en torno al estrecho de Bab el-Mandeb, paso clave entre el océano Índico y el mar Rojo. El 5 de octubre, el Gobierno yemení respaldado por Riad lanzó la operación «Amanecer de Yemen» para recuperarlas y avanzar sobre Saná, con el apoyo de un centenar de aviones saudíes.

Los hutíes respondieron con misiles y drones contra aeropuertos saudíes: entre el 6 y el 12 de octubre, los ataques dejaron al menos 20 muertos y más de 370 heridos, destruyeron un avión comercial en Riad y llevaron a diez aerolíneas a suspender sus vuelos a la capital. Para Mohamed bin Salmán, el desafío también compromete la imagen de estabilidad que necesita para atraer inversiones.

Aquí aparece la gran limitación de las alianzas. Las tropas turcas y paquistaníes llegan para proteger el reino, no para entrar en Yemen. El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, lo dejó claro: ambos países ya tenían presencia en la zona, pero solo las fuerzas saudíes participaban en combate.

Nadie quiere poner «boots on the ground» en Yemen: la ofensiva terrestre recae en fuerzas yemeníes aliadas de Riad. Turquía, según funcionarios de la región, ofrecerá ayuda militar indirecta, no apoyo a operaciones ofensivas. Estados Unidos proporciona apoyo de inteligencia a las operaciones contra los hutíes, pero no ha asumido una ofensiva terrestre en Yemen. La paradoja es evidente: Washington combate directamente a Irán, aliado de los hutíes, pero evita comprometer soldados en el frente yemení.

La cautela tiene razones concretas. Yemen ofrece un terreno montañoso difícil, una prolongada historia de resistencia a intervenciones extranjeras y un costo político potencialmente elevado. Una incursión de soldados turcos, paquistaníes o estadounidenses podría facilitar la propaganda hutí, ampliar el conflicto y obligar a sus Gobiernos a sostener una guerra sin salida rápida. Ayudar a interceptar drones es una decisión; ocupar territorio hostil es otra.

Riad también ha buscado apoyo en Damasco. Según Reuters, tras la visita de al-Sharaa a Riad el 6 de octubre, Siria evalúa desde ayuda defensiva hasta el envío de tropas; el Gobierno sirio negó que Arabia Saudita las hubiera pedido. Sería una ironía notable que el antiguo aliado de Irán en el Levante combatiera a sus socios hutíes. Por ahora, es una deliberación, no un despliegue.

La cautela estadounidense tiene otra explicación: sus propias bases en el Golfo, de Arabia Saudita a Catar, Baréin y Kuwait, están bajo presión. Durante la guerra con Irán, varias han sido blanco de ataques, incluida, según diversos reportes, la base aérea Prince Sultan, en territorio saudí. Washington ha optado por proteger sus fuerzas, sostener sus operaciones contra Irán y evitar abrir otro frente terrestre en Yemen. Y en Siria procura que la competencia entre Israel y Turquía, dos de sus socios, no derive en un choque directo.

La cuestión central ya no es solamente quién tiene más aliados, sino qué están realmente dispuestos a hacer esos aliados. Siria muestra cómo una victoria estratégica sobre la influencia iraní puede producir nuevas rivalidades. Yemen demuestra que un compromiso de defensa colectiva no implica necesariamente compartir una guerra. El verdadero alcance de una alianza se mide cuando sus integrantes deben decidir si están dispuestos a asumir pérdidas humanas y responsabilidades políticas.

(*) Exjefe del Instituto Nacional de Salud y excongresista

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