Las encuestas pre-electorales de 2026 no dejaron dudas. El ciudadano está harto del Estado ineficiente, lento y clientelar. Si el gobierno no lo entiende, fracasará.
Antes de ir a votar, el peruano ya había hecho su diagnóstico. Y fue brutal. No fue un diagnóstico de analista ni de think tanks. Fue el que salió en las encuestas calle por calle: el Estado no sirve. Es burocrático, lento, corrupto y no resuelve.
Peor aún: la gente lo percibe como un Estado mercantilista y clientelar. Uno donde los únicos que se benefician son los políticos, sus amigos y sus financistas. El resto hace cola.
Ese es el punto de partida que el gobierno de turno no puede ignorar, el rechazo al «más de lo mismo».
Las mediciones previas a las elecciones mostraron algo que no se veía hace años: un rechazo transversal al status quo. El ciudadano no pidió «ajustes», pidió cambio. No pidió «mejorar procesos» pidió un Estado que le funcione.
Las encuestas lo dijeron sin rodeos: hay un hartazgo profundo y el hartazgo no es de derecha o de izquierda. Es de ciudadano. El mandato implícito de las encuestas es: háganlo distinto.
Si el gobierno relee con atención esas mediciones, perdería el miedo a plantear reformas profundas, radicales y estructurales. Porque paradójicamente, son las que más respaldo tendrían.
El ciudadano ya aceptó que va a doler, lo que no acepta es que sigamos igual. La modernización y simplificación del Estado, son medidas populares y largamente esperadas. El problema es que nadie se ha atrevido a comunicarlas bien.
Habrá mucha oposición sobre todo en el Congreso y en buena hora. Ese choque no es un problema, es la oportunidad. Porque cuando el Ejecutivo proponga meritocracia real, desburocratizar y simplificar y la izquierda en el Congreso lo bloquee para defender sus cuotas, el país va a ver quién quiere cambiar y quién quiere que todo siga mal, quedará claro quién vive del clientelismo, se caerá la careta de «defensores del pueblo». Ese enfrentamiento le da al gobierno la narrativa y al ciudadano el motivo para respaldar. Porque la gente ya entendió: los que no quieren reformas son los que viven del Estado roto.
No más parches. No más anuncios. No más «comisiones». El ciudadano pidió eficiencia, transparencia y que el Estado trabaje para él, no para los de siempre.
Si el gobierno entiende ese mensaje y actúa en consecuencia, tendrá a la mayoría detrás. Si decide administrar el mismo Estado ineficiente y corrupto que la gente rechazó, entonces habrá ganado una elección pero perdido el país.
El Perú ya habló. Ahora falta que el gobierno escuche.