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OPINIÓN/ Amor y miedo por la FIL

José Vadillo Vila (*)

 

Me excita y me aterra la FIL. Me excita porque llegarán títulos de autores y editoriales que me interesan, que sigo; que son garantía de calidad, de ingenio literario, de inteligencia en argumentos, de investigaciones agudas y narrativamente, subrayo, atrayentes.

Al mismo tiempo, me aterra cada nueva edición de la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima). Me horroriza la gran cantidad de títulos que llegarán los próximos días a los stands de la feria de la avenida Salaverry sin pasar por los estándares mínimos de calidad.

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Partimos del consenso que una feria es un negocio. Pero hablamos de Literatura. O lo que intenta ser catalogada como tal. Aquí hay responsabilidad frente a lectores y potenciales lectores en su contacto con la materia escrita.

La FIL Lima se inició oficialmente el viernes 18 de julio y quienes conocemos esta industria, sabemos que en estos momentos se vive un estrés: tenemos libros anunciados que están haciendo largas colas en las puertas de las imprentas, las que trabajan a doble turno para cubrir la alta demanda de publicaciones.

Saldrán los ejemplares para cumplir con la fecha de presentación ferial programada. Pero de esas ediciones a tropel, lamento decir que muchos títulos tienen ediciones fallidas. No pasan por un proceso de edición consistente, la cual incluye una profunda corrección de estilo antes de llevar al material a imprenta, que es una cuestión más mecánica, de reproducción.

Y apunto que el corrector de obras de ficción debe de ser uno entrenado en este oficio, no sólo conocer de normas de la RAE, y la APA; ser, a la par, un lector voraz. Es una subespecialización casi excéntrica en un país anémico de lectores.

El corrector de estilo vive entre las sombras. Casi nadie lo nombra, aunque autores y editores les deben muchas veces la vida y el éxito, por detalles que solo un ojo entrenado logra reconocer en el mar de un texto literario.

Porque no es lo mismo ser corrector de estilo de diarios, de páginas web, de “copies” de redes sociales y de documentos legales, que uno dedicado en cuerpo y alma a cuentos, novelas, ensayos, ¡ni qué decir poesía!

El corrector de estilo de obras literarias se mete en los pantalones del autor; entiende sus ideas. Abraza el texto, y usa la norma solo cuando es necesario. No es un fiscal de la palabra, como sus colegas de otras materias textuales, sino su función es más parecida a la de un ayudante diligente que trabaja junto a un maestro escultor.

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Tenemos muy buenos editores peruanos. Son los menos. Porque no nuestros editores peruanos buscan ser émulos de Robert Gottilieb.

Las editoriales y editores sobreviven en un país donde sus habitantes leen en promedio 1.5 libros al año. Entonces la FIL Lima es el gran momento (a veces el único) para hacer redituable este negocio.

Pero la sobrevivencia, entendida en tomar todo para publicar, desvirtúa el oficio editorial. Como periodista cultural y escritor me ha pasado leer y hojear decenas de libros sin rigor de edición. En esa revisión de algunas páginas, murieron los escritores núbiles. No tendrán una reseña en un medio, lamento decirlo. El trabajo ligero de su editor, los eliminó.

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Y las grandes editoriales no se salvan. Caen en errores, muchas veces. Esto se ve sobre todo en lo que denomino “libros de coyuntura”: aquellos títulos que, con buen olfato, los editores encargan a uno o varios autores sobre, por ejemplo, la biografía de un escritor famoso o un líder religioso que acaba de fallecer.

La mayoría de estos títulos redituables, que se arman en cuestión de semanas, tienen el factor común de salir de imprenta con errores ortográficos, inconsistencias en sus estructuras, etc.

Un lector entrenado se da cuenta de la calidad de las editoriales cuando, por ejemplo, un autor de gran talento edita en sellos diversos. Ahí se puede uno dar cuenta de la rigurosidad de las editoriales. Están las que copian tal cual los manuscritos y se le ven las costuras; y los que le dan un tratamiento riguroso al texto.

Porque los autores no son infalibles. El escritor comete diversos errores y por eso la mirada atenta y los comentarios de un buen editor y de un corrector de estilo que hilen fino como un cirujano. Su trabajo es saludable para la obra.

Aplaudo, entonces a esos editores que dejan reposar y se dedican a sacar lustre y reflexionar sobre cada párrafo e idea del libro. A esos editores que han trabajado largamente con los autores y esperan la FIL Lima solo como colofón para publicar esos títulos, que brillarán con factura propia. Los lectores, agradecemos la existencia de estos editores.

Ellos deben de convivir con editores poco profesionales, que en nombre del negocio del libro, publican todo lo que sea, casi al por mayor. Casi con desesperación. En esos casos, su labor se reduce casi a la de un trabajo burocrático de diagramación e impresión y una corrección de estilo pasada por agua tibia.

Esto genera una distorsión en la mente del autor: cree que aquello que ha escrito es perfecto, que no tiene errores y que es el público y el maldito mercado los que le son adversos y no lo entienden. Por eso, siempre será mejor un libro cocinado al fuego lento de la escritura, de la reflexión y la corrección. ¿Me recomienda alguno para mis compras de la FIL?


(*) José Vadillo Vila es periodista y escritor. Ha publicado los libros Historias a babor, Hábitos insanos, Apus musicales, El largo aliento de las historias apócrifas y Mostros. Como cantautor tiene los álbumes Elemental (2002) y Primera parada (2016).


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