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OPINIÓN/ Azerbaiyán vuelve la mirada hacia sus mártires

Escribe:  Ricardo Sánchez Serra


Hay fechas que no necesitan explicaciones. Basta pronunciarlas para que una nación entera guarde silencio. El 27 de setiembre es una de ellas para Azerbaiyán.

Es el Día del Recuerdo, Anım Günü, jornada en la que el pueblo azerbaiyano inclina la cabeza ante sus soldados y oficiales caídos durante la Guerra Patriótica de 2020.

Es una fecha profundamente triste. Pero también profundamente humana: recuerda que
detrás de cada uniforme hubo un hijo, un padre, un hermano, un esposo; alguien que dejó una familia para defender aquello que consideraba su patria.

La guerra comenzó el 27 de septiembre de 2020 y terminó 44 días después. Según la relación difundida por el Ministerio de Defensa de Azerbaiyán, 2.908 militares fueron registrados como mártires y seis permanecieron desaparecidos. Diversas recopilaciones posteriores sitúan en torno a 11.110 los militares heridos.

Pero las cifras, por grandes que sean, nunca consiguen explicar completamente el dolor.

Lo comprendí de una manera distinta cuando viajé a Azerbaiyán después del conflicto. Estuve en territorios que habían sido escenario de décadas de enfrentamientos y ocupación. Vi ciudades devastadas, edificios reducidos a escombros y huellas de una tragedia que difícilmente puede describirse desde la distancia.

En Shusha, en particular, comprendí que una guerra no destruye solamente casas: puede
intentar borrar la memoria de un pueblo. Ví destrucción de mezquitas, cementerios, museos, bibliotecas, teatros y otros lugares históricos y culturales.

Recuerdo también la impresión que me produjo contemplar lugares donde se habían realizado excavaciones y exhumaciones relacionadas con víctimas civiles. Aquellas fosas y aquellos restos humanos convertían la historia en algo tangible, estremecedor. Ya no se trataba de una noticia leída en un periódico ni de una cifra pronunciada en una conferencia: eran seres humanos.

Por eso, el 27 de setiembre tiene para los azerbaiyanos una dimensión que trasciende la
política. Es memoria, duelo y gratitud.

Y no es una experiencia exclusiva de Azerbaiyán. Estados Unidos tiene el Memorial Day,
dedicado a los militares muertos en servicio; el Reino Unido y otros países de la
Commonwealth observan el Remembrance Day, en noviembre, en memoria de los caídos en las guerras; Francia recuerda a sus muertos de la Primera Guerra Mundial el 11 de noviembre; Israel celebra Yom HaZikaron, dedicado a sus soldados caídos y a las víctimas del terrorismo.

En cada caso cambian las fechas, las circunstancias históricas y las tradiciones, pero permanece una misma idea: una nación no puede construir su futuro olvidando a quienes pagaron con su vida por ella.

Y pienso también en Rusia. En Moscú, junto a las antiguas murallas del Kremlin, en el Jardín de Alejandro, arde desde 1967 la Llama Eterna ante la Tumba del Soldado Desconocido. Allí descansa la memoria de un soldado soviético caído durante la defensa de Moscú, cuyo nombre nunca se conoció. Sobre el monumento quedaron grabadas unas palabras que resumen, quizá mejor que cualquier discurso, el sentido universal del sacrificio: “Tu nombre es desconocido, tu hazaña es inmortal”.

Cada 9 de mayo, cuando Rusia conmemora el Día de la Victoria sobre la Alemania nazi, esa llama adquiere un significado especial. No es simplemente fuego: es memoria que permanece encendida. Es el recuerdo de millones de personas que no regresaron de aquella guerra y de una generación marcada para siempre por el sacrificio.

Y mientras pienso en esa llama que arde junto al Kremlin, pienso también en la llama de la memoria que Azerbaiyán mantiene encendida cada 27 de septiembre. Cambian las guerras, cambian las épocas y cambian los pueblos; pero existe algo que los une: el dolor de las familias, el silencio ante las tumbas y la necesidad humana de que quienes murieron defendiendo su patria no sean olvidados.

En Azerbaiyán esa memoria tiene además un rostro concreto: los jóvenes que combatieron en 2020 y no regresaron a sus hogares. Por ellos, cada 27 de septiembre, el silencio adquiere significado. No es el silencio del olvido. Es el silencio del respeto.

Quizá esa sea la manera más digna de comprender esta fecha: recordar a los muertos sin
alimentar el odio hacia los vivos; honrar el sacrificio sin olvidar que toda guerra deja heridas; y mirar hacia el futuro con la esperanza de que la paz pueda finalmente ser más poderosa que las armas.

A quienes cayeron, Azerbaiyán los llama shahids, mártires. Y el mundo debería recordar también que detrás de cada cifra de una guerra existe siempre un rostro humano.

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