¿No hemos visto todavía suficientes casos de Chocanos que por uno u otro motivo han sido perdonados de la privación de su libertad?
31 de octubre de 1925. Edwin Elmore Letts había dejado su casa en Calle Aldabas (actual Cdra. 2 de Jr. Azángaro) en dirección a la redacción del diario El Comercio, aquella sede de La Rifa que todavía puede encontrarse en el cruce de los jirones Camaná con Santa Rosa (Ex Jr. Miró Quesada). La misión era, en apariencia, sencilla: dejar la copia de una carta de respuesta a una injuria ¿Su agraviante? El laureado y controvertido poeta, José Santos Chocano Gastañodi, aquel que había vuelto hacía cuatro años de Costa Rica luego de una intensa vida política entre México y Guatemala, donde ganó fama no solo por su desempeño con la pluma, sino también por apoyar a regímenes dictatoriales, posición en la que se afianzaría con los años luego de su retorno al Perú, donde se convirtió en el poeta predilecto del régimen de Augusto Bernardino Leguía.
Aquel mismo poeta también se dirigía a la redacción del mismo diario con, valga la redundancia, la misma intención que su antagonista. Dudo que alguno tuviera idea de que ese sería el último día en que cruzarían sus caminos.
El apoyo a los diversos regímenes dictatoriales surgidos en América, encarnación de lo que Leopoldo Lugones llamó “La hora de la Espada”, no fue gratuito, pues esto le valió al laureado poeta la crítica o enemistad de diversos intelectuales de corte liberal de la época, entre los que se hallaba el político y escritor mexicano José Vasconcelos Calderón, quien le dedicó el artículo “Poetas y Bufones”.
La respuesta del peruano fueron dos artículos “Apóstoles y Farsantes” y “El Caso del Farsante Vasconcelos”, a los cuales el mexicano respondió con otro más, titulado “Democracia y Tiranía”. En medio de esta trifulca literato-epistolar, un grupo de catorce escritores e intelectuales peruanos de corte liberal (Elmore entre ellos) emitieron una carta en solidaridad con el mexicano.
Elmore, quien se consideraba discípulo de Vasconcelos, fue, sin embargo, más lejos: declaró en la radio contra la posición del poeta y tuvo la intención de publicar en el diario “La Crónica” un artículo contra Chocano, el que no pasó el control de su editorial por ser considerada “ofensiva” (“Vasconcelos frente a Chocano y Lugones”).
No obstante, y para desdicha de todos, el personal de la redacción de aquel diario (Felipe Rotalde en la mayoría de las versiones) no tuvo mejor idea que mostrarle a Chocano, en privado, el contenido del artículo. Las baterías del soberbio y furioso poeta, herido en su megalítico amor propio, cambian de blanco y tras volver a su residencia toma el teléfono y pide que lo comuniquen con su detractor. Cuando Elmore contesta, Chocano profiere la venenosa pregunta que marcaría el destino de ambos:
– ¿Hablo con el hijo del traidor de Arica? – ¡Eso no se atrevería a decírmelo a la cara!
Tras este intercambio verbal ambos escritores prepararon sendas cartas abiertas para que sean publicadas en El Comercio y otros diarios. Tres horas después de la dichosa llamada, ambos escritores salen hacia la redacción del primero de estos diarios. Elmore llegó primero, pero quiso la fatalidad que, tras dejar su carta y justo cuando se encontraba atravesando el patio interior del lugar, se encontrara cara a cara con Chocano.
La confrontación se sucedió rápidamente: el insulto escaló casi inmediatamente a lo físico, con Elmore, más joven, fuerte e igual de enfadado que su rival, imponiéndose sobre este. Viendo que no podía usar su bastón para contestar a la agresión, Chocano se las pudo arreglar para liberarse del agarre de su rival y sacar su revolver.
La reacción de Elmore fue alejarse con las manos en alto y la del “Cantor de América” … apretar el gatillo. Una bala, un impacto en el abdomen y dos días de agonía en el Hospital Italiano. Elmore tenía 35 años, estaba casado con la italiana Elminia de Marinis, de quien tuvo una hija póstuma con la que abandonaría el Perú tras las exequias de su marido para establecerse en su natal Florencia.
El proceso que siguió, al igual que el propio Chocano, fue controvertido. De por sí su reclusión en el Hospital Militar, en lugar del Panóptico de Lima, fue muestra del favoritismo que el gobierno de Leguía prodigaba al poeta coronado con laureles de oro. Del proceso es difícil hablar, teniendo en cuenta el difícil acceso a su expediente y que la fuente más directa a la que se puede tener acceso resulta completamente parcial (El libro de mi Proceso, de José Santos Chocano), por lo que solo queda señalar el resumen fáctico: tras 8 meses de proceso penal, el 23 de abril de 1926, la primera instancia sentenció al poeta a 3 años de prisión y al pago de 2000 libras peruanas.
La sentencia fue recurrida y poco tiempo antes de su confirmación por parte de la Corte Suprema, el Congreso, de mayoría leguiísta, interrumpiría el proceso mediante una amnistía. La actitud soberbia de Chocano durante el proceso, su caída en desgracia dentro de la sociedad limeña y su posterior voluntario destierro en Chile no resultan relevantes.
De este episodio se puede destacar lo sorprendentemente interconectada que se encontraba la sociedad limeña, o al menos las élites y los círculos intelectuales, pese a la inexistencia de los dispositivos celulares y redes sociales, como para poder lanzarse amenazas y diatribas a diestra y siniestra. Mucho más influye el hecho de que eran otros tiempos, con una Lima diminuta en comparación de su tamaño actual, lo que puede corroborarse dada la virtual cercanía física entre las partes (Elmore vivía en lo que hoy es la Cdra. 2 de Azángaro, Chocano en lo que es la Cdra. 2 de Cailloma) y redacciones que se imprimían hasta tres veces por día.
Hoy ambos factores son totalmente distintos, pues tenemos una ciudad sobresaturada por su propia población y medios de comunicación que no tienen que esperar cada 6 horas para actualizarse. El enfrentamiento epistolar se encuentra prácticamente extinto desde que existe la posibilidad de criticar, humillar, insultar, satirizar y convertir en meme a propios y extraños en tiempo real, al módico costo de un smartphone, el plan de telefonía móvil de preferencia del usuario y las ganas de invertir su valioso tiempo en hacerle la vida imposible a alguien.
Resulta curioso que lo menos sorprendente de esta situación haya sido el resultado del proceso. Vasconcelos lo adelantó cuando escribió para el diario español El Sol, su artículo “El trágico fin de Edwin Elmore”, señalando que “Son precisamente esos [tiranos] que el señor Chocano defiende y que ahora lo defenderán a él para que salga impune su atentado contra el indefenso Elmore. Saldrá impune, pero no saldrá inmaculado. La sangre de Elmore le pesará en la conciencia, quiéralo o no, hasta el día de su muerte”.
Al respecto, cabría preguntarse si acaso se ha cambiado algo ¿No hemos visto todavía suficientes casos de Chocanos que por uno u otro motivo han sido perdonados de la privación de su libertad?
Lo vemos a diario, siendo los que más recordamos aquellos que implican coches y conductores que, sea por su condición de celebridad, figura influyente o status socioeconómico terminan con una pena diferenciadamente menor, o libres en su defecto, situación distinta a la del común denominador de los mortales y que incluso es posible ver en otras regiones de nuestro país.
Lo que no cabe duda es que, de haberse dado la situación de Chocano y Elmore en la actualidad, podríamos haber presenciado una de las más intensas batallas jamás acontecidas en redes sociales, llámese X, Facebook, Instagram, Threats o cual sea.
Respecto a si el final hubiera sido el mismo, resulta una incógnita. Vivimos en tiempos inciertos y violentos, una vida vale menos de tres dígitos y la ira emparejada al ego siguen teniendo los mismos colores. Resulta desalentador, y en cierta forma escalofriante, pensar que incluso tras 101 años, el desenlace de este caso pudiera ser, cambiando tiempos y escenarios, el mismo.
Abogado, Magíster en Estudios Internacionales y Diplomacia