El picón Sánchez debe dar paso, de una vez, al anuncio de los resultados finales. El pueblo, el mercado y el sentido común ya saben cuáles son.
Dice el Real Diccionario de la Lengua Española que “picón, na” en el Perú se refiere a la persona resentida, disgustada u ofendida por algo. Nuestra lingüista Martha Hildebrandt, en su libro 1000 palabras o frases peruanas, lo define como “persona que se ofende o enoja fácilmente ante una broma o derrota”.
Nada mejor enuncia estos días al candidato presidencial Roberto Sánchez y a su pequeñísima corte de ayayeros —otro peruanismo, que significa “alguien que alaba inmoderadamente a otra persona, que la defiende todo el tiempo o que le dice lo que cree que le agradará escuchar”— que la acepción de Hildebrandt. La imagen de la derrota exacerba su pataleta y lleva al límite de lo irracional o estrambótico el reclamo de un supuesto fraude, debido a que su rival en la segunda vuelta electoral, Keiko Sofía Fujimori, lo viene superando en votos por un estrechísimo margen y se proyecta a ser investida con la banda presidencial el próximo 28 de julio.
La angustiante semana del conteo del sufragio advertía esta clase de reacciones. La etapa del balotaje, ciertamente, estuvo precedida por una primera ronda llena de irregularidades, negligencias y sospechas sobre el proceder de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, dirigida entonces por uno de los funcionarios públicos más ineptos que haya conocido la historia republicana, el señor Piero Corvetto. El derecho a la duda respecto a cómo se administraría el nuevo encuentro con las urnas tenía asidero, más aún sabiendo que parte del entorno de Corvetto mantendría sus funciones bajo la apariencia de ser ajeno a los entuertos detectados.
Sin embargo, ambos candidatos se proveyeron de una maquinaria que dio batalla logística para impedir que la voluntad popular fuera alterada o debilitada. El partido Fuerza Popular, de Fujimori, movilizó a 95 mil personeros de los 100 mil que había perseguido, y Juntos por el Perú, de Sánchez, acumuló 65 mil. Cifras muy respetables para garantizar el libre ejercicio del voto. A estos se sumaron las misiones nacionales y extranjeras de observación electoral, que se vieron enriquecidas con la participación de un grupo especial proveniente de los Estados Unidos.
La historia —clara, prístina, sin alteraciones— la conocemos. Ningún resultado a boca de urna ni conteo rápido proclamó ganador. Siempre se sostuvo que había “empate técnico”, lo cual suponía que cualquiera podía triunfar. No existe en todo el eslabonamiento del proceso electoral indicio, y menos prueba alguna, de la intervención de una mano oscura.
Lo único oscuro es la actitud desfachatada de Sánchez y la amenaza de movilización de masas con la que busca presionar al Jurado Nacional de Elecciones para que lo proclame. Ni siquiera la crema y nata del antifujimorismo mediático y político lo sigue en su desquiciada pretensión.
El picón Sánchez debe dar paso, de una vez, al anuncio de los resultados finales. El pueblo, el mercado y el sentido común ya saben cuáles son.