OPINIÓN/ El respeto a nuestros héroes no se declama; se demuestra
Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli
honrar a Jorge Chávez no puede reducirse a una ceremonia anual, a una ofrenda floral o a discursos cargados de solemnidad. El verdadero homenaje está en lo que hacemos durante los otros 364 días del año.
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A pocos días de conmemorarse un nuevo aniversario de la hazaña de Jorge Chávez, el monumento que Lima levantó para perpetuar su memoria vuelve a plantearnos una pregunta incómoda: ¿Qué dice de nosotros la forma en que cuidamos los lugares destinados a representar a nuestros héroes y a mantener viva su memoria frente a la ciudadanía?
El 23 de septiembre es una fecha sagrada para la aviación peruana. Ese día recordamos a Jorge Chávez Dartnell, el aviador que en 1910 cruzó los Alpes y llevó el nombre del Perú a una de las páginas más extraordinarias de la historia de la aviación mundial.
Pero honrar a Jorge Chávez no puede reducirse a una ceremonia anual, a una ofrenda floral o a discursos cargados de solemnidad. El verdadero homenaje está en lo que hacemos durante los otros 364 días del año.

Y basta acercarse al monumento que lleva su nombre, en Jesús María, para comprobar que tenemos todavía una deuda pendiente.
Un monumento que nos debería dar vergüenza
El monumento a Jorge Chávez no es una escultura más en una plaza de Lima. Fue inaugurado en 1937, obra del escultor italiano Eugenio Baroni, y fue donado por la colonia italiana del Perú como homenaje al aviador peruano cuya hazaña estuvo vinculada precisamente con Italia. La obra fue concebida como un homenaje monumental y permanente a quien había llevado el nombre del Perú hasta los Alpes.
Originalmente estuvo instalado en el Campo de Marte y posteriormente fue trasladado a su ubicación actual, en Jesús María.
Es decir, hace casi nueve décadas, una comunidad extranjera tuvo la sensibilidad y la generosidad de levantar en Lima un monumento de gran envergadura para honrar a un héroe peruano.
La pregunta es inevitable: ¿Hemos tenido nosotros la misma sensibilidad para conservarlo?
La respuesta está a la vista.
El deterioro de su entorno, la falta de mantenimiento permanente, la suciedad, el desgaste de sus elementos, la pérdida de la presentación que debería tener un monumento de esta importancia y la sensación de abandono que transmite su entorno contrastan violentamente con la trascendencia de la persona a la que está dedicado.
Y esto resulta todavía más inexplicable porque no estamos hablando de un monumento desconocido o perdido en algún rincón de la ciudad. Está en plena Lima. Está frente a miles de ciudadanos. Está en un lugar de permanente exposición pública.
¿Cuánto dura el respeto después de una restauración?
En 2021 el monumento fue sometido a una importante restauración. Se retiraron numerosas capas de pintura acumuladas sobre los elementos de bronce, se recuperó la pátina, se intervino el granito y se realizaron trabajos destinados a devolverle su aspecto original. Fue una intervención necesaria y bienvenida.

Pero cinco años después cabe formular una pregunta elemental: ¿De qué sirve gastar recursos públicos en restaurar un monumento histórico si después no existe un programa permanente que garantice su conservación?
Restaurar cuando el deterioro ya es evidente es mucho más costoso que conservar. Y, sobre todo, demuestra que seguimos actuando bajo el mismo patrón: esperar a que el patrimonio se deteriore para recién reaccionar.
Un país serio no funciona así.
Los monumentos históricos necesitan inspección, mantenimiento preventivo, limpieza especializada, iluminación adecuada, vigilancia y seguimiento técnico.
No necesitan aparecer en la agenda solamente cuando se aproxima una ceremonia.
¿Quién es responsable?
Aquí tampoco podemos permitir que aparezca el conocido juego peruano de “esa no es mi competencia”.
Las Municipalidades Metropolitana de Lima y de Jesús María tienen una responsabilidad directa sobre el espacio público y el adecuado mantenimiento del entorno urbano donde se encuentra el monumento.
El Ministerio de Cultura debe estar involucrado por la naturaleza histórica, artística y patrimonial de una obra de esta importancia. No puede limitar su actuación a intervenir cuando el deterioro ya es evidente.
La Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), en su condición de autoridad aeronáutica y órgano rector de la aviación civil peruana, tampoco debería permanecer indiferente ante el estado del principal monumento dedicado al precursor y héroe máximo de nuestra aviación civil.
La DGAC no tiene que convertirse en una entidad de mantenimiento urbano. Pero sí tiene algo mucho más importante que aportar: la obligación institucional de representar y preservar la memoria de la aviación civil peruana.
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Jorge Chávez no es solamente patrimonio de una municipalidad. Es patrimonio de la aviación peruana.
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Y el Ministerio de Defensa y la Fuerza Aérea del Perú tienen, además, una circunstancia que hace todavía más difícil comprender la indiferencia: son vecinos directos del monumento.
El Ministerio de Defensa, por su responsabilidad sobre el sector Defensa, y la Fuerza Aérea del Perú, como institución que encarna la tradición aeronáutica militar del país, no pueden ser ajenos a un monumento que tiene en Jorge Chávez a uno de los símbolos fundamentales de nuestra historia aeronáutica.
¿Acaso nadie lo ve?
¿Nadie pasa diariamente por allí?
¿Nadie dentro de estas instituciones considera que el estado del monumento constituye una afrenta a la memoria de quien hizo de la aviación peruana una historia de sacrificio y gloria?
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No se trata de buscar culpables. Se trata de exigir responsabilidad
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Aquí no se trata de crear otra comisión, organizar otra ceremonia ni tomarse fotografías delante del monumento. Tampoco de esperar que alguna autoridad descubra el problema cada vez que se aproxima el Día de la Aviación.
Se trata de establecer una responsabilidad permanente y coordinada.
Municipalidad de Lima, Municipalidad de Jesús María, Ministerio de Cultura, Ministerio de Defensa, Fuerza Aérea del Perú y DGAC deberían sentarse alrededor de una misma mesa y responder una pregunta muy sencilla: ¿Cómo vamos a garantizar que el monumento a Jorge Chávez permanezca en condiciones dignas no solo hoy, sino dentro de 10, 20 o 50 años?
La verdadera pregunta no es únicamente quién debe intervenir ahora, sino qué mecanismo permanente permitirá asegurar su conservación y preservar el lugar que ocupa como símbolo de nuestra aviación nacional.
Porque si cada institución considera que el problema corresponde a otra, finalmente nadie será responsable. Y eso es exactamente lo que no puede seguir ocurriendo con nuestros héroes.
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La colonia italiana ya hizo su parte
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Hay una ironía que deberíamos recordar cada vez que pasamos frente al monumento.
En 1937, la colonia italiana del Perú decidió rendir homenaje a un peruano. Lo hizo construyendo y entregando una obra monumental.
Lo hizo porque entendió la dimensión universal de la hazaña de Jorge Chávez.
Lo hizo porque comprendió que algunos hombres dejan de pertenecer únicamente a su época y pasan a formar parte de la historia.
Ellos entendieron lo que nosotros parecemos haber olvidado: que la memoria también se conserva físicamente.
El monumento no habla solamente de Jorge Chávez.
Habla de la relación entre el Perú y la comunidad italiana.
Habla de nuestra historia aeronáutica.
Habla de la evolución de Lima.
Habla del arte y la arquitectura monumental del siglo XX.
Y, sobre todo, habla de la manera en que una sociedad decide recordar a sus héroes. Por eso dejarlo deteriorarse no es simplemente descuidar una estructura. Es descuidar nuestra propia memoria.
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El 23 de setiembre no bastan los discrusos
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Dentro de pocos días volveremos a escuchar que Jorge Chávez es un ejemplo para las nuevas generaciones.
Se hablará de su valentía.
De su determinación.
De su sacrificio.
De aquella frase que simboliza su espíritu:
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“ARRIBA, SIEMPRE ARRIBA”.
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Pero mientras pronunciamos esas palabras, el país debería preguntarse si realmente estamos actuando conforme a ellas. Porque resulta contradictorio hablar de excelencia, seguridad, profesionalismo y orgullo aeronáutico mientras permitimos que el monumento que representa a uno de nuestros mayores héroes permanezca en condiciones que no corresponden a su importancia.
La ceremonia central podrá realizarse con toda la magnificencia que merece en la Base Aérea Las Palmas, donde reposan sus restos.
Pero existe otro lugar donde Jorge Chávez sigue presente cada día, en medio de la ciudad y al alcance de todos los ciudadanos.
Ese lugar es su monumento.
Y precisamente porque está en contacto directo con la ciudad, su vpresentación debería ser impecable.
No para la fotografía.
No para la ceremonia.
No para el político de turno.
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Para Jorge Chávez el homenaje debe ser permanente
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El Perú no necesita otra declaración de buenas intenciones. Necesita un programa permanente de conservación. Necesita identificar claramente quién responde por el monumento, quién supervisa, quién financia, quién mantiene y quién verifica periódicamente su estado.
Y necesita algo todavía más sencillo: que las instituciones responsables de nuestra historia y de nuestra aviación miren hacia el monumento y no hacia otro lado.
Porque un país que honra verdaderamente a sus héroes no espera que sus monumentos se deterioren para después restaurarlos.
Los conserva.
Los protege.
Los respeta.
Y los presenta con orgullo a las generaciones que vienen.
Hace casi 90 años, la colonia italiana hizo por Jorge Chávez algo que hoy debería servirnos de ejemplo: donó al Perú un monumento para honrar a un héroe peruano y mantener viva su memoria en el corazón de la ciudad.
Casi un siglo después, el Perú no tiene que hacer otra cosa que demostrar que sabe cuidarlo.


