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OPINIÓN/ ¡En el marco del Fenómeno El Niño!

Escribe: Julio C. Villafuerte Osambela

 

Existe un principio conocido como la ley de Brandolini: refutar una tontería requiere mucha más energía que producirla. En la meteorología peruana parece haber encontrado un laboratorio privilegiado.

Basta que aparezcan nubes, aumente la temperatura del mar o llueva en algún lugar para escuchar una expresión pronunciada con solemnidad: ¡En el marco del fenómeno El Niño!

Cinco segundos. Diagnóstico terminado. O, mejor dicho, diagnóstico evitado. Porque esa fórmula tiene una ventaja extraordinaria: relaciona cualquier acontecimiento con El Niño sin demostrar que exista una relación causal. Si llueve, parece confirmar el anuncio; si no llueve, nadie aseguró que llovería. Es un paraguas comunicacional que funciona incluso cuando no cae una gota.

Mientras tanto, un meteorólogo debe analizar observaciones, interpretar modelos numéricos, estudiar la circulación atmosférica, evaluar las condiciones oceánicas y contrastar hipótesis antes de aproximarse a una conclusión. Y, después de tanto trabajo, quizá deba pronunciar la frase que menos entusiasma a quienes buscan titulares: Todavía no lo sabemos con suficiente certeza.

Eso no es debilidad. Es responsabilidad científica.

El Niño constituye un modulador importante de la variabilidad climática, especialmente para nuestro país. Pero no es propietario de las nubes ni director exclusivo de las lluvias.

La Amazonía transporta humedad, la Zona de Convergencia Intertropical cambia de posición, la Alta de Bolivia influye en la circulación regional y el anticiclón del Pacífico Sur modifica su comportamiento. También intervienen las perturbaciones ecuatoriales, la oscilación Madden-Julian, los sistemas provenientes de latitudes australes, la cordillera de los Andes y la estacionalidad.

Estos procesos no trabajan por turnos ni solicitan permiso a El Niño. Interactúan, se refuerzan, se contrarrestan y producen resultados diferentes según el lugar y el momento. Reducir el clima a la temperatura superficial del Pacífico equivale a pretender comprender un automóvil mirando únicamente el indicador de combustible. Es una información importante, pero nadie conduciría así por la Carretera Central.

Sin embargo, el problema no termina en explicar las causas. Nuestro desafío profesional es mucho más exigente: pronosticar dónde, cuándo, cuánto y con qué intensidad lloverá, y traducir ese conocimiento en impactos posibles sobre personas, infraestructura y actividades económicas.

Decir que habrá lluvias durante el verano en la costa norte no demuestra una capacidad extraordinaria de pronóstico.

La climatología ya describe una temporada lluviosa, aunque su comportamiento varíe entre años. El verdadero reto consiste en determinar si una precipitación afectará una cuenca de Piura, un distrito de Lambayeque o un valle de La Libertad; si llegará mañana o dentro de cinco días; y si su intensidad comprometerá una carretera, un cultivo o una población.

Allí aparecen dos exigencias que suelen perderse entre declaraciones grandilocuentes: precisión espacial y precisión temporal. Acertar que lloverá en una región extensa no equivale a identificar el distrito expuesto. Anunciar lluvias para un mes tampoco sirve de mucho a una familia que necesita decidir hoy si debe alejarse de una quebrada.

Incluso el pronóstico meteorológico más preciso puede quedarse corto si no se interpreta el territorio. Cincuenta milímetros de precipitación no tienen idénticas consecuencias en todas partes. Importan la duración de la lluvia, la saturación del suelo, la pendiente, los drenajes, el estado de los cauces y, especialmente, quiénes y qué bienes están expuestos.

El mismo acumulado puede ocasionar molestias en una zona y desencadenar una emergencia en otra.

Por eso debemos pasar del pronóstico del fenómeno al pronóstico basado en impactos. No basta comunicar milímetros o probabilidades: hay que explicar qué podría suceder, dónde, a quiénes y con cuánto tiempo para actuar. La información meteorológica alcanza su verdadero valor cuando se convierte en decisiones.

El agricultor necesita saber si sus parcelas podrían anegarse. El transportista, si una vía quedará interrumpida. El hospital, si sus accesos o servicios están amenazados. La autoridad local, qué sectores requieren limpieza, vigilancia o evacuación preventiva. No necesitan todos el mismo boletín, ni una conferencia dedicada exclusivamente a discutir cómo llamaremos al calentamiento del océano.

Aquí la simplificación deja de ser una anécdota periodística y se transforma en un riesgo de gestión. Si cada lluvia ocurre en el marco del fenómeno El Niño, las autoridades pueden confundir la amenaza estacional con una señal extraordinaria, o esperar una declaración oceánica para realizar tareas que debieron ejecutarse meses antes. Los cauces no se limpian con probabilidades de Niño. Los drenajes tampoco entienden de comunicados.

La estación lluviosa llega con o sin ese fenómeno. Naturalmente, El Niño puede modificar la intensidad y distribución de las precipitaciones bajo determinadas condiciones de acoplamiento océano-atmósfera. Precisamente por eso debemos vigilarlo, sin convertirlo en explicación automática de cualquier nube. Diferenciar lo habitual de lo anómalo es indispensable para comunicar el riesgo adicional sin ocultar el riesgo que ya conocemos.

Tampoco sostengo que pronosticar sea una ciencia exacta. La atmósfera es compleja, las observaciones son insuficientes en muchos territorios y la incertidumbre crece con el horizonte de predicción y la escala del fenómeno. Necesitamos mejores redes de estaciones, radares bien ubicados, modelos adecuados, verificación permanente y especialistas que interpreten los resultados. Sobre todo, necesitamos comunicar claramente qué sabemos, qué estimamos y qué todavía no podemos asegurar.

La prudencia no debe confundirse con indecisión.

Una alerta puede ser útil aunque incorpore incertidumbre, siempre que indique escenarios, impactos y acciones proporcionadas. Lo contrario es ofrecer una certeza espectacular que no ayuda a nadie a protegerse.

Volvamos a Brandolini. Pronunciar «en el marco del fenómeno El Niño» toma cinco segundos. Demostrar una relación física exige bastante más. Anticipar con precisión razonable dónde y cuándo lloverá, estimar sus impactos y conseguir que la información llegue oportunamente a quienes deciden exige todavía más trabajo.

Tal vez debamos cambiar la pregunta de moda. En vez de repetir ¿habrá Niño?, preguntemos: ¿Dónde está el peligro, cuándo podría materializarse, quién resultará afectado y qué podemos hacer ahora?

El Niño merece vigilancia científica, no devoción mediática. Porque acertar que lloverá no significa haber pronosticado correctamente la lluvia; y pronosticarla tampoco significa haber protegido a la población.

La ironía final es sencilla: quienes menos variables analizan suelen hablar con seguridad absoluta. La naturaleza no lee titulares ni reconoce marcos comunicacionales.

Digo yo.

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