Probablemente sea la hora de encontrar nuevos mecanismos para auscultar la tendencia del voto. Un peruano de clase media tiende a creerle más al señor taxista que al señor Alfredo Torres
El domingo pasado se desarrolló la primera vuelta de las Elecciones Generales en Bolivia y hubo dos grandes damnificados: el MAS en todas sus variantes y las empresas encuestadoras. De lo primero mucho se ha hablado, de lo segundo, no tanto.
Hace poco, en la segunda vuelta electoral en Ecuador, la candidata correísta Luisa González parecía ganadora hasta dos semanas antes y luego fue “barrida” por Daniel Noboa. Ciertamente González cometió graves errores al final, pero las encuestadoras fallaron en su capacidad de prognosis a dos semanas plazo. Mala lectura.
En la reciente primera vuelta electoral de Bolivia la debacle de las empresas de investigación de mercado político tuvo alcance catastrófico. Una semana antes, el ganador (Rodrigo Paz) aparecía entre tercero y quinto en las proyecciones de las distintas encuestadoras, en ninguna cerca de los dos aparentes primeros (Doria y Quiroga, en ese orden). Mala lectura.
En el Perú deberíamos estar curados de espanto desde 1990, cuando Fujimori apareció como una centella. En 2001 Alan García le arrebató, contra todo pronóstico, el segundo lugar a Lourdes Flores y peleó la presidencia contra Alejandro Toledo. Luego, García en 2006, fue presidente. Mala lectura.
Ollanta Humala, que había dejado de ser outsider en 2006, ganó en 2011 y las encuestadoras recién se enteraron del peso del “antifujimorismo”. Keiko Fujimori que, según todas ellas, aparecía ganadora en 2016, perdió con Pedro Pablo Kuczinsky, que logró aglomerar a perro, pericote y gato para impedir el triunfo de la heredera de Alberto Fujimori. Mala lectura.
Pero fue en 2021 cuando las empresas de investigación de mercado político más lejos estuvieron de achuntarla. Pedro Castillo apareció entre las sombras y ganó la primera vuelta, por primera vez en la historia republicana, con menos del 20% del voto. El antifujimorismo volvió a funcionar y Castillo fue presidente. Mala lectura.
El resto es historia conocida.
Las fallas de las encuestas del mercado político no son exclusivas del Perú ni de Latinoamérica. La metodología de la investigación de mercado parece no funcionar bien en el mercado político, quizá porque el “mercado político” no es precisamente un mercado. Tal vez porque la política está plagada de emociones. Mucha plata no siempre funciona. El mejor discurso, tampoco. Demasiada tecnología, cada vez menos.
La subjetividad es al voto lo que la pasión es al hinchaje. La diferencia es, parafraseando a Wilde, que el hinchaje dura más.
Probablemente sea la hora de encontrar nuevos mecanismos para auscultar la tendencia del voto. Un peruano de clase media tiende a creerle más al señor taxista que al señor Alfredo Torres. Y seguro en otros segmentos sociales habrá otras formas de consultar la sensibilidad de la opinión del votante, sin intérpretes o intermediarios.
Otra cosa que habría de hacer notar es el impacto de los debates (y el de la no asistencia a ellos) que se producen normalmente en los últimos días de la campaña, tiene en la definición de los indecisos. Aquí lo vimos cuando Jorge Muñoz fue electo en 2018 Alcalde de Lima (ante la ausencia de sus principales rivales en el debate) y lo acabamos de ver en Bolivia con Rodrigo Paz, que aprovechó la ausencia de Doria y Quiroga y obtuvo oro de la confrontación de propuestas y de la ausencia de los presuntos favoritos. Ganó por walkover. La soberbia se castiga y es uno de los elementos que decide finalmente el voto.
En fin, entre encuestas fallidas y debates imprescindibles, se ha iniciado la campaña electoral en el Perú.