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OPINIÓN/ Fútbol peruano: entre la ilusión de competir y la realidad de un sistema agotado

Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli

Una crítica a la dirección del fútbol peruano

No soy fanático del fútbol ni comentarista deportivo. Soy un peruano con identidad y sentimiento, como muchos, que disfruta jugarlo y verlo; pero desde hace años tengo una preocupación: cómo la ineficiencia en la conducción del fútbol peruano, los malos manejos dirigenciales, la ausencia de una política deportiva sostenida y un modelo que parece proteger estructuras antes que resultados han llevado al país a una situación de decadencia y precariedad competitiva.

En este problema también existe una responsabilidad compartida de otros actores, incluidos algunos medios de comunicación, que muchas veces han priorizado la coyuntura, el espectáculo o la polémica antes que un análisis profundo del desarrollo del fútbol nacional.

Cada partido del Mundial deja una reflexión incómoda: mientras el mundo juega un fútbol de alta intensidad, velocidad, precisión táctica y preparación científica, el fútbol peruano parece competir en otra dimensión.

La diferencia no está únicamente en los jugadores. El problema profundo está en la dirección, planificación y política deportiva nacional que durante décadas no ha logrado construir un sistema capaz de formar futbolistas preparados para el fútbol moderno.

En el Mundial se observa que las selecciones no dependen de la inspiración individual de un solo jugador. Existe una estructura: presión organizada, movimientos coordinados, preparación física de alto nivel, análisis táctico y una formación que comienza desde las divisiones menores. Cada jugador sabe qué hacer porque detrás existe una metodología.

En cambio, el fútbol peruano sigue muchas veces atrapado en la improvisación: campeonatos con poca exigencia competitiva, procesos de formación irregulares, escaso desarrollo científico y una visión de corto plazo donde se buscan resultados inmediatos sin construir una base sólida.

El talento peruano nunca estuvo ausente. La historia demuestra que cuando existieron organización, disciplina, liderazgo y planificación aparecieron generaciones capaces de competir al más alto nivel.

El problema es que el talento individual no puede reemplazar una política deportiva nacional.

Un país que pretende participar en la élite mundial no puede depender de la casualidad, de encontrar una “camada dorada” cada cierto tiempo o de la aparición espontánea de un jugador excepcional.

Necesita una estrategia permanente: infraestructura deportiva, entrenadores preparados, competencia internacional desde edades tempranas, formación integral y una gestión que coloque el desarrollo deportivo por encima de intereses particulares.

El Mundial no solamente muestra quién juega mejor. También revela qué países tienen una visión de futuro y cuáles continúan administrando el deporte con modelos agotados.

La pregunta final es incómoda, pero necesaria:

¿El problema del fútbol peruano está realmente en los jugadores, o en quienes durante décadas han dirigido un sistema que no ha sabido evolucionar?

Porque cuando un país espera resultados distintos manteniendo la misma forma de hacer las cosas, el problema deja de ser una mala racha: se convierte en un problema de dirección.

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