La confianza de un país no se recupera con anuncios. Se construye con hechos. Y esa es una tarea que el Perú ya no puede seguir postergando.
En el Perú, hablar de inseguridad ciudadana se ha convertido en parte de nuestra conversación cotidiana. Las noticias sobre extorsiones, asesinatos, asaltos y operativos policiales ocupan permanentemente los espacios informativos. Cada nuevo caso genera preocupación, indignación y, muchas veces, la sensación de que estamos frente a un problema que supera la capacidad de respuesta de nuestras autoridades.
Sin embargo, hay algo que merece una reflexión adicional: ¿hasta qué punto estamos confundiendo los anuncios con las soluciones?
Las declaraciones oficiales, los planes de emergencia, las reuniones y los operativos pueden transmitir una sensación momentánea de acción, pero la ciudadanía necesita algo más que mensajes tranquilizadores. Necesita recuperar la confianza, volver a sentirse segura y comprobar que las decisiones adoptadas producen resultados concretos. La seguridad no se construye solamente con discursos ni con medidas que buscan generar titulares, sino con una estrategia sostenida, instituciones que funcionen y autoridades que asuman responsabilidades.
Esta situación también tiene consecuencias que van más allá de nuestras fronteras. El turismo, por ejemplo, depende considerablemente de la confianza. Una persona que piensa visitar el Perú no solamente evalúa sus atractivos naturales, culturales o gastronómicos. También quiere saber si podrá desplazarse tranquilamente, disfrutar de su estadía y regresar a casa sin haber pasado por una experiencia desagradable.
En un mundo donde la información circula inmediatamente, las noticias sobre criminalidad pueden influir en la percepción de un destino, incluso cuando los hechos ocurren en lugares alejados de los principales circuitos turísticos. La repetición de estas noticias puede terminar construyendo una imagen generalizada de inseguridad que afecta no solamente a los grandes operadores, sino también a pequeños hoteles, restaurantes, guías turísticos, transportistas y familias que encuentran en esta actividad una fuente de ingresos.
No se trata de ocultar la realidad ni de cuestionar el trabajo periodístico. Informar es necesario y constituye una responsabilidad democrática. Lo que corresponde es reconocer que la inseguridad tiene consecuencias económicas, sociales y también reputacionales para el país.
El Perú ha dedicado muchos años a construir una imagen internacional asociada a su historia, diversidad cultural, gastronomía y extraordinarios atractivos naturales. Sería lamentable que ese esfuerzo se vea debilitado por problemas que no estamos siendo capaces de enfrentar con la decisión y continuidad necesarias.
Quizás el principal desafío de nuestras autoridades sea comprender que la seguridad no puede convertirse en una respuesta coyuntural frente a cada noticia preocupante. Se requiere prevención, inteligencia, coordinación institucional y, sobre todo, voluntad política para mantener una política pública más allá de los cambios de gobierno.
Al final, los ciudadanos no necesitan escuchar que la delincuencia está siendo derrotada. Necesitan comprobarlo en sus calles, en sus barrios y en sus actividades cotidianas. Y los turistas necesitan encontrar un país que no solamente los invite a visitarlo, sino que también les ofrezca condiciones para hacerlo con tranquilidad.
Porque la confianza de un país no se recupera con anuncios. Se construye con hechos. Y esa es una tarea que el Perú ya no puede seguir postergando.