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OPINIÓN/ Perú ante la delincuencia ¿Qué nos espera en el corto plazo?

Escribe: José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

El desafío es entender que recuperar la seguridad requiere tiempo, capacidad y voluntad política, pero también una respuesta inmediata. Cada día de inacción tiene consecuencias humanas concretas.

El Perú enfrenta una crisis de seguridad que ya no puede tratarse como una preocupación pasajera ni como un asunto limitado a determinadas zonas. La delincuencia, las extorsiones, los asesinatos por encargo y el temor de salir a trabajar sin saber si se regresará a casa están alterando la vida de millones de ciudadanos. Cambian sus rutinas, frenan sus negocios y deterioran la confianza en las instituciones. Ante esta realidad, la pregunta es inevitable y urgente: ¿qué le espera al país en el corto plazo?

La respuesta exige mirar los hechos sin evasivas. Si la inseguridad continúa expandiéndose sin una reacción estatal eficaz, el Perú corre el riesgo de normalizar la amenaza del delito. Y cuando una sociedad empieza a aceptar como cotidiano aquello que debería indignarla, la crisis deja de ser exclusivamente policial: se convierte en una fractura de la convivencia, la autoridad y la confianza pública.

En los próximos meses, uno de los impactos más graves será el deterioro de la economía. El pequeño comerciante que paga cupos para mantener abierto su negocio, el transportista que trabaja bajo amenaza y el emprendedor que considera cerrar para no perderlo todo encarnan una realidad que golpea directamente el empleo y los ingresos familiares. La delincuencia no solo arrebata vidas y tranquilidad; también eleva los costos, desalienta la inversión y reduce las oportunidades de quienes dependen de su trabajo para salir adelante.

A ello se suma el desgaste emocional de una población sometida a un temor constante. La inseguridad restringe la libertad, alimenta la desconfianza y debilita los vínculos entre ciudadanos. Las familias alteran sus horarios, los jóvenes ven limitadas sus posibilidades y cada vez más personas perciben que las instituciones no pueden protegerlas. En ese contexto, crece la presión por adoptar respuestas inmediatas, incluso aquellas que no ofrecen resultados sostenibles o que pueden vulnerar los límites de la ley.

Pero sería un error reducir la solución al aumento de penas o al despliegue de más policías en las calles. El país necesita una estrategia integral y ejecutable: inteligencia policial, investigación criminal, coordinación efectiva entre instituciones, un sistema judicial capaz de actuar con rapidez y cárceles que dejen de operar como centros de mando del crimen. También debe enfrentar la corrupción que alimenta la impunidad y ampliar las oportunidades educativas y laborales para impedir que más jóvenes sean captados por organizaciones criminales.

El Gobierno y el Congreso tienen una responsabilidad ineludible. La ciudadanía ya no necesita anuncios, disputas políticas ni operativos improvisados: exige resultados verificables, información transparente y autoridades dispuestas a responder por sus decisiones. La seguridad debe convertirse en una política de Estado, con metas medibles, presupuesto, evaluación y continuidad, al margen de los cambios ministeriales y las conveniencias partidarias.

¿Qué le espera entonces al Perú? Si persisten la improvisación, la fragmentación institucional y la falta de liderazgo, continuarán el miedo, las pérdidas económicas y el deterioro de la confianza pública. Si, en cambio, se adoptan decisiones firmes, profesionales y sostenidas, el país podrá empezar a recuperar espacios de tranquilidad. No será un proceso inmediato, pero sí una tarea impostergable.

El desafío es entender que recuperar la seguridad requiere tiempo, capacidad y voluntad política, pero también una respuesta inmediata. Cada día de inacción tiene consecuencias humanas concretas. El Perú no puede acostumbrarse a la delincuencia ni resignarse a vivir bajo amenaza.

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