Reconstruir la salud significa, entonces, intervenir simultáneamente en tres frentes: el paciente, el personal y la infraestructura.
Hablar de reconstrucción en el sector Salud no puede reducirse a elaborar diagnósticos, enumerar carencias o exhibir, con razón, el calamitoso estado en que se encuentran muchos de nuestros hospitales y establecimientos sanitarios. El diagnóstico es necesario, pero no suficiente. El paciente no puede seguir esperando mientras el Estado descubre, una vez más, aquello que todos conocemos desde hace años.
La situación exige medidas concretas, inmediatas y, sobre todo, humanas.
La salud tiene que volver a colocar al paciente en el centro de la preocupación del Estado. Detrás de cada cama ocupada hay una persona que sufre, una familia que espera, una angustia que muchas veces se prolonga durante horas, días o meses. Por eso, una atención médica pronta y de calidad no puede ser entendida como un privilegio. Es, sencillamente, una expresión elemental de la dignidad humana.
Y allí aparece un primer desafío: necesitamos médicos, enfermeras, técnicos y trabajadores de la salud no solamente competentes, sino también sensibles frente al dolor de quienes llegan a un establecimiento público buscando atención.
La medicina no puede convertirse en una fría sucesión de trámites, ventanillas, colas y esperas interminables. El conocimiento profesional es indispensable, pero también lo son la empatía, el respeto y la capacidad de entender que quien está frente al médico no es un número ni una historia clínica: es un ser humano.
Pero tampoco podemos engañarnos. La sensibilidad del personal médico, por sí sola, no resolverá el problema.
No se puede pedir una atención de excelencia en establecimientos que muchas veces funcionan con infraestructura deteriorada, equipos obsoletos, ambientes inadecuados y tecnología que ya no responde a las necesidades de la medicina contemporánea. El propio Estado reconoce que la infraestructura, el equipamiento y la disponibilidad de especialistas constituyen asuntos prioritarios para esta nueva etapa del sector.
Reconstruir la salud significa, entonces, intervenir simultáneamente en tres frentes: el paciente, el personal y la infraestructura.
Al paciente hay que devolverle la confianza. Al personal de salud hay que darle condiciones dignas para trabajar. Y a los hospitales y centros de salud hay que devolverles la capacidad de atender con seguridad, oportunidad y calidad.
No podemos continuar acostumbrándonos a lo que debería indignarnos. Que un paciente tenga que esperar durante horas para conseguir una consulta, que una operación se postergue indefinidamente, que falten medicamentos o que un establecimiento carezca de los equipos necesarios no puede formar parte de esa especie de paisaje cotidiano al que, lamentablemente, hemos terminado por resignarnos.
El Perú necesita una política de salud que deje de administrar la precariedad y comience a transformar las condiciones en que se presta el servicio.
Por eso, la tarea que tiene por delante el ministro Luis Dyer es particularmente ardua. Apenas asumió el cargo el 28 de julio, el Gobierno señaló como parte de sus prioridades el fortalecimiento de la infraestructura sanitaria, el equipamiento, la presencia de especialistas, el abastecimiento de medicamentos y la mejora de la atención.
Son propósitos importantes. Pero ahora viene lo verdaderamente difícil: convertirlos en hechos.
El país ya está cansado de planes, anuncios y buenas intenciones que terminan diluyéndose en la burocracia. Lo que se necesita es gestión, decisión y capacidad para establecer prioridades. Y, sobre todo, resultados que puedan ser percibidos por el ciudadano común.
Porque al final de cuentas, la reforma de la salud no se medirá por la cantidad de documentos que produzca el Ministerio, sino por algo mucho más sencillo: si el paciente es atendido mejor que antes.
La reconstrucción del sector Salud debe empezar allí, en ese encuentro entre el ciudadano que necesita atención y el Estado que tiene la obligación de brindársela. Allí se juega buena parte de la legitimidad de cualquier reforma.
Confiemos, pues, en que el ministro Dyer esté a la altura de estas urgencias. Su gestión tiene por delante una enorme responsabilidad. No se trata solamente de ordenar un sector complejo ni de mejorar indicadores administrativos. Se trata de recuperar para millones de peruanos algo que nunca debieron perder: el derecho a ser atendidos con dignidad cuando más lo necesitan.