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OPINIÓN/ Se acabó el relato radical, el Perú es un país pragmático

Escribe: Luciano Revoredo

Director de La Abeja

Notable aprobación al naciente gobierno es una buena señal

La política peruana nos ha mostrado en la última década  que es implacable con sus gobernantes, pero también sabe reconocer los momentos de calma. La más reciente encuesta nacional de Datum Internacional, que otorga a la presidente Keiko Fujimori un sólido y contundente  60% de aprobación ciudadana en el arranque de su gestión, es, en esencia, la manifestación clara de un país que ha decidido dar vuelta a la página del resentimiento para exigir, con pragmatismo y firmeza, orden, empleo y gobernabilidad.

Iniciar un mandato con un respaldo que supera en más de 36 puntos porcentuales a la desaprobación (24%) cobra una dimensión aún mayor al contrastarse con la trágica experiencia de 2021. Hace cinco años, el experimento radical encarnado por el delincuente y neosenderista Pedro Castillo empezaba a despeñar al Perú desde un raquítico 39% de aprobación.

Aquel gobierno no solo careció desde el primer día del aval de las mayorías, sino que convirtió la inoperancia, la polarización y la confrontación ideológica en su único plan de supervivencia. Hoy, el 60% de peruanos que respalda al nuevo Ejecutivo demuestra que el peruano ha aprendido la lección: el desarrollo no se construye con consignas estatistas, sino con estabilidad e inversión.

Si hay un dato en el estudio de Datum que desmantela los dogmas de la política tradicional, es el comportamiento del sur del país. Durante años, la izquierda, siempre falsa, pretendió erigirse en dueña absoluta de esta región, tratándola como un feudo ideológico inexpugnable y una trinchera permanente de agitación. Sin embargo, los números fríos han dejado a esa izquierda saboteadora y terrucoide completamente al desnudo: en el sur, la aprobación de la presidenta Fujimori alcanza un 44%, superando con claridad al 39% de desaprobación.

Este resultado desbarata el mito de una región homogéneamente radicalizada. El peruano del sur, aplastado durante años por la ineficiencia de autoridades regionales mediocres, ideologizadas y corruptas y por la paralización de grandes proyectos, ha dejado en claro que no desea seguir siendo rehén del sabotaje; demanda conectividad, seguridad, empleo formal y obras reales.

La retórica refundacional y secesionista  ha quedado expuesta como lo que siempre fue: el discurso de una minoría ruidosa, incapaz de ofrecer soluciones concretas a los problemas cotidianos de la gente.

Igualmente revelador es el comportamiento del segmento más joven de la población. Lejos de las profecías de ciertos analistas que auguraban un distanciamiento juvenil del modelo de libre mercado, los ciudadanos de 18 a 24 años lideran el respaldo gubernamental con un formidable 71% de aprobación, once puntos por encima del promedio nacional.

Estamos ante una generación pragmática, hiperconectada y emprendedora, que rechaza la burocracia asfixiante y abraza la certidumbre económica y la libertad como el único camino real para concretar sus proyectos de vida.

A esta frescura generacional se suma un contundente optimismo hacia el futuro: el 62% de los encuestados confía en que el país entrará en una etapa de reactivación. Asimismo, entre quienes siguieron el primer mensaje a la nación de la mandataria, un abrumador 84% valoró positivamente sus anuncios. La ciudadanía ha captado la diferencia entre la improvisación del pasado y un plan de gobierno enfocado en destrabar inversiones y recuperar la autoridad en las calles.

Por otro lado, el reclamo de orden institucional encuentra su máxima expresión en el plano de la seguridad ciudadana. Con más de un 85% de peruanos a favor de que las Fuerzas Armadas apoyen decididamente a la Policía Nacional en el patrullaje de las calles y en la custodia de los penales, la sociedad civil le ha asestado una estocada definitiva a la agenda garantista. Los enfoques permisivos promovidos por la izquierda caviar, que terminaron desarmando moralmente a las fuerzas del orden y cediendo terreno a la delincuencia, han sido sepultados por la urgencia de recuperar la paz social.

El 60% de aprobación es un punto de partida esperanzador y un respaldo moderado pero inequívoco. No constituye, desde luego, un cheque en blanco, sino una valiosa oportunidad histórica. La izquierda saboteadora y terrucoide  ha quedado reducida a la marginalidad por su propia incapacidad para conectar con las verdaderas aspiraciones del pueblo. Le toca ahora al Gobierno actuar con celeridad, eficacia y transparencia para que esta renovada confianza se traduzca en una economía pujante, calles seguras y bienestar tangible para todos los peruanos.

Ha de saber la presidente y su equipo de gobierno que la luna de miel nunca es permanente. Es momento de profundizar las reformas, reducir el Estado y dar señales de estabilidad y sintonía con las demandas de un país que cansado de la corrupción y la lumpenización de la política extiende un voto de confianza al naciente gobierno.

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