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OPINIÓN/ Sordera oficial

Escribe: César Campos R.

 

La sordera oficial y la evidente desestructuración del Ejecutivo —encendida aún más por la renuncia de Rafael Rey al Ministerio de Transportes y Comunicaciones— pagan este lonche amargo de la desaprobación.

Molesta el regodeo de la izquierda más radical y mediocre en torno a la severa caída de la aprobación al gobierno de Keiko Fujimori reportada por las encuestadoras Ipsos, Datum y CPI. La sonrisa cínica de sus integrantes pareciera sugerir que el creciente rechazo al oficialismo es obra de ellos y un tácito reconocimiento al equívoco ciudadano de haber votado por la lideresa de Fuerza Popular y no por el candidato (hoy empleado del Congreso) Roberto Sánchez de Juntos por el Perú.

“Lo advertimos”, dice Marisa Glave (excongresista zurda y colaboradora cercana de la delincuente Susana Villarán) al periodista Javier Torres. Eleva su clarividencia al testimonio de no haber comprendido a varios amigos suyos que sufragaron por Fujimori sabiendo que no estaba preparada suficientemente para gobernar. Añade que el error de Keiko fue ofrecer “orden versus caos” en la campaña y luego retractarse.

En esto último no le falta razón a Glave. La chance de la alta expectativa no debió ser desinflada, menos todavía en el punto más sensible del humor público: la inseguridad y la ofensiva brutal de las organizaciones criminales nativas y transnacionales. Peor aún teniendo un ministro del Interior que guía sus palabras por una deplorable fuente inspiradora que lo lleva a decir sandeces. Y en el contexto de un gabinete que defrauda por algunos de sus miembros, animados también a expresar disparates o a provocar innecesarios conflictos con sus propios colegas.

La foto de la administración Fujimori entonces resulta mala, muy mala y solo a consecuencia de los patéticos errores de la misma y no por efecto del Niño Costero, la delincuencia criminal en su fiesta ni mucho menos por tener una oposición política ilustrada. El inexplicable liderazgo que ejerce en el Congreso la medianía y galopante demagogia de Juntos por el Perú sobre los partidos del Buen Gobierno, Obras y Ahora Nación es como para que cualquier gobierno alcance cimas de popularidad.

Esta modesta columna anticipó el desplome de la anuencia al oficialismo en sus dos últimas ediciones (“Los buitres” 30/08 y “Corregir” 06/09). Como conozco a la gran mayoría del Consejo de Ministros, me encargo incluso de hacerles llegar estas opiniones. Pero no se trata de algo personal ni de que me juzguen gurú, sino de oír a innumerables personas a las cuales nos costó insistir que la opción electoral de Keiko era la más viable, que el primer Gabinete inspiraba confianza y que endilgarle a la flamante presidenta los arranques autoritarios de su padre era injusto. Sin embargo, como en el verso de Vallejo, el cadáver, ¡ay!, siguió muriendo.

La sordera oficial y la evidente desestructuración del Ejecutivo —encendida aún más por la renuncia de Rafael Rey al Ministerio de Transportes y Comunicaciones— pagan este lonche amargo de la desaprobación. Nihilismo, soberbia, prematuro cansancio. Vaya uno a saber. Pero tal caída no augura nada positivo no solo para el gobierno sino para todo el país.

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