Fanfarrón es una palabra que define a una persona que presume o alardea exageradamente de ser superior, valiente o rica; también así se califica a los bravucones.
El presidente norteamericano, Donald Trump, lo es y proyecta un cuadro psicótico altamente peligroso en la medida que gobierna la nación más poderosa del mundo. Lo decimos porque hace poco presentó parte de la remodelación de la Casa Blanca, colocando molduras doradas debajo de las fotografías de ex mandatarios norteamericanos.
En el cuadro de su antecesor, a quien odia porque lo derrotó el 2020, escribió un texto agraviante que dice: «El somnoliento Joe Biden fue, con diferencia, el peor presidente de la historia de Estados Unidos. Tras llegar al poder, en una elección fraudulenta, fue responsable de una serie de desastres sin precedentes que llevaron a nuestro país al borde de la destrucción».
La placa al pie de la fotografía de Barack Obama, registra otra leyenda oprobiosa, al calificarlo de «una de las figuras políticas más divisivas en la historia de Estados Unidos. Aprobó la ley de atención médica y asequible, altamente ineficaz. Obama también espió la campaña presidencial de Donald J Trump en 2016 y presionó la creación del bulo sobre la presunta injerencia de Rusia en aquellas elecciones, el peor escándalo político en la historia de Estados Unidos».
Sobre Bill Clinton se limitó a sostener «que lo mejor que puedo decir es que su esposa Hillary perdió [frente a él] las elecciones de 2016». La portavoz y secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, respaldó con obsecuencia y sin vergüenza esas injurias, apelando a la falacia de que las mismas «contienen descripciones elocuentes de cada presidente y del legado que dejaron».
No extraña, empero, la conducta de Trump, adicto al auto elogio y a calumniar a quienes no piensan como él. O, peor aún, a decir lesivos disparates, como amenazar con recuperar el control del Canal de Panamá, arrebatar Groenlandia a Dinamarca y convertir Canadá en el estado número 51 de Norteamérica.
En su registro quedará haber debilitado la histórica Alianza Atlántica con Europa, al mismo tiempo que su admiración hacia Putin y repulsa al ucraniano Valodimir Zelensky, que resiste heroicamente los devastadores ataques del Kremlin. Eficiente para dislocar la economía global, aumentando o rebajando los aranceles, se muestra inepto y errático para adoptar medidas eficaces contra la mafiosa dictadura de Maduro, a pesar de tacharlo de «narco terrorista», ofrecer una recompensa de 50 millones de dólares por su captura y movilizar ocho buques de guerra, el portaviones Ford, un submarino nuclear, cazas F 35 y 10 mil infantes de marina en las costas venezolanas.
¿Qué hará los tres años que restan para culminar su errático mandato? . Por lo pronto, ha tenido la desfachatez narcisista de rebautizar con su nombre el histórico y emblemático Kennedy Center de Washington.
Nadie puede saber sus próximas acciones, incluyéndolo, porque dependerá del humor en que amanezca, pero también del control parlamentario y de los medios de comunicación que deben denunciar y frenar la voracidad de este depredador político.