La victoria demócrata en ambas cámaras del Congreso de EEUU no es un simple cambio de mayoría. Es una señal política: una parte decisiva del electorado ha querido poner límites a un poder presidencial que avanzaba sin contrapesos.
El costo de vida, la guerra con Irán y la preocupación por la corrupción pesaron en el voto. El mensaje alcanza a la política exterior conducida con impulsos personales y amenazas que inquietan a aliados y adversarios.
Desde enero, cuando se instale el nuevo Congreso, los demócratas podrán fiscalizar a la administración Trump, investigar sus decisiones, bloquear iniciativas y ejercer influencia sobre el presupuesto y las confirmaciones del Senado. No podrán, por el solos ordenar el fin de la guerra ni revertir todas las decisiones de Trump que conserva atribuciones importantes y puede vetar leyes.
Sin embargo, gobernar sin una mayoría propia será mucho más difícil. El nuevo equilibrio podría reducir la libertad de maniobra de la Casa Blanca frente a Irán y elevar el costo político de una escalada. También puede abrir espacio para revisar la guerra comercial con Canadá y Europa y para reafirmar que Groenlandia y sus habitantes tienen derecho a decidir su futuro.
Nada de eso está garantizado: dependerá de la presión del Congreso, de la opinión pública y de la voluntad de los aliados de defender sus intereses. La prioridad demócrata será responder a la inquietud económica y exigir rendición de cuentas. Esa agenda doméstica no es ajena al mundo: una política exterior que encarece la vida, debilita alianzas y amenaza con ampliar los conflictos tiene consecuencias dentro de Estados Unidos, los resultados lo reflejan.
Aunque no cierran la crisis devuelve al centro una idea esencial: ninguna presidencia debe confundirse con la voluntad de todo un país. El voto ha abierto la posibilidad de restaurar límites y de que el poder vuelva a responder ante la ciudadanía. Y además ha dado presencia variada a etnias y grupos que no la tenían. Los pueblos no admiten absolutismos contemporáneos.