El Día de la Madre es una conmemoración hermosa, que evoca dulces y tiernos recuerdos, de acrecentada y resplandeciente gratitud a todas las madres, especialmente a quienes han fallecido, pero que nos siguen acompañando y dando valor a nuestra existencia.
Pasado y presente. Vida y muerte; mágica simbiosis espiritual, única, irrepetible, se produce en esa relación, como si el cordón umbilical se mantuviera conectado para siempre entre madres e hijos
Una madre está a nuestro lado en las oraciones, en la evocación de momentos dramáticos de la vida, pero también de alegría.
Simplemente no se van, nunca lo harán.
Recordemos que en el Perú, esa efemérides, se instituyó por iniciativa de un grupo de estudiantes sanmarquinos integrados en el “Centro Universitario Ariel”, compuesto por poetas, escritores e intelectuales de vanguardia.
Mi padre, Carlos Gonzales Posada, alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos y director del primer diario estudiantil denominado «La Reforma», formó parte de esa plataforma con su entrañable amigo y después compañero de partido, Carlos Alberto Izaguirre, entre otros estudiantes
En una de las asambleas, los arielistas acordaron dirigir una carta al presidente de la República, Augusto B. Leguía, solicitando la consagración oficial de esa fecha. La propuesta fue entregada al jefe de Estado por Carlos Alberto Izaguirre, a quien Luis Alberto Sánchez describía como persona “caritativa e idealista, bondadosa y mística”, que no se reponía del reciente fallecimiento de su progenitora
Para los promotores constituyó una grata noticia ver publicada en el diario oficial la Resolución Suprema 677, del 12 de abril de 1924, con el siguiente texto: «Vista la solicitud que formula el Ateneo Universitario Ariel de esta capital, sobre la constitución del Día de la Madre”. Estando a lo acordado. Se resuelve: Declarar día solemne, bajo la denominación de Día de la Madre, el segundo domingo de mayo”.
A ellos, a los arielistas y al presidente Leguia, va nuestro recuerdo y gratitud por haber escrito una página de bondad en la historia de la República.
En esta fecha también rendimos homenaje a las madres vivas. Lo hago a mi esposa, Marilú de Cossio, no solo por arropar en sus sentimientos a mis tres hijos y cinco nietos, sino por el admirable trabajo humanitario desplegado durante 40 años a través del Instituto Mundo Libre, organización de la que es fundadora-presidenta.
En ese largo tiempo, sin recibir apoyo económico del Estado, ha logrado rescatar de las calles a centenares de niños y niñas abandonados, consumidores de drogas, víctimas de la explotación sexual y laboral.
Son 3, 700 beneficiados en un programa de rehabilitación considerado de los más exitosos del mundo. En su casa de acogida duermen niños y niñas de la calle, reciben alimentos, educación escolar y capacitación laborar en talleres ocupacionales.
Por esa labor ha recibido numerosas distinciones. Entre otras, el Premio de Humanitarismo de la Unión Panamericana de la Salud, entregado en Washington DC y el Premio a la Sociedad Civil concedido por Naciones Unidas.
En nuestro país, el Congreso de la República le otorgó la Medalla de Honor en el grado de Gran Oficial y la Municipalidad de Lima la Medalla de la Ciudad.
Inolvidable también su trabajo de apoyo a más de dos mil operaciones de cataratas del programa parlamentario «Ver para Creer», la entrega de alimentos y medicinas a poblaciones pobres y quinientas viviendas a los damnificados del devastador sismo en el sur del 15 de agosto del 2007.
En paralelo, logró que brigadas de médicos norteamericanos vinieran al país para operar a docenas de personas con labios leporinos.
En suma, un trabajo humanitario, hecho con esfuerzo, persistencia, devoción. Por todas esas consideraciones va este homenaje.