Lo que debió ser una decisión impostergable al inicio de su gestión tras meses de cuestionamientos sobre la conducción técnica y ética del organismo llega tarde y con un propósito distinto
En el Perú, los cambios de gobierno suelen traer consigo la promesa de renovación institucional. En teoría, los organismos técnicos deberían aprovechar ese momento para corregir el rumbo, limpiar estructuras viciadas y recuperar credibilidad. Pero en la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), esa transición parece haberse convertido en una maniobra de maquillaje: se cambian nombres, pero no se cambia el poder.
En las últimas semanas, mediante las Resoluciones Ministeriales N.º 723, 724 y 725-2025-MTC/01, el ministro saliente de Transportes y Comunicaciones, antes de retirar sus últimos enseres del despacho, se dio tiempo para designar nuevos directores de línea en las tres dependencias clave de la DGAC: Regulación, Promoción y Desarrollo Aeronáutico; Certificaciones y Autorizaciones; y Seguridad Aeronáutica.
Lo que debió ser una decisión impostergable al inicio de su gestión tras meses de cuestionamientos sobre la conducción técnica y ética del organismo llega tarde y con un propósito distinto. Lo que se presenta como una renovación institucional es, en realidad, una operación de supervivencia política y personal del propio director general de la DGAC, orientada a blanquear su gestión y conservar el control interno.
Los “asesores” del silencio
Fuentes internas confirman que dos de los directores salientes Certificaciones y Autorizaciones, y Seguridad Aeronáutica, parte del círculo más cercano del actual titular, no se alejaron de la institución. Por el contrario, fueron reubicados como “asesores” de los nuevos directores. En otras palabras: los mismos que acompañaron las decisiones más controversiales de los últimos años siguen allí, ahora bajo un título que les otorga influencia sin responsabilidad formal.
Esta maniobra no es inocente. Deja al nuevo equipo atrapado entre dos fuegos: la presión política del MTC por mostrar resultados y la vigilancia silenciosa de quienes administran los secretos de la gestión anterior. Los “asesores” cumplen así una doble función: garantizar la continuidad de la línea de mando y asegurar que nadie abra los expedientes que podrían revelar irregularidades técnicas, favoritismos o negligencias operacionales.
Continuidad del poder, no del conocimiento
El argumento oficial suele apelar a la “memoria institucional” o a la necesidad de “asesoramiento técnico” para justificar la permanencia de los salientes. Pero en un sistema donde los directores de línea son cargos de confianza, esa figura se convierte en un mecanismo de blindaje político y personal. No se trata de preservar conocimiento, sino de conservar poder.
En la práctica, estos asesores se transforman en filtros: controlan el flujo de información, condicionan las decisiones de los nuevos directores y preservan la narrativa del anterior titular, incluso cuando su gestión fue abiertamente cuestionada por el entorno aeronáutico.
El costo institucional
Este tipo de maniobras tiene un costo enorme para la aviación civil peruana:
Destruye la confianza del sector técnico y de los operadores.
Afecta la independencia regulatoria frente a intereses personales, políticos y comerciales.
Paraliza los procesos de mejora o auditoría interna, porque nadie quiere tocar lo que compromete al equipo anterior.
En un organismo que debería ser el garante de la seguridad operacional del país, la continuidad de una gestión bajo otro nombre es una señal alarmante.
El cambio de directores no puede servir como disfraz de impunidad, ni los cargos de asesoría como refugio para una gestión que debe rendir cuentas.
Una DGAC capturada por su propio pasado
La DGAC se encuentra hoy en un punto crítico: o se somete a una auditoría integral que restituya la confianza en su independencia técnica, o seguirá atrapada en un ciclo de autodefensa burocrática, donde los mismos actores se reciclan para perpetuar su influencia.
Este es el momento para que el gobierno entrante que se presenta como más técnico que político y que afirma estar dispuesto a realizar grandes esfuerzos para corregir el rumbo del país en los meses que le quedan demuestre con hechos esa voluntad, empezando por hacer los cambios que el sector aeronáutico necesita con urgencia.
Durante décadas, la aviación civil peruana ha estado marcada por irregularidades, omisiones y cuestionamientos que hoy se reflejan en tres ejemplos emblemáticos: la cesión de la quinta libertad sin reciprocidad, las irregularidades en la concesión del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez y la ausencia de estudios de seguridad operacional en el proyecto del Aeropuerto de Chinchero. En todos ellos, la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), llamada a ser garante técnico del sistema, aparece más como parte del problema que como parte de la solución. Cada uno de estos casos revela una misma enfermedad institucional: un sistema debilitado y capturado por intereses ajenos al bien común.
El país necesita una autoridad aeronáutica que responda a la seguridad operacional y al interés público, no a pactos internos de silencio ni a redes de protección burocrática
El resultado: un cambio que no despega, condenado a volar en círculos sobre la misma opacidad de siempre. La DGAC no necesita más maniobras: necesita dirección.