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OPINIÓN/ Un respiro de justicia: la condena de Guillermo Bermejo y el recuerdo del terror

Escribe: Julio Cesar Valdez Pomareda

Teniente general FAP

El fin de una impunidad disfrazada de discurso político

Después de años de polémicas, la justicia peruana ha marcado un precedente histórico. El ex congresista Guillermo Bermejo Rojas, conocido por su cercanía con sectores radicales y por su abierta simpatía hacia movimientos de inspiración marxista, ha sido condenado a quince años de prisión efectiva por sus vínculos con Sendero Luminoso, la organización terrorista que ensangrentó al país durante las décadas de 1980 y 1990.

La sentencia no solo representa la caída de un individuo que trató de escudarse tras el manto del progresismo y la victimización política. Simboliza también una reivindicación moral para los miles de familias peruanas que lloran aún a sus muertos, asesinados cobarde y arteramente por los seguidores de la ideología de Abimael Guzmán.

Bermejo, que durante su paso por el Congreso intentó presentarse como un defensor de los derechos populares, fue finalmente desenmascarado. La sentencia demuestra que detrás del discurso de “reivindicación social” se escondía un historial de colaboraciones, contactos y simpatías con uno de los grupos más crueles de la historia nacional.

El recuerdo de una herida que aún sangra

Durante décadas, Sendero Luminoso dejó una estela de sangre y dolor en los campos y ciudades del Perú. Policías, militares, campesinos, autoridades locales, mujeres y niños fueron víctimas de una maquinaria criminal que pretendía imponer su dogma totalitario a punta de dinamita y balas.

Y, paradójicamente, tras la derrota del terrorismo en los años 90 gracias al sacrificio de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, emergieron voces y organizaciones, autodenominadas defensoras de los derechos humanos que, lejos de solidarizarse con las víctimas, se dedicaron a reivindicar a los verdugos y perseguir judicialmente a quienes los combatieron.

Esta regresión ideológica se inició al asumir Valentín Paniagua el más alto cargo de la Nación, fue en aquellos años que surgió una corriente política e intelectual que intentó reescribir la historia. Desde ONG’S y sectores del llamado “progresismo”, se comenzó a justificar a los victimarios, se indemnizó a terroristas y se persiguió judicialmente a quienes dieron la vida por la Patria.

Durante los años más oscuros del terrorismo, Sendero Luminoso y el MRTA asesinaron a más de 30 mil peruanos, miles de familias campesinas, humildes y trabajadoras fueron víctimas de atentados, emboscadas y ejecuciones masivas.  Con estas acciones, los terroristas pretendían someter al país al fanatismo ideológico de Abimael Guzmán, un delirio totalitario que convirtió al Perú en un campo de muerte.

Los nefastos resultados de la Comisión de la Verdad y Reconciliación fueron un agravio a la memoria de quienes dieron su vida combatiendo al terrorismo; en lugar de honrar a las víctimas inocentes y reconocer el sacrificio de las FFAA y la PNP, su informe pareció equiparar a los asesinos de SL y el MRTA con quienes defendieron la Patria.  Esta distorsión histórica no solo fue injusta, sino que hirió el sentimiento de un País que aun sangra por las atrocidades de los subversivos.  La verdadera reconciliación empieza por llamar las cosas por su nombre y rendir homenaje a los verdaderos héroes del Perú.

La figura de Bermejo: símbolo de una traición moral

En ese contexto, la figura de Bermejo representa lo peor de esa deriva moral. Un personaje que, escudado en el discurso de los “derechos humanos”, buscó blanquear el terrorismo e infiltrarse en la política nacional. Su condena devuelve algo de dignidad a las víctimas y a los combatientes que ofrendaron su existencia para que hoy el Perú viva en libertad.

La personalidad de Bermejo encarna lo más hipócrita y cínico de esa corriente: un individuo que, mientras predicaba sobre “pueblos oprimidos” y “justicia social”, mantenía vínculos con remanentes senderistas del VRAEM, justificaba la violencia y denigraba a las instituciones del Estado.   Su condena, por tanto, no es solo un acto judicial, sino una reparación simbólica frente a años de desvergüenza política e impunidad.

La justicia como memoria

El fallo contra Bermejo no es solo una sanción individual.  Es una advertencia moral: la violencia política no puede volver a tener tribuna ni representantes.

El Estado peruano tiene ahora la obligación de mantener firme su política antiterrorista, cerrar el paso a los discursos que buscan relativizar el pasado y, sobre todo, honrar la memoria de quienes cayeron defendiendo la Patria.

La justicia tarda, pero llega

Hoy el Perú puede respirar, aunque sea por un momento, un aire de reparación. Tras años de impunidad y manipulación, la sentencia contra Bermejo demuestra que la justicia, aunque lenta, puede vencer al cinismo y la mentira.

Hoy el Perú respira un aliento de justicia.  Aunque llega tarde, marca un precedente: ningún delincuente, por más disfraz ideológico que use, puede quedar impune.

El País necesita recordar siempre que la paz y la democracia se construyen sobre la memoria y la verdad, no con pactos con el crimen ni con nostalgias ideológicas del terror, no sobre la complacencia con los asesinos ni la manipulación del pasado.

Los peruanos con memoria saludamos este halito de imparcialidad.  El Perú no puede continuar recompensando a quienes lo hundieron en el dolor y la violencia, ni castigando a quienes lo defendieron con honor, valor y sacrificio en sus horas más difíciles.

 ¡¡ Basta de condenas a quienes la defendieron !!

 

 

 

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