Escribe: Fernando Peña Aranibar


En la política peruana hay momentos que parecen escritos por un guionista con demasiado sentido del humor -o con muy poco respeto por la lógica-, y el más reciente lo protagoniza el candidato Roberto Sánchez.

Porque una cosa es lanzar propuestas y otra muy distinta es empezar a armar un gabinete como si ya se estuviera celebrando la juramentación… y hacerlo, además, con nombres que levantan más de una ceja.

Sánchez, en su afán por mostrarse como opción seria, ya viene soltando algunos posibles integrantes de lo que sería su equipo de gobierno. Hasta ahí, nada fuera de lo común. El problema empieza cuando entre esos nombres aparece José Domingo Pérez, un personaje que lejos de generar consenso, arrastra una mochila bastante pesada.

Y no es cualquier mochila. Estamos hablando de alguien cuya actuación en la fiscalía, particularmente en el caso Odebrecht, ha sido objeto de múltiples cuestionamientos. Un desempeño que para muchos ha sido más errático que firme, más mediático que efectivo. Pero eso, al parecer, no entra en el radar del candidato.

Lo curioso -por no decir preocupante- es esa ligereza con la que se lanzan estos nombres, como si el país no tuviera memoria o como si las controversias fueran simples detalles que se pueden pasar por alto. Porque no estamos hablando de una figura decorativa, sino de alguien que, en teoría, asumiría un rol clave dentro del aparato estatal.

Aquí es donde el asunto adquiere ese matiz casi cómico. Porque mientras el ciudadano de a pie espera propuestas concretas, soluciones reales y equipos sólidos, lo que recibe es una especie de casting político donde algunos nombres parecen elegidos más por notoriedad que por idoneidad.

Y claro, uno no sabe si reír o preocuparse. Porque si así empieza el armado -con decisiones que parecen improvisadas o desconectadas del contexto-, es inevitable preguntarse cómo sería la gestión en sí.

Al final, más que una estrategia política bien pensada, lo de Sánchez empieza a parecer un ejercicio de ensayo y error, pero sin margen para el error. Y en un país como el Perú, donde la institucionalidad ya ha sido suficientemente golpeada, ese tipo de apuestas no solo resultan pintorescas… sino también peligrosamente irresponsables.