El Perú necesita funcionarios serios, no personajes en campaña permanente. Necesita gente que entienda que las instituciones no son escenarios para actuaciones personales ni trincheras ideológicas para ajustar cuentas políticas.
Hay personajes en la política peruana que parecen no entender que el país está cansado de los espectáculos. Creen que levantar la voz, posar para las cámaras y convertir cada intervención en una actuación grotesca les da relevancia pública. Y mientras más estridente sea el show, mejor. Ese parece ser el caso de quien, como el tristemente célebre José Domingo Pérez, durante su paso por la Fiscalía, dejó más sombras que resultados, más confrontación que solvencia, y más cálculo político que verdadera vocación de justicia.
Porque una cosa es discrepar políticamente, y otra muy distinta es convertir el antifujimorismo en una patología obsesiva que termina contaminando cada actuación pública. Cuando alguien actúa permanentemente desde el resentimiento ideológico, pierde objetividad, pierde equilibrio y, sobre todo, pierde credibilidad. Y eso es precisamente lo que ha venido ocurriendo desde hace tiempo.
Su desempeño como fiscal fue, siendo generosos, opaco e incompetente. Mucho ruido, demasiada exposición mediática y muy pocos resultados concretos. Sin embargo, lejos de hacer una autocrítica, ha optado por refugiarse en un personaje construido para el escándalo: el provocador profesional, el bravucón de micrófono, el buscarruidos que necesita titulares para mantenerse vigente.
Lo ocurrido en la Subcomisión de Acusaciones Constitucionales fue otra muestra penosa de esa conducta. En lugar de acudir con serenidad, argumentos y altura, eligió nuevamente la confrontación teatralizada, el gesto desafiante y la pose de víctima perseguida. Todo parecía cuidadosamente calculado para generar clips virales y alimentar portadas, no para contribuir seriamente al debate institucional.
Y aquí también hay responsabilidad de ciertos medios de comunicación que, de manera irresponsable, siguen haciéndole eco a esa estudiada teatralidad. Porque cada vez que convierten el escándalo en noticia principal y premian la provocación con cámaras y micrófonos, terminan incentivando justamente aquello que tanto dicen criticar: la degradación del debate público.
El Perú necesita funcionarios serios, no personajes en campaña permanente. Necesita gente que entienda que las instituciones no son escenarios para actuaciones personales ni trincheras ideológicas para ajustar cuentas políticas. Cuando alguien convierte el cargo público y el desempeño profesional en una plataforma de revancha y exhibicionismo, el daño no solo es político; también erosiona la confianza ciudadana en las instituciones y en la democracia.
Lo preocupante es que todavía existan sectores que confundan agresividad con valentía, escándalo con firmeza y victimización con integridad. La estridencia no reemplaza a la capacidad, ni el antifujimorismo obsesivo convierte automáticamente a alguien en referente moral. Al contrario: cuando el odio político se vuelve el eje de una trayectoria pública, lo único que queda es una caricatura.
Y eso es exactamente lo que hoy estamos viendo. Un personaje atrapado en su propio espectáculo, necesitado permanentemente de conflicto para seguir vigente, y convencido de que el ruido puede sustituir la falta de resultados. Pero el país ya aprendió, hace tiempo, a distinguir entre quien trabaja por las instituciones y quien simplemente actúa para las cámaras.