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OPINIÓN/ El silencio también decide

Escribe: Javier Gamboa Burgos

 y puede convertirse en el mayor error estratégico del Perú.

La reciente proclamación y consolidación de resultados por parte del Jurado Nacional de Elecciones no ha logrado cerrar el clima de incertidumbre y frustración que acompaña este proceso electoral desde sus primeras horas. Por el contrario, persisten profundas dudas ciudadanas respecto a graves deficiencias logísticas, actas observadas, inconsistencias operativas, falta de respuestas oportunas y una percepción creciente de resistencia institucional frente a pedidos legítimos de mayor transparencia.

Entre los cuestionamientos más sensibles destacan los reclamos vinculados al padrón electoral, las denominadas mesas de series 900 y las reiteradas solicitudes de auditoría o revisión técnica que, para una parte importante de la ciudadanía, no habrían sido atendidas con la apertura y claridad que exige una democracia moderna. Más allá de que las autoridades electorales sostengan la validez formal del proceso, el problema central es político e institucional: cuando millones de ciudadanos sienten que sus dudas no son escuchadas, la confianza pública comienza a deteriorarse peligrosamente.

Pero existe un dato todavía más revelador que los propios resultados oficiales: millones de peruanos decidieron no respaldar a nadie.

Entre votos blancos, votos nulos y ausentismo, el país evidenció uno de los niveles más altos de desapego político de las últimas décadas. Más de tres millones de votos blancos y nulos reflejan no solamente indignación o cansancio; reflejan también una peligrosa desconexión de sectores ciudadanos que, comprensiblemente frustrados, parecen haber optado por retirarse emocionalmente del proceso democrático.

Y ese puede convertirse en el mayor error estratégico del Perú.

Porque la segunda vuelta ya no será una elección convencional. Será una definición estructural sobre el rumbo económico, institucional y geopolítico del país.

El debate real no es únicamente entre candidatos.

El fondo de la discusión es mucho más profundo: preservar un modelo económico perfectible que permitió estabilidad, crecimiento, control inflacionario y expansión exportadora, o abrir paso a proyectos antisistema que cuestionan precisamente las bases que hicieron posible ese desarrollo.

El Perú tiene enormes problemas pendientes: inseguridad, corrupción, informalidad, debilidad institucional y desigualdad.

Nadie puede negar eso. Pero destruir los pilares económicos y constitucionales que sostuvieron décadas de crecimiento no garantiza resolver esos problemas; puede agravarlos dramáticamente.

La experiencia regional reciente debería servir de advertencia.

Chile, considerado durante años uno de los países más sólidos y competitivos de América Latina, inició un proceso de cambio constitucional impulsado desde la indignación social y el rechazo al sistema político tradicional. El resultado fue un largo periodo de incertidumbre, polarización, enorme gasto político, fuga parcial de inversiones y deterioro de expectativas económicas.

Mientras Chile debatía refundaciones y abría incertidumbre jurídica, varios capitales internacionales comenzaron a diversificar riesgos hacia otros mercados. El Perú, pese a sus propias crisis políticas, logró en determinados periodos acortar distancias competitivas en sectores estratégicos como exportaciones mineras especialmente cobre y agroexportación de frutas, precisamente porque mantenía aún un marco económico relativamente más estable.

La lección es clara: destruir confianza toma meses; reconstruirla puede tomar décadas.

Por eso resulta extremadamente preocupante escuchar a algunos opinólogos promover el voto nulo, el voto blanco o incluso la abstención como mecanismos de “protesta”.

En contextos normales, esas expresiones pueden interpretarse como señales de descontento legítimo. Pero en una elección definitoria, la indiferencia termina beneficiando a quienes sí mantienen disciplina política y movilización.

La democracia no premia el silencio. Lo contabiliza.

La ONPE y las autoridades electorales tienen además la obligación moral y técnica de entender que no basta con proclamar resultados; deben construir confianza. Minimizar cuestionamientos ciudadanos, responder con soberbia técnica o cerrar espacios de auditoría solo alimenta sospechas y deteriora aún más la legitimidad institucional.

La transparencia no debilita la democracia; la fortalece.

Sin embargo, incluso en medio de la frustración, la respuesta no puede ser retirarse del campo democrático.

La segunda vuelta exigirá madurez política y responsabilidad histórica. No será momento para apatías, votos emocionales ni protestas simbólicas. Será el momento de decidir si el Perú corrige sus errores preservando estabilidad y competitividad, o si ingresa a una ruta de confrontación e incertidumbre que otros países de la región ya recorrieron con costos enormes.

Porque lo que está en juego ya no es solamente la simpatía o rechazo hacia determinados candidatos, partidos o ideologías. Lo que verdaderamente se decidirá es si el Perú mantiene un sistema que, con todas sus imperfecciones y urgentes necesidades de reforma, permitió sostener crecimiento económico, estabilidad monetaria, inversión, empleo y expansión exportadora; o si opta por abrir espacios a proyectos que cuestionan precisamente las bases que hicieron posible ese desarrollo.

Por eso, el ciudadano informado no puede refugiarse en la indiferencia, el desencanto o el silencio.

Esta vez no bastará con criticar desde fuera ni lamentarse después de conocidos los resultados.

El Perú necesita ciudadanos que asuman posición y comprendan que, más allá de candidatos, partidos o simpatías personales, lo que realmente estará en disputa es la continuidad o el rechazo del sistema económico, institucional y democrático que sostuvo al país durante las últimas décadas.

Cada peruano deberá decidir conscientemente si apuesta por preservar y corregir el modelo que permitió crecimiento, inversión y estabilidad, o si opta por respaldar propuestas que buscan reemplazarlo por caminos inciertos cuyos resultados ya se han visto en otros países de la región.

Pero lo que ya no resulta aceptable es renunciar a decidir.

No ir a votar, anular el voto o dejarlo en blanco puede parecer un gesto de protesta individual; sin embargo, en momentos críticos termina convirtiéndose en una cesión de responsabilidad frente al futuro nacional. Porque mientras unos se retiran decepcionados, otros avanzan organizados y decididos.

La democracia no se defiende desde la comodidad del desencanto. Se defiende participando.

En un contexto mundial marcado por tensiones geopolíticas, competencia económica feroz y búsqueda global de destinos confiables para la inversión y el desarrollo, el Perú no puede darse el lujo de transmitir apatía, fractura o vacío ciudadano.

Hoy más que nunca, estabilidad, institucionalidad y participación democrática serán factores decisivos para atraer inversiones, generar empleo, sostener crecimiento y garantizar oportunidades para las próximas generaciones.

La segunda vuelta no será solamente una elección política.

SERÁ UNA DEFINICIÓN HISTÓRICA SOBRE EL RUMBO DEL PERÚ.

Y frente a momentos así, el deber del ciudadano informado no es retirarse del tablero.

ES IR A VOTAR. TOMAR POSICIÓN. Y ASUMIR CON RESPONSABILIDAD EL PAÍS QUE QUIERE DEJARLE AL FUTURO.

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