La democracia no se fortalece desde el odio interminable ni desde la confrontación perpetua; se fortalece cuando existe la capacidad mínima de diálogo, de entendimiento y de respeto entre adversarios políticos.
En una reciente entrevista con Milagros Leiva, el expresidente Pedro Pablo Kuczynski reveló que Keiko Fujimori, durante la visita que le hizo, le pidió disculpas por el proceder político que tuvo desde el Congreso -en el que Fuerza Popular alcanzó una aplastante mayoría- contra su gestión presidencial. Frente a ello, el exmandatario señaló haber aceptado esas disculpas, en un gesto que dice mucho más de lo que algunos podrían advertir a primera vista.
Y es que, más allá de las discrepancias políticas o de los distintos puntos de vista que se puedan tener respecto al expresidente, lo cierto es que su actitud expresa una generosidad y una grandeza poco comunes en el clima político del Perú actual. “El bienestar del Perú hoy está en juego y debe estar por encima de cualquier persona, de cualquier disputa y de cualquier interés partidario”, sostiene con excelsitud PPK.
Vivimos tiempos marcados por el enfrentamiento permanente, la polarización extrema y los resentimientos acumulados. La política peruana se ha convertido, demasiadas veces, en un espacio donde prevalecen el agravio, la revancha y la descalificación antes que la capacidad de tender puentes y establecer avenencias, cuando no consensos. Por eso, cuando ocurre un gesto de reconocimiento mutuo, de autocrítica o incluso de reconciliación política, corresponde destacarlo y valorarlo.
Aceptar unas disculpas no significa necesariamente olvidar las diferencias ni renunciar a las convicciones propias. Significa, en muchos casos, entender que el país necesita salir de la lógica destructiva de los desencuentros permanentes. Y precisamente allí radica el valor de este episodio.
El Perú necesita más gestos políticos de esta naturaleza. Necesita dirigentes capaces de reconocer errores, de rectificar posiciones y también de dejar atrás conflictos que, durante años, solo han profundizado divisiones. La democracia no se fortalece desde el odio interminable ni desde la confrontación perpetua; se fortalece cuando existe la capacidad mínima de diálogo, de entendimiento y de respeto entre adversarios políticos.
En medio de una crisis de representación y de confianza ciudadana, actitudes como esta resultan extrañas, pero justamente por eso deben ser resaltadas. Porque ayudan a recuperar algo que el país ha ido perdiendo peligrosamente: la posibilidad de construir consensos básicos pensando primero en el Perú y no únicamente en las disputas de poder.
Ojalá este tipo de gestos deje de ser una excepción y se convierta en una constante en el quehacer político nacional. Solo así será posible reconstruir un mínimo de unidad y de entendimiento que permita que el Perú avance, dejando atrás años de confrontación estéril que tanto daño le han hecho al país.