Escribe: Fernando Peña Aranibar

Hay algo profundamente preocupante cuando en la política se abandona el debate de las ideas para refugiarse en el ataque personal. Es una señal inequívoca de pobreza argumentativa.

Hay algo profundamente preocupante cuando en la política se abandona el debate de las ideas para refugiarse en el ataque personal. Es una señal inequívoca de pobreza argumentativa.

Cuando alguien no puede defender una propuesta, explicar una posición o responder una crítica con razones, termina recurriendo a la descalificación, al agravio y a la intromisión en aspectos que pertenecen a la esfera más íntima de las personas.
La ruindad no es un argumento. Nunca lo ha sido. Atacar la vida privada de alguien, burlarse de sus circunstancias personales o utilizar aspectos ajenos al debate público para desacreditarlo no fortalece una posición política; por el contrario, evidencia la incapacidad de sostener una discusión seria, mesurada y responsable.

Esto resulta aún más grave cuando proviene de personas que aspiran a representar al país. Quien pretende conducir los destinos de una nación debería demostrar altura moral, tolerancia y capacidad para confrontar ideas con ideas. El Perú necesita líderes que discutan propuestas, soluciones y proyectos para el futuro, no personajes que conviertan la política en un espacio de insultos, chismes y ataques personales.

La ciudadanía tiene derecho a exigir un debate de mayor nivel. Los problemas del país son demasiado importantes como para perder tiempo en discusiones basadas en agravios personales. La inseguridad, la pobreza, la falta de oportunidades, la crisis institucional y el desarrollo económico no se resolverán con insultos ni con campañas de demolición moral contra quienes piensan distinto.

Cuando la vikeza se convierte en herramienta política, la democracia se empobrece. Y cuando el ataque personal reemplaza a la argumentación, lo que realmente queda expuesta no es la persona atacada, sino la debilidad intelectual y moral de quien recurre a ese recurso.

Por eso es importante recordar una verdad sencilla: las ideas se responden con ideas, los argumentos con argumentos y las propuestas con propuestas. Todo lo demás no es debate político. Es simplemente la confesión de que ya no quedan razones para sostener una posición.