En un país marcado por la anomia, apostar por la ciudadanía y por reglas claras no es una debilidad: es, hoy más que nunca, un acto de responsabilidad colectiva.
Ser demócrata, en un país donde la ciudadanía no termina de existir, no es una postura cómoda ni rentable. Es, más bien, una contradicción permanente. Hablamos de democracia como ideal, pero vivimos en una sociedad donde las reglas son difusas, la ley se interpreta según quién la mire y la noción de bien común se diluye en la supervivencia cotidiana. En este contexto, defender valores democráticos no solo es difícil: a veces parece ingenuo.
No existe ciudadanía plena cuando no hay conciencia de derechos y deberes. Cuando el Estado aparece solo para castigar o recaudar, pero no para garantizar oportunidades. Cuando la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en un ring de descalificaciones, promesas incumplidas y urgencias eternas. En ese escenario, la democracia se vacía de contenido y queda reducida a una palabra repetida, pero poco practicada.
Vivimos en medio de la anomia. Cada uno hace lo que puede, como puede y cuando puede. No porque falten valores individuales, sino porque el sistema empuja a la informalidad, al atajo, a la lógica del “sálvese quien pueda”. La norma deja de ordenar y pasa a estorbar. Y cuando eso ocurre, la democracia se vuelve frágil, porque necesita reglas claras, confianza mutua y un mínimo de previsibilidad para funcionar.
Ser demócrata, entonces, implica nadar contra la corriente. Implica creer en el diálogo cuando gritar parece más efectivo. Apostar a las instituciones cuando muchos ya no creen en ellas. Defender el consenso en una sociedad cansada, polarizada y desconfiada. No es una posición cómoda, pero es una posición necesaria.
Porque sin democracia real no hay desarrollo posible. No hay economía que se sostenga en el tiempo si las reglas cambian según el humor del momento. No hay inversión sin seguridad jurídica. No hay crecimiento si el esfuerzo no se traduce en progreso. Y no hay futuro cuando el presente se consume en la improvisación constante.
Necesitamos avanzar como país, y eso exige algo más que planes económicos o ajustes de corto plazo. Exige reconstruir la idea de ciudadanía. Volver a pensar que lo público también nos pertenece, que las decisiones colectivas importan y que la política no es un espectáculo ajeno, sino una herramienta -imperfecta, sí- para ordenar la convivencia y proyectar un rumbo común.
Sacar adelante la economía no es solo una cuestión de números. Es una cuestión de confianza. Confianza en que las reglas se cumplen, en que el mérito vale, en que el esfuerzo tiene sentido. Y esa confianza no nace de la nada: se construye con instituciones fuertes, con liderazgos responsables y con una sociedad dispuesta a dejar atrás la lógica del corto plazo.
Ser demócrata hoy es aceptar la complejidad. Es reconocer los errores propios y ajenos, sin caer en el cinismo. Es entender que no hay soluciones mágicas, pero sí caminos posibles. Es sostener que el desarrollo no se impone, se construye. Y que la democracia, aun incompleta y desgastada, sigue siendo el mejor marco para hacerlo.
Tal vez no sea fácil. Tal vez no sea rápido. Pero si renunciamos a la democracia porque es incómoda, lo que viene después suele ser mucho peor. En un país marcado por la anomia, apostar por la ciudadanía y por reglas claras no es una debilidad: es, hoy más que nunca, un acto de responsabilidad colectiva.