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OPINIÓN/ Cuando la política era escuela de ideas y el Congreso una cátedra de democracia

Escribe: Fernando Peña Aranibar

 

la democracia no se fortalece cuando todos piensan igual; se fortalece cuando quienes piensan distinto son capaces de encontrar caminos comunes para servir a la nación.

Hay experiencias que dejan una huella imborrable. No solo porque marcaron una etapa de vida, sino porque permitieron observar de cerca una forma de hacer política que hoy parece cada vez más escasa. Durante diez años tuve el privilegio de trabajar en el Congreso de la República, específicamente en el despacho del senador Enrique Bernales Ballesteros, en una época en la que el Senado no era simplemente una cámara legislativa, sino una auténtica escuela de pensamiento, un espacio donde la inteligencia, la cultura política y la vocación democrática eran parte cotidiana del ejercicio público.

Quienes tuvimos la oportunidad de recorrer aquellos pasillos recordamos un Parlamento integrado por hombres y mujeres que podían discrepar profundamente en sus posiciones ideológicas, pero que jamás confundían la discrepancia con la descalificación personal. La política era entendida como el arte de construir acuerdos, no como una competencia permanente para destruir al adversario.

Baste recordar, entre tantos otros destacados senadores, figuras de la talla de Javier Valle Riestra, Felipe Osterling Parodi, Manuel Ulloa Elías, Rolando Breña. Cada intervención parlamentaria era una lección de historia, derecho, filosofía política o economía. Se podía estar en desacuerdo con ellos, y muchas veces se estaba, pero era imposible no reconocer la profundidad de sus argumentos y la solidez de sus convicciones.

Del mismo modo, en la Cámara de Diputados destacaban personalidades como Fernando Sánchez Albavera, Valentín Paniagua, Fernando León de Vivero y Roberto Ramírez del Villar, entre muchos otros. Eran dirigentes que entendían que la representación política exigía preparación, lectura permanente, capacidad de escucha y, sobre todo, una enorme responsabilidad frente al país.

Aquellos debates podían ser intensos, incluso ásperos por momentos, pero estaban impregnados de una virtud que hoy resulta indispensable recuperar: el respeto. Nadie pretendía imponer una verdad absoluta. Se argumentaba, se persuadía, se negociaba y se construían consensos. Porque existía la conciencia de que ninguna fuerza política, por poderosa que fuera, podía gobernar de espaldas a la realidad ni ignorando la existencia de quienes pensaban diferente.

Esa generación comprendía algo fundamental: la política no es cerrazón. La política no es la confrontación perpetua. La política no consiste en levantar muros infranqueables entre unos y otros. La política es, esencialmente, la búsqueda de puntos de encuentro. Es la capacidad de hallar espacios comunes entre posiciones distintas para servir mejor al país.

La democracia vive precisamente de sus diferencias, de sus matices y de la pluralidad de voces que la enriquecen.

Por eso resulta inevitable mirar el próximo quinquenio con esperanza. El Perú necesita una representación parlamentaria que recupere la calidad del debate, la solvencia intelectual y la capacidad de diálogo. No se trata de aspirar a una uniformidad imposible ni deseable. La democracia vive precisamente de sus diferencias, de sus matices y de la pluralidad de voces que la enriquecen.

Lo que sí debe preocuparnos es la creciente tendencia a simplificar el debate y a trivializar la discusión pública, a reducir los debates a consignas vacías o a convertir el enfrentamiento permanente en una estrategia política. Cuando eso ocurre, pierde la democracia. Y cuando pierde la democracia, pierde el país.

Las diferencias en política son legítimas. Más aún, son necesarias. Lo que no es legítimo es despreciar el intercambio de ideas, minimizar la importancia de los consensos o asumir que quien piensa distinto debe ser convertido en enemigo. Esa lógica solo conduce al estancamiento y a la fragmentación nacional.

el interés nacional siempre debe estar por encima de cualquier cálculo partidario.

Quienes conocimos aquel Congreso de grandes figuras y memorables debates sabemos que es posible hacer política de otra manera. Sabemos que es posible defender con firmeza las propias convicciones sin renunciar al diálogo. Sabemos que es posible discrepar sin destruir. Y sabemos, sobre todo, que el interés nacional siempre debe estar por encima de cualquier cálculo partidario.

Ojalá que el Congreso que está por instalarse comprenda esa lección.

El Perú necesita parlamentarios capaces de debatir con altura, de escuchar con humildad y de construir con responsabilidad. Porque la democracia no se fortalece cuando todos piensan igual; se fortalece cuando quienes piensan distinto son capaces de encontrar caminos comunes para servir a la nación. Ese fue el gran legado de aquella generación. Y es, quizá, la tarea pendiente de la nuestra. 

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