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OPINIÓN/ El Papa León XIV y los Niños

Escribe: Julio César Villafuerte

 

la ciencia meteorológica no fue creada para bautizar fenómenos. Fue creada para anticiparlos, reducir la incertidumbre y proteger vidas….aprendemos antes de noviembre, el mejor recibimiento que podríamos ofrecerle al Papa León XIV no será una ciudad que rezó para que no lloviera.

 

En noviembre, miles de niños saldrán a las calles de Chiclayo para recibir al papa León XIV. Algunos llevarán banderas del Perú y del Vaticano; otros cantarán, rezarán o simplemente querrán ver de cerca al hombre que durante años caminó por esas mismas calles cuando era obispo de la diócesis. Será una fiesta de fe y esperanza para la Ciudad de la Amistad, una ciudad que el Santo Padre conoce y quiere profundamente.

Pero mientras pensamos en esos niños, hay otros «Niños» que empiezan a ocupar titulares.

Los de siempre.

Los que cada cierto tiempo aparecen acompañados de adjetivos: débil, moderado, fuerte, extraordinario, costero o, para algunos, hasta «súper». Pareciera que el destino del norte peruano dependiera únicamente del apellido que decidamos ponerle al fenómeno climático de turno.

Y quizá ahí radique nuestro mayor error.

Porque la naturaleza nunca ha necesitado un certificado para inundar una ciudad.

Si las lluvias llegan con intensidad sobre Chiclayo, José Leonardo Ortiz, Olmos, Cañaris, Mochumí, Túcume o cualquiera de las localidades que año tras año conviven con quebradas activas, poco importará si los expertos lograron ponerse de acuerdo sobre la categoría del evento. El agua no preguntará si el índice oceánico alcanzó determinado umbral ni esperará la siguiente reunión técnica para empezar a correr.

Las lluvias simplemente caerán.

Por eso el verdadero debate nunca debe centrarse en cómo llamar al fenómeno, sino en cómo prepararnos para convivir con él.

Las observaciones más recientes muestran un océano Pacífico con un contenido calórico importante. Al mismo tiempo, revelan procesos regionales en la atmósfera y el océano que podrían modificar su evolución en los próximos meses. Esa combinación explica por qué hoy ningún científico serio puede afirmar con absoluta certeza cuál será el desenlace.

Los modelos dinámicos ofrecen escenarios posibles. Los modelos estadísticos aportan probabilidades. Ambos constituyen herramientas extraordinarias para reducir la incertidumbre, pero ninguno representa una sentencia definitiva. La ciencia, precisamente, consiste en actualizar el conocimiento conforme aparecen nuevos datos, no en fabricar certezas donde todavía existen preguntas.

Sin embargo, cada temporada repetimos la misma historia. La discusión pública gira alrededor de una sola interrogante: «¿Habrá Niño o no habrá Niño?». Como si el simple hecho de asignarle un nombre resolviera el problema.

Mientras debatimos etiquetas, las quebradas cambian.

Muchas ya no son las mismas que hace veinte años. Los eventos extremos recientes han modificado cauces, erosionado laderas y transformado completamente la dinámica hidrológica de numerosas cuencas del norte peruano. Algunas zonas urbanas crecieron ocupando antiguos drenajes naturales. Otras incrementaron su vulnerabilidad por la falta de planificación territorial.

La pregunta entonces debería ser otra.

¿Estamos monitoreando esos cambios?

Porque hoy disponemos de herramientas que hace apenas dos décadas parecían inalcanzables. Satélites que observan continuamente el Pacífico, radares meteorológicos capaces de seguir la evolución de las tormentas casi en tiempo real, estaciones hidrometeorológicas automáticas, sensores remotos, inteligencia artificial, modelos numéricos de alta resolución y una enorme capacidad para integrar información proveniente de múltiples fuentes.

Nunca habíamos tenido tanta tecnología.

Paradójicamente, tampoco habíamos tenido tanta ansiedad por ponerle nombre a cada anomalía.

Existe además un dato que invita a reflexionar.

Diversas instituciones nacionales e internacionales sostienen que durante los últimos sesenta años se han registrado alrededor de cincuenta y cinco episodios entre El Niño y La Niña. Si a ello añadimos los tres eventos denominados «Niño Costero» desde 2017, apenas quedarían un par de años considerados normales.

¿De verdad hemos vivido casi seis décadas de fenómenos excepcionales?

¿O será que nuestros indicadores necesitan evolucionar para describir mejor una realidad climática que ya cambió?

No se trata de cuestionar el enorme trabajo realizado por la comunidad científica internacional. Todo lo contrario. Se trata de reconocer que el clima del Perú posee características únicas y que requiere observaciones nacionales, bases de datos propias y metodologías adaptadas a nuestras cuencas, nuestro litoral y nuestra compleja interacción entre océano y atmósfera.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de perseguir nombres y empezar a comprender procesos.

De analizar científicamente cada quebrada, cada cuenca y cada ciudad vulnerable. De integrar la información satelital con los radares meteorológicos, las observaciones de superficie y los modelos numéricos. De construir escenarios de impacto y no solamente escenarios climáticos. De comunicar incertidumbre con honestidad y no con titulares diseñados para generar miedo o tranquilidad prematura.

Porque la gestión del riesgo no puede esperar a que alguien anuncie oficialmente si estamos frente a un Niño moderado, fuerte o extraordinario.

Debe comenzar mucho antes.

Cuando el Papa León XIV llegue a Chiclayo, miles de personas levantarán la mirada para darle la bienvenida. Ojalá que para entonces nosotros también hayamos aprendido a levantar la mirada hacia nuestros radares, nuestros satélites, nuestras estaciones hidrometeorológicas y nuestras quebradas. No para adivinar el futuro, sino para entenderlo mejor.

Quizá el mayor acto de responsabilidad no consista en acertar el nombre del próximo fenómeno.

Consista en que, cuando empiecen las lluvias, ya no nos sorprendan.

Porque la ciencia meteorológica no fue creada para bautizar fenómenos. Fue creada para anticiparlos, reducir la incertidumbre y proteger vidas.

Y si esa lección la aprendemos antes de noviembre, el mejor recibimiento que podríamos ofrecerle al Papa León XIV no será una ciudad que rezó para que no lloviera.

Será una ciudad que decidió prepararse, aunque todavía no supiera cómo iba a llamarse el siguiente Niño. Digo Yo.

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