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OPINIÓN/ Del cielo a la carretera: redescubriendo el Perú

Escribe: Alexandre Ridoutt Agnoli

 

Encontré un país inmensamente rico, pero extraordinariamente mal administrado.

Durante más de cuarenta años tuve el privilegio de recorrer el Perú desde el aire. Primero como piloto de la Fuerza Aérea del Perú y posteriormente como piloto de aviación comercial, conocí prácticamente todo el territorio nacional desde la cabina de un avión. Vi la inmensidad de la Cordillera de los Andes, la Amazonía, la costa y cientos de pueblos y ciudades que, desde esa perspectiva, revelan la extraordinaria diversidad geográfica de nuestro país.

Después de una vida entre hélices y turbinas decidí hacer algo distinto: recorrer el Perú por tierra.

Durante más de cuatro décadas trabajé en la que probablemente sea la oficina con la mejor vista del mundo: la cabina de un avión. Desde esa ventana privilegiada observé algunos de los paisajes más espectaculares que existen, pero siempre de manera fugaz. El Perú pasaba frente a mis ojos en cuestión de segundos. Esta vez quise detenerme. Quise recorrer sus carreteras, ingresar a sus pueblos, caminar por sus plazas, conversar con su gente y descubrir ese Perú que ninguna altura permite conocer realmente.

Mi recorrido comenzó saliendo de Lima por la ruta de Canta, ascendiendo la cordillera hasta Huánuco para incorporarme a la carretera Marginal de la Selva Fernando Belaúnde Terry. Desde allí continué hacia Tingo María, Juanjuí, Tarapoto, Lamas, Moyobamba, Chachapoyas y Cajamarca, atravesando la sierra y la selva antes de descender nuevamente hacia la costa para culminar el viaje en
las playas del norte del país.

Cada kilómetro recorrido permitió descubrir una realidad distinta, pero todas tenían un denominador común: un enorme potencial desaprovechado por décadas de improvisación, deficiente planificación y corrupción.

No fue solamente un viaje turístico.

Fue un viaje para conocer el Perú real.

Y lo que encontré confirmó muchas de las preocupaciones que durante años había observado desde la aviación.

Encontré un país inmensamente rico, pero extraordinariamente mal administrado.

La sierra conserva un patrimonio histórico, cultural, agrícola y humano excepcional. La selva posee uno de los mayores patrimonios naturales del planeta. Bosques, ríos, una biodiversidad incomparable, agricultura y turismo conviven con infraestructura insuficiente y una presencia del Estado que, en demasiados lugares, sigue siendo débil o simplemente inexistente.

Sin embargo, hubo algo que me llamó especialmente la atención.

A lo largo de la carretera Marginal de la Selva encontré pueblos y ciudades que, pese a sus limitaciones, conservan una identidad propia, un profundo arraigo de su gente, espacios públicos donde aún se mantiene la vida comunitaria y un estrecho vínculo con su historia, su cultura y su paisaje.

Ese contraste se hizo evidente cuando descendí nuevamente hacia la costa norte.

Quien ingresa hoy a Piura, Chiclayo o Trujillo, ya sea por el norte, el sur o el este, encuentra kilómetros de basura y desmonte acumulados a lo largo de las carreteras, un crecimiento urbano desordenado y una primera impresión que no hace justicia a la importancia económica de esas ciudades.

Una vez dentro, el panorama no mejora. Vías deterioradas, calles sucias, tráfico caótico, contaminación visual, bocinas permanentes y una creciente agresividad entre conductores reflejan el deterioro de la calidad de vida y la ausencia de una autoridad capaz de imponer orden y hacer respetar las normas.

La degradación urbana de Piura, Chiclayo y Trujillo durante las últimas cuatro décadas ha sido acelerada. Paradójicamente, mientras la inversión privada impulsaba el desarrollo de la agroindustria, la construcción de modernos centros comerciales, hoteles, restaurantes y una creciente oferta de servicios, el Estado abandonaba progresivamente su función esencial: planificar el crecimiento urbano, desarrollar la infraestructura pública, preservar los espacios comunes y garantizar servicios de calidad.

El resultado fue una paradoja evidente: un notable crecimiento económico, pero ciudades cada vez más desordenadas, congestionadas y con una calidad de vida en constante deterioro.

El resultado es una contradicción evidente: una economía privada que busca modernizarse convive con ciudades cada vez más congestionadas, desordenadas y descuidadas.

El desarrollo no puede medirse únicamente por la cantidad de centros comerciales, edificios o inversiones privadas. Una ciudad verdaderamente moderna requiere vías en buen estado, espacios públicos limpios, transporte eficiente, seguridad, áreas verdes y una planificación urbana que permita crecer sin sacrificar la calidad de vida de sus habitantes.

Más al norte encontré quizá el ejemplo más dramático de las oportunidades perdidas.

Desde Tumbes hasta Piura existen cientos de kilómetros de playas que podrían convertir al Perú en uno de los principales destinos turísticos del océano Pacífico. Sin embargo, durante décadas el Estado permitió invasiones de terrenos, tráfico ilegal de tierras, crecimiento urbano desordenado, contaminación, carreteras abandonadas y la ausencia de un verdadero plan de desarrollo turístico. En muchos lugares ya se perdió una oportunidad que difícilmente podrá recuperarse.

Lo más sorprendente fue descubrir que, pese a las enormes diferencias geográficas entre la costa, la sierra y la selva, todas comparten exactamente el mismo problema: la ausencia de autoridad, de planificación y de una visión de largo plazo.

Perú ha sido gobernado por políticos con una mirada de corto plazo.

Durante décadas el Perú ha sido gobernado por políticos con una mirada de corto plazo. Cada administración piensa únicamente en su período de gobierno, cuando un país con el potencial del nuestro debería planificar su desarrollo para los próximos cincuenta o incluso cien años.

Cada gobierno inicia nuevos proyectos, modifica prioridades, cambia funcionarios y deja inconcluso lo iniciado por el anterior. La improvisación se ha convertido en una política de Estado.

A ello se suma una corrupción que ha consumido miles de millones de soles destinados al desarrollo nacional.

El resultado está a la vista: carreteras deficientes, ciudades que crecen sin planificación urbana, hospitales inconclusos, colegios deteriorados, infraestructura turística desaprovechada y servicio públicos incapaces de atender las necesidades de millones de peruanos.

Después de este recorrido llegué a una conclusión inevitable.

El principal problema del Perú no es la falta de recursos.

Tampoco es la falta de talento.

El verdadero problema es la ausencia de instituciones técnicas permanentes capaces de planificar el desarrollo nacional por encima de los intereses políticos.

Por ello considero indispensable que el próximo gobierno impulse profundas reformas institucionales.

La primera debería ser la creación de un SERUM Profesional Nacional, mediante el cual los egresados de ingeniería, arquitectura, urbanismo, economía, agronomía, geología, derecho, administración, turismo, educación, salud, medio ambiente y muchas otras profesiones realicen un período obligatorio de servicio en gobiernos regionales, municipalidades y comunidades del país.

Los profesionales que destaquen por su capacidad técnica, ética, liderazgo y vocación de servicio deberían incorporarse posteriormente al Cuerpo Nacional de Alta Dirección Técnica, donde desarrollarían una carrera basada exclusivamente en el mérito, la capacitación permanente y la evaluación de su desempeño, al margen de toda influencia o afinidad política. Su misión sería garantizar la continuidad de los grandes proyectos nacionales, preservar el conocimiento técnico del Estado y asegurar que las políticas estratégicas del país respondan a una visión de largo plazo.

Esta reforma debería complementarse con la creación del Sistema Nacional de Planificación de Infraestructura Estratégica (SINAPIE), un organismo técnico, autónomo y permanente encargado de planificar el desarrollo del país con horizontes de treinta, cincuenta o incluso cien años.

Después de recorrer el Perú comprendí también que nuestro país posee un potencial extraordinario que aún permanece desaprovechado.

No solo en la costa, sino también en la sierra y la selva existen cientos de pueblos y pequeñas ciudades que conservan lo que las grandes urbes fueron perdiendo: tranquilidad, seguridad, contacto con la naturaleza, aire limpio, identidad cultural y una calidad de vida que hoy resulta cada vez más difícil encontrar.

Si el país contara con una red descentralizada de hospitales modernos y centros de salud especializados, servicios públicos eficientes, buenas carreteras, conectividad digital, seguridad ciudadana y una adecuada planificación urbana, miles de peruanos que culminan su vida laboral optarían por establecerse en estas localidades para disfrutar de una vida más tranquila y saludable, rodeados de naturaleza y de la riqueza cultural de cada región. Al mismo tiempo, su llegada impulsaría el desarrollo sostenible de estas comunidades, dinamizando la economía local, generando empleo, fortaleciendo el comercio y contribuyendo a una mejor calidad de vida para sus habitantes.

El Perú no necesita seguir concentrando su crecimiento en unas cuantas ciudades.

Necesita distribuir las oportunidades y convertir la extraordinaria riqueza de su costa, la majestuosidad de la sierra y la inmensa biodiversidad de la selva en espacios donde las personas puedan vivir con dignidad, bienestar y esperanza.

Todos esperamos con optimismo el inicio del nuevo gobierno que asumirá este 28 de julio.

Ese optimismo, sin embargo, debe traducirse en decisiones firmes, planificación, capacidad de gestión y una lucha frontal contra la corrupción, la improvisación y la impunidad.

Ha llegado el momento de dejar de administrar los problemas y empezar a resolverlos 

 

El Perú cuenta con los recursos, el talento humano y una riqueza natural y cultural extraordinaria. Lo que ha faltado no son oportunidades, sino un Estado eficiente, capaz de planificar, ejecutar, fiscalizar y hacer cumplir la ley pensando en las próximas generaciones y no únicamente en el siguiente período de gobierno.

Solo cuando el crecimiento económico vaya de la mano con el orden, la institucionalidad y el respeto por nuestras ciudades podremos hablar, con propiedad de un verdadero desarrollo

 

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