Escribe: Fernando Peña Aranibar

Nada resulta más riesgoso para quien conduce un proceso político que creer que las exigencias del presente pueden enfrentarse únicamente con las fórmulas del pasado. 

La política no se desarrolla en el vacío. No es un ejercicio académico ni una colección de dogmas inmutables. La política ocurre en medio de sociedades vivas, dinámicas y cambiantes. Ocurre en un determinado espacio geográfico, en un momento histórico específico, y frente a ciudadanos cuyas necesidades, expectativas y preocupaciones evolucionan constantemente.

En esa perspectiva, José Ortega y Gasset sostiene que: “Renovarse es vivir. El que no cambia, no aprende o no rectifica, acaba convirtiendo sus certezas en su prisión”. Si existe una actividad humana que exige una permanente capacidad de adaptación, aprendizaje y rectificación, esa es precisamente la política contemporánea.

De allí que quien pretenda hacer política deba comenzar por no confundir convicciones con rigidez. Las convicciones son necesarias; la obstinación intelectual, en cambio, resulta peligrosa. Un dirigente debe tener principios sólidos, pero también la humildad suficiente para reconocer cuándo la realidad le demuestra que determinados enfoques necesitan ser corregidos, actualizados o replanteados. Después de todo, no existe liderazgo auténtico sin capacidad de aprendizaje.

La experiencia enseña, además, que las sociedades cambian mucho más rápido que las organizaciones políticas. Mientras la ciudadanía incorpora nuevas preocupaciones, nuevas formas de comunicación y renovadas expectativas sobre el rol del Estado, muchos actores políticos permanecen atrapados en esquemas mentales construidos para una realidad que ya no existe. Es entonces cuando las certezas, lejos de convertirse en fortalezas, terminan transformándose en una inflexibilidad que impide comprender el presente.

Por esa razón, hacer política exige observar permanentemente el entorno social. Exige escuchar más y pontificar menos. Exige comprender las transformaciones culturales, económicas y tecnológicas que modifican la vida cotidiana de las personas. Exige entender que cada generación posee sus propios códigos, sus propias demandas y sus propias formas de relacionarse con el poder y con las instituciones.

Ahora bien, la renovación del pensamiento político no significa renunciar a los principios. Por el contrario, entraña fortalecerlos a través del conocimiento, enriquecerlos mediante la experiencia acumulada y contrastarlos permanentemente con la realidad concreta de la gente. Porque los principios que no dialogan con la realidad terminan convirtiéndose en simples consignas vacías.

En consecuencia, los grandes liderazgos no son aquellos que creen tener siempre la razón. Son aquellos que poseen la inteligencia suficiente para aprender de los aciertos y también de los errores. Son aquellos que comprenden que cada proceso social deja lecciones valiosas y que cada coyuntura histórica demanda respuestas nuevas. La política es, en esencia, un ejercicio permanente de interpretación de la realidad.

Bajo esa lógica, quienes aspiran a conducir procesos políticos deben asumir que el aprendizaje nunca termina. Cada territorio, cada comunidad, cada conflicto y cada experiencia de gestión ofrecen conocimientos que permiten perfeccionar las ideas y mejorar las decisiones. El político que deja de aprender empieza lentamente a perder contacto con la sociedad que pretende representar.

No es casual, entonces, que la historia demuestre que las organizaciones que sobreviven son aquellas capaces de renovarse sin perder su identidad; aquellas que saben distinguir entre principios permanentes y estrategias circunstanciales; aquellas que comprenden que adaptarse no es rendirse, sino prepararse mejor para cumplir sus objetivos.

Al final, Ortega y Gasset tenía razón: renovarse es vivir. También en política. Porque cuando el pensamiento deja de evolucionar, cuando la experiencia deja de enseñarnos y cuando las certezas se vuelven más importantes que la realidad, la política deja de ser una herramienta para transformar la sociedad y se convierte simplemente en un ejercicio de nostalgia. Nada resulta más riesgoso para quien conduce un proceso político que creer que las exigencias del presente pueden enfrentarse únicamente con las fórmulas del pasado.