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OPINIÓN/ Del Cerro Rico de Potosí al cobre y al litio: América Latina ante el riesgo de repetir su historia

Escribe: Alberto Carpio Ávila

La plata salió de América y construyó prosperidad en otros lugares. El cobre y el litio todavía pueden seguir un camino diferente.

Durante siglos, la plata americana atravesó montañas, puertos y océanos antes de llegar a las casas de moneda, los bancos y los mercados del mundo. Salía de las entrañas del Cerro Rico de Potosí, era transportada por trabajadores indígenas, arrieros, comerciantes y marineros, y terminaba financiando las guerras de la monarquía española, pagando a banqueros europeos o adquiriendo sedas y porcelanas en Asia.

La plata cambió el mundo, pero no transformó de manera duradera a las sociedades que la producían.

Esta es una de las grandes paradojas de la historia latinoamericana. Los territorios de los cuales salió una parte decisiva de la riqueza que hizo posible la primera globalización no consiguieron convertir esa abundancia en educación universal, industrialización, infraestructura integrada, instituciones sólidas ni bienestar compartido.

Cinco siglos después, las circunstancias políticas, jurídicas y tecnológicas son profundamente diferentes. El Perú ya no es una colonia. Bolivia, Chile, Argentina, Brasil y los demás países latinoamericanos son repúblicas soberanas. Los trabajadores no están sometidos legalmente a la mita colonial y los recursos minerales pertenecen, bajo distintas modalidades constitucionales, a los Estados nacionales.

Sin embargo, bajo esas diferencias evidentes, persiste una inquietante semejanza estructural.

Antes fue la plata.

Hoy son el cobre, el litio, el molibdeno, el níquel, el grafito, las tierras raras y otros minerales considerados indispensables para la transición energética, la digitalización, la fabricación de vehículos eléctricos, las redes de transmisión, las baterías y los sistemas de almacenamiento de energía.

El mundo vuelve a mirar hacia América Latina, la región posee una posición extraordinaria en la nueva geografía de los minerales críticos. Produce alrededor del 36 % del cobre mundial y concentra una proporción muy importante de las reservas conocidas de cobre y litio. Chile y el Perú destacan en cobre; Chile, Argentina y Bolivia conforman el denominado triángulo del litio; Brasil posee litio, grafito, níquel y tierras raras. La demanda mundial de minerales como cobre, litio, grafito, níquel y tierras raras podría aproximarse al doble hacia 2040, impulsada por la electrificación y las tecnologías energéticas.

Podría parecer que estamos ante una oportunidad histórica irrepetible, y probablemente lo estamos, pero Potosí nos enseña que una oportunidad extraordinaria puede terminar convertida en una extraordinaria frustración.

La nueva montaña de plata

El cobre es presentado como el metal de la electrificación. Sin él no pueden expandirse adecuadamente las redes eléctricas, fabricarse millones de motores, construir sistemas solares y eólicos o electrificar el
transporte a la escala que exige la transición energética.

El litio, por su parte, se ha convertido en el símbolo de la era de las baterías. La imagen de los salares sudamericanos parece ocupar hoy el lugar que tuvo el Cerro Rico en la imaginación europea del siglo XVI: un territorio distante, aparentemente inagotable, capaz de proporcionar el material que necesita una transformación económica mundial.

Los discursos también se parecen, se anuncia que la demanda será enorme, se proyectan inversiones multimillonarias, se promete empleo, canon, regalías, carreteras y crecimiento, se afirma que el recurso abrirá las puertas del futuro.

Algo de todo ello es cierto. La minería formal puede generar exportaciones, tributos, empleos especializados, infraestructura y encadenamientos productivos. Negar su importancia sería desconocer la estructura económica real de países como el Perú y Chile.

El problema no es extraer minerales, el problema es creer que extraerlos constituye, por sí mismo, una estrategia de desarrollo.

Potosí también generó empleo, comercio, transporte, innovaciones metalúrgicas y una de las ciudades más importantes de su tiempo. La plata impulsó caminos, molinos, casas de moneda, mercados y redes financieras. Pero la estructura esencial permaneció orientada hacia el exterior: se extraía el recurso, se procesaba hasta el nivel necesario para transportarlo y la mayor parte de su capacidad transformadora terminaba en otros territorios.

El riesgo contemporáneo consiste en repetir esa estructura con máquinas más modernas, contratos más sofisticados y discursos ambientalmente más aceptables.

Podemos exportar concentrados de cobre y terminar importando motores, generadores, transformadores, vehículos eléctricos, componentes electrónicos y equipamiento médico fabricado con ese mismo metal.

Podemos exportar carbonato o hidróxido de litio y después comprar baterías, sistemas de almacenamiento, automóviles eléctricos y tecnologías digitales cuyo valor multiplica varias veces el precio de la materia prima.

Podemos poseer el mineral y no poseer la tecnología.

Podemos registrar exportaciones históricas y continuar importando el futuro.

La riqueza que atraviesa el territorio sin transformarlo

Durante la Colonia, la plata salía de los Andes y circulaba por Lima, Panamá, Sevilla, Génova, Amberes, Manila y China. Gran parte de ella apenas pasaba por España antes de ser utilizada para pagar deudas,
ejércitos y mercancías extranjeras.

En nuestros días, los minerales no viajan en galeones, pero pueden seguir un recorrido económico semejante.

Son extraídos en regiones donde persisten pobreza, déficits de agua, escuelas precarias y servicios públicos insuficientes. Luego atraviesan carreteras y ferrocarriles, llegan a puertos modernos y son embarcados hacia economías capaces de refinarlos, transformarlos e incorporarlos a cadenas industriales mucho más rentables.

La región recibe divisas, impuestos y regalías. Pero una proporción considerable del valor se genera después de que el mineral abandona sus fronteras.

La CEPAL ha advertido que América Latina posee importantes capacidades mineras y grandes reservas de minerales críticos, pero todavía no ha convertido plenamente ese potencial en mayor valor agregado, innovación y encadenamientos productivos.

Este es el punto central.

No basta con preguntarnos cuánto cobre exportaremos.

Debemos preguntarnos qué porcentaje será refinado en la región, qué bienes industriales se fabricarán con él, cuántas empresas nacionales participarán como proveedoras, qué universidades investigarán nuevos materiales y qué capacidades tecnológicas permanecerán cuando una mina se agote.

No basta con celebrar la cantidad de litio existente bajo los salares.

Debemos preguntarnos quién dominará la química de las baterías, los materiales catódicos, los electrolitos, el reciclaje, los sistemas de gestión electrónica y las próximas generaciones tecnológicas que podrían reducir o sustituir el uso del propio litio.

El recurso natural es una ventaja inicial, aunque no es una garantía de permanencia, no es tener la ilusión de que esta vez será diferente, tampoco pensar que cada bonanza crea su propia forma de optimismo.

Durante la época de la plata se creyó que el Cerro Rico era prácticamente inagotable. Durante el auge del guano, el Perú imaginó que la riqueza depositada durante siglos en las islas podía financiar indefinidamente al Estado. Durante otras etapas, el caucho, el petróleo, el gas, el estaño o los altos precios de los metales parecieron inaugurar prosperidades definitivas.

La historia demostró que las bonanzas terminan.

Los depósitos se agotan, los precios caen, las tecnologías cambian y aparecen materiales sustitutos. Incluso cuando la demanda se mantiene, los beneficios pueden disminuir si el país depende de capital, maquinaria, patentes y conocimiento extranjero para explotar sus propios recursos.

El litio ofrece un ejemplo especialmente revelador. Su importancia actual es innegable, pero no todas las reservas serán económicamente explotables, todos los proyectos enfrentarán desafíos tecnológicos, ambientales y sociales, y las tecnologías de almacenamiento seguirán evolucionando. Por ello, basar una estrategia nacional únicamente en la expectativa de precios elevados sería tan peligroso como imaginar que una montaña de plata puede financiar eternamente a un imperio.

El verdadero objetivo no debe ser prolongar indefinidamente la dependencia de un mineral.

Debe ser utilizar la ventana de oportunidad que ese mineral ofrece para construir capacidades que sobrevivan a su agotamiento.

El nuevo galeón

En la época colonial, los galeones llevaban plata hacia Europa. Algunos naufragaban; otros eran capturados por corsarios; la mayoría llegaba a su destino y entregaba su carga.

Hoy el galeón puede adoptar otras formas.

Puede ser un contrato que asigna insuficientemente los riesgos.

Puede ser una exoneración tributaria sin resultados verificables.

Puede ser la corrupción que desvía recursos públicos.

Puede ser un canon minero fragmentado entre miles de proyectos inconclusos.

Puede ser una carretera sobrevalorada, un hospital que nunca funciona o una universidad sin laboratorios.

Puede ser la ausencia de planificación industrial.

Puede ser un aeropuerto que se sigue construyendo, aún a pesar de reiteradas advertencias de su inviabilidad.

Puede ser también la incapacidad política de convertir los ingresos excepcionales en fondos de estabilización, investigación, educación técnica e infraestructura productiva.

La riqueza ya no necesariamente se pierde en un huracán.

Puede perderse en la mediocridad administrativa.

Puede hundirse en la burocracia.

Puede ser capturada por intereses privados, gobiernos regionales incapaces, empresas mercantilistas o redes de corrupción.

Puede diluirse en gasto corriente sin dejar una sola capacidad permanente.

El resultado final se parece demasiado al pasado: el mineral desaparece, el dinero se consume y el territorio que produjo la riqueza continúa esperando agua potable, conectividad, hospitales y oportunidades.

La diferencia fundamental: hoy no podemos culpar a la metrópoli

Durante la Colonia, la estructura económica fue diseñada fundamentalmente para beneficiar a la Corona y sostener el sistema imperial. Los territorios americanos no decidían soberanamente el destino de sus recursos.

Hoy la situación es distinta.

Nuestros países poseen congresos, gobiernos, organismos reguladores, universidades, bancos centrales, sistemas tributarios y capacidad para negociar contratos. Pueden establecer políticas industriales, ambientales, educativas y científicas.

Por eso, repetir el modelo primario exportador resulta ahora más difícil de justificar.

Ya no podemos atribuir todas nuestras carencias a una orden enviada desde Madrid.

Si exportamos materias primas sin crear cadenas de valor, es consecuencia de decisiones nacionales.

Si gastamos irresponsablemente el canon, es consecuencia de instituciones propias.

Si permitimos que las comunidades cercanas a las minas permanezcan excluidas, la responsabilidad corresponde al Estado contemporáneo.

Si no invertimos en investigación, metalurgia, ingeniería de materiales, automatización y reciclaje, no es porque una autoridad colonial lo prohíba.

La principal metrópoli de nuestro tiempo puede encontrarse dentro de nosotros mismos: en el centralismo, en la improvisación, en la corrupción, en el cortoplacismo y en la costumbre de administrar la abundancia como si nunca fuera a terminar.

Industrializar no significa fabricar todo

Sería ingenuo sostener que cada país latinoamericano debe producir por sí solo automóviles eléctricos, semiconductores, baterías completas, turbinas, paneles solares y toda clase de maquinaria.

Ninguna economía moderna controla íntegramente todas las cadenas productivas. El desafío consiste en identificar aquellos eslabones en los cuales existen ventajas reales y acumulables.

El Perú podría fortalecer la fabricación de conductores, cables especiales, transformadores, piezas de cobre, equipos mineros, componentes eléctricos y tecnologías para la gestión del agua. También podría ampliar sus capacidades en fundición y refinación cuando los costos energéticos, ambientales y logísticos lo justifiquen.

Los países productores de litio podrían desarrollar conocimientos en procesamiento químico, materiales activos, almacenamiento estacionario, caracterización de salmueras, gestión hídrica, reciclaje y servicios ecnológicos especializados. La propia CEPAL insiste en que la oportunidad del litio no reside solamente en su extracción, sino en articular políticas de ciencia, tecnología, industria y desarrollo territorial alrededor de sus cadenas de valor.

  Brasil puede aprovechar su escala industrial.

  Chile puede combinar cobre, litio, energías renovables y experiencia minera.

  Argentina puede articular sus recursos con capacidades científicas e industriales preexistentes.

  Bolivia necesita resolver limitaciones tecnológicas, institucionales y de infraestructura para que su enorme expectativa geológica pueda convertirse en producción sostenible.

  Perú debe evitar que su condición de potencia cuprífera se reduzca a extraer roca, concentrarla y embarcarla.

La cooperación regional sería más racional que una competencia desordenada entre países que ofrecen beneficios crecientes al capital internacional mientras disputan entre sí inversiones similares.

El recurso más importante no está bajo la tierra

El error histórico de América Latina ha consistido en confundir el recurso natural con la riqueza.

El cobre no es riqueza plena mientras no financie capacidades duraderas.

El litio no es desarrollo mientras no mejore la educación, la ciencia, la infraestructura y la productividad.

La exportación no es éxito suficiente si las regiones productoras continúan fragmentadas y desconfiadas.

La verdadera riqueza se encuentra en los ingenieros capaces de transformar los minerales, en los técnicos que operan tecnologías avanzadas, en las empresas que desarrollan proveedores locales, en las instituciones que cobran y administran correctamente los impuestos y en las universidades que investigan aquello que el mercado todavía no ofrece.

Una mina puede operar treinta o cincuenta años.

Una capacidad científica puede renovarse durante siglos.

Un yacimiento puede agotarse.

Una sociedad educada encuentra nuevos caminos.

Por ello, una parte relevante de los ingresos minerales debería convertirse de manera sistemática y verificable en capital humano, infraestructura logística, agua, investigación, innovación y diversificación productiva.

No como una declaración retórica, sino mediante reglas fiscales, fondos transparentes, evaluaciones independientes y metas mensurables.

Una política para no repetir Potosí

La primera obligación consiste en fortalecer las instituciones antes de que llegue la bonanza. Cuando los precios suben y el dinero comienza a fluir, ya suele ser demasiado tarde para improvisar controles.

La segunda es estabilizar los ingresos. No todo aumento temporal de la recaudación debe convertirse inmediatamente en gasto permanente. Una parte debería alimentar fondos de ahorro y estabilización capaces de proteger a las siguientes generaciones y reducir la vulnerabilidad ante las
caídas de precios 

La tercera es transformar el canon en resultados. Las transferencias deben estar acompañadas por asistencia técnica, planificación territorial, mantenimiento, transparencia y evaluación del impacto. Un municipio que recibe millones, pero carece de equipos profesionales, puede convertir la abundancia en obras inútiles.

La cuarta es construir proveedores nacionales competitivos. El objetivo no debe ser imponer empresas locales ineficientes, sino ayudarlas a alcanzar estándares internacionales mediante financiamiento, certificación, innovación y asociación con compañías globales.

La quinta es invertir en conocimiento. La minería del siglo XXI requiere geología avanzada, automatización, sensores, inteligencia artificial, metalurgia, química, gestión hídrica, energías renovables y recuperación ambiental. Allí existe una industria de conocimiento que puede ser más perdurable que la propia extracción.

La sexta es proteger el ambiente y asegurar legitimidad social. Ninguna estrategia será sostenible si las comunidades perciben que deben entregar su agua, su territorio y su tranquilidad a cambio de beneficios inciertos. La transición energética mundial no puede construirse mediante sacrificios ambientales impuestos a las poblaciones latinoamericanas.

La séptima es desarrollar una visión regional. América Latina posee una combinación excepcional de minerales, biodiversidad, energía renovable y mercados. Fragmentada, negociará como un conjunto de proveedores reemplazables. Coordinada, podría participar con mayor fuerza en la definición de estándares, tecnologías y condiciones de inversión.

La segunda oportunidad

La historia no se repite exactamente, pero conserva ciertas estructuras.

Ya no existe la mita, pero persisten territorios que soportan los costos de la extracción sin recibir servicios equivalentes.

Ya no existe la Flota de Indias, pero buena parte de los minerales continúa viajando hacia centros industriales externos.

Ya no gobierna la Corona española, pero las decisiones estratégicas siguen concentrándose lejos de las comunidades productoras.

Ya no llegan corsarios ingleses u holandeses, pero existen nuevas formas de captura de la renta, evasión, corrupción, contratos deficientes y desperdicio público.

Ya no acuñamos reales de a ocho, pero celebramos cifras de exportación como si ellas, por sí solas, demostraran desarrollo.

El cobre y el litio ofrecen a América Latina una segunda oportunidad.

Pueden financiar una transformación productiva, energética, educativa y tecnológica.

También pueden convertirse en una nueva versión de Potosí: inmensas cantidades de riqueza saliendo del territorio, economías dependientes de los precios internacionales, conflictos sociales, daños ambientales y generaciones futuras contemplando minas agotadas mientras se preguntan adónde fue todo el dinero.

La diferencia entre ambos destinos no se encuentra en la geología.

Se encuentra en la política.

Potosí no debe ser recordado únicamente como la montaña que financió imperios. Debe ser comprendido como una advertencia dirigida a todos los países que creen que poseer recursos equivale a poseer un futuro.

La plata salió de América y construyó prosperidad en otros lugares.

El cobre y el litio todavía pueden seguir un camino diferente.

Pero para lograrlo debemos dejar de comportarnos como simples propietarios de yacimientos y comenzar a actuar como constructores de conocimiento, industria e instituciones.

De lo contrario, dentro de cien años alguien escribirá que América Latina tuvo en sus manos los minerales que hicieron posible la transición energética mundial, pero que, una vez más, contempló cómo el futuro era fabricado lejos de ella.

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