El problema de Piura no es El Niño; el problema es que, después de más de cuarenta años, seguimos enfrentando sus consecuencias casi de la misma manera, porque nunca se hizo la planificación
Después de haber trabajado cerca de dos años en Piura, dejé la ciudad a mediados de diciembre de 1982, justo cuando comenzaban las primeras lluvias del fenómeno de El Niño de 1983. Durante las siguientes cuatro décadas regresé en varias oportunidades para disfrutar de sus playas, pero nunca tuve la ocasión de recorrer nuevamente la ciudad ni de apreciar los profundos cambios que había experimentado con el paso del tiempo.
Esta vez regresé con el recuerdo de aquella ciudad relativamente pequeña, acogedora y llena de encanto. Esperaba reencontrarme con parte de esa identidad que conservaba en la memoria. Sin embargo, lo que encontré fue, lamentablemente, muy distinto.
La ciudad ha crecido exponencialmente en todas sus direcciones. Mientras avanzábamos por la carretera, el anuncio de su cercanía no lo dieron los carteles de bienvenida, sus edificios ni sus avenidas, sino la huella de una expansión desordenada: basura y desmontes acumulados a ambos lados de la carretera, una señal inequívoca de que estábamos ingresando a una urbe que había extendido sus fronteras sin una adecuada planificación.
Ingresé desde el este, después de recorrer una de las rutas más hermosas del país. Venía de pasar unos días visitando Chachapoyas y varias ciudades y pueblos a lo largo de la carretera Marginal de la Selva Fernando Belaunde Terry. Aunque la carretera todavía presenta deficiencias en algunos sectores, encontré ciudades que conservan su identidad, orden y limpieza.
Se percibe en muchas de ellas una política municipal orientada a preservar la imagen urbana: desde la armonía en los colores de las fachadas y la adecuada señalización de los establecimientos comerciales hasta la uniformidad de los taxis. Pero, por encima de todo, lo que más me impresionó fue el civismo, la educación, la calidez y el profundo sentido de pertenencia de sus habitantes hacia su ciudad.
Al llegar a Piura, el contraste fue impactante.
A pesar de haber enfrentado algunos de los fenómenos de El Niño más destructivos de su historia 1983, 1998, 2017 y 2023 y de los cientos o miles de millones de soles destinados durante décadas a la atención de emergencias, reconstrucción y prevención, los resultados no reflejan una planificación técnica de largo plazo capaz de preparar adecuadamente a la ciudad frente a nuevos eventos extremos.
En lugar de desarrollar soluciones estructurales para reducir su vulnerabilidad, durante décadas predominó una gestión reactiva basada en sucesivas declaratorias de estado de emergencia, que flexibilizaron los mecanismos de contratación y ejecución del gasto público para atender la urgencia del momento, pero no lograron resolver de manera definitiva las causas del problema ni reducir la vulnerabilidad de la ciudad frente a futuros eventos.
Más preocupante aún es comprobar que esta realidad no puede atribuirse únicamente a la fuerza de la naturaleza. También es consecuencia de la ineficiencia, la falta de liderazgo, compromiso y autoridad de muchas de las autoridades que gobernaron la ciudad y la región; de una insuficiente fiscalización del Gobierno Central sobre la gestión de los gobiernos regionales y locales durante más de dos décadas de regionalización; y, también, de una ciudadanía que, en muchos casos, terminó aceptando como normal el desorden, la informalidad y el deterioro del espacio público.
El resultado es evidente: enormes recursos públicos invertidos sin que Piura cuente hoy con la infraestructura resiliente, los servicios públicos y las obras de prevención que una ciudad de su importancia merece.
Hoy, a pocos meses del inicio de una nueva temporada de lluvias y del posible incremento del caudal del río Piura, gran parte de la ciudad continúa presentando vías destruidas o en reparación, infraestructura vulnerable, obras inconclusas y una transitabilidad seriamente afectada. Si las lluvias vuelven con intensidad, el impacto sobre la población será aún mayor.
Esta realidad demuestra que el verdadero problema nunca fue únicamente la falta de recursos económicos, sino la ausencia de planificación, continuidad en las políticas públicas, mantenimiento de la infraestructura y una gestión pública eficiente orientada a prevenir antes que reaccionar.
Si bien la agroindustria se ha convertido en uno de los grandes motores de la economía regional, ese crecimiento no estuvo acompañado de una planificación urbana ni de una visión capaz de proteger la identidad cultural de la ciudad. Hoy Piura ha pasado de ser una ciudad pequeña, acogedora y atractiva a convertirse en una gran urbe desordenada, sucia y, en muchos sectores, sin identidad.
Caminar por sus calles resulta frustrante. Se rompen las pistas y las obras permanecen abandonadas durante meses; muchas vías siguen cerradas y desplazarse por la ciudad se convierte en una verdadera odisea. En medio de ese caos aparecen modernos centros comerciales. Entrar a un mall es como ingresar a otra dimensión. Por unas horas uno siente que ha llegado a otra ciudad: todo está limpio, ordenado y funciona. Se recorren sus tiendas, se disfruta de sus restaurantes y, al salir, se vuelve de golpe a la realidad: el caos, el desorden y el abandono.
Esta experiencia deja una reflexión que trasciende a Piura.
El crecimiento económico, por sí solo, no significa desarrollo. Cuando la actividad productiva no viene acompañada de planificación urbana, educación ciudadana, respeto por el espacio público, identidad cultural y autoridades competentes, con liderazgo y autoridad para hacer cumplir las normas, termina generando el efecto contrario: ciudades cada vez más caóticas, menos humanas y con una calidad de vida en permanente deterioro.
El contraste entre Chachapoyas y Piura resume dos maneras de entender el progreso. Una demuestra que es posible crecer preservando la identidad, el orden, la limpieza y el respeto por la ciudad. La otra evidencia que el crecimiento sin planificación termina destruyendo precisamente aquello que alguna vez hizo atractiva a una ciudad.
Piura posee enormes fortalezas. Su gente es trabajadora, emprendedora y acogedora; su agricultura, comercio, industria y sus extraordinarias playas impulsan buena parte de la economía del norte del país.
Sin embargo, ese enorme potencial solo podrá traducirse en una mejor calidad de vida si cuenta con autoridades capaces, honestas y con verdadera vocación de servicio, comprometidas con una planificación de largo plazo, el uso eficiente de los recursos públicos y una gestión orientada a prevenir antes que reaccionar.
Pero el desarrollo también exige una ciudadanía activa y comprometida, que participe en la construcción de su ciudad, fiscalice la gestión de sus autoridades, exija transparencia y rendición de cuentas, respete las normas y comprenda que el futuro de Piura es una responsabilidad compartida.
Piura merece recuperar el orden, la limpieza, su identidad y el orgullo que alguna vez la distinguieron. El verdadero desarrollo no se mide por el crecimiento económico, el número de centros comerciales o las cifras de inversión, sino por la calidad de los servicios públicos, la solidez de sus instituciones, la resiliencia de su infraestructura y el bienestar que experimentan sus ciudadanos.
Más que un nuevo plan de reconstrucción, Piura necesita reconstruir la forma en que el Estado planifica, ejecuta, supervisa y mantiene la infraestructura pública. Solo cuando autoridades y ciudadanos asuman plenamente su responsabilidad será posible romper el ciclo de improvisación, emergencia y reconstrucción que se ha repetido durante décadas.
Los fenómenos naturales seguirán ocurriendo; lo que sí podemos evitar es que la falta de planificación, la ineficiencia en la gestión pública y la indiferencia ciudadana los conviertan, una y otra vez, en desastres que terminan pagando todos los piuranos.
El problema de Piura no es El Niño; el problema es que, después de más de cuarenta años, seguimos enfrentando sus consecuencias casi de la misma manera, porque nunca se hizo la planificación, la prevención y la inversión estructural que una ciudad como Piura necesitaba para convivir con unfenómeno natural recurrente.