Más allá del argumento de legitimidad internacional del gobierno yemení, estar del lado de Arabia Saudita no es un gesto simbólico: es la conclusión lógica de mirar el mapa y los intereses en la misma dirección
Yemen parece muy lejos del Perú. Está en el extremo sur de la península arábiga, frente al Cuerno de África. Sin embargo, basta mirar un mapa para advertir que esa distancia es engañosa. Frente a sus costas se encuentra Bab el-Mandeb, el estrecho que comunica el golfo de Adén y el océano Índico con el mar Rojo y, a través del canal de Suez, con el Mediterráneo: una de las grandes arterias del comercio mundial y del transporte de hidrocarburos. Allí se desarrolla ahora una nueva fase de un conflicto que involucra a los hutíes, Arabia Saudita y otras potencias regionales.
¿Quiénes son los hutíes?
Los hutíes, también conocidos como Ansar Allah, surgieron en el norte de Yemen a partir de un movimiento religioso y político de la comunidad zaidí, rama del islam chiita. Desde fines de la década de 1990 evolucionaron hasta convertirse en una fuerza político-militar. La Primavera Árabe de 2011 amplió su influencia y en 2014 tomaron Saná, la capital. Al año siguiente una coalición encabezada por Arabia Saudita intervino en apoyo del gobierno reconocido internacionalmente.
Los hutíes mantienen estrechos vínculos con Irán, que les ha dado asistencia, entrenamiento y tecnología, aunque reducirlos a una extensión de Teherán sería insuficiente: son también un movimiento yemení con raíces propias. De milicia de montaña han pasado a disponer de misiles y drones capaces de amenazar ciudades sauditas, instalaciones energéticas y navegación comercial.
El drama de Yemen
La principal víctima ha sido Yemen. Después de más de una década de guerra, más de 21 millones de personas requerirán asistencia humanitaria en 2026 y más de 18 millones padecen inseguridad alimentaria aguda. La relativa calma posterior a la tregua de 2022 no resolvió el conflicto: los combates se han intensificado, los hutíes avanzan por la costa del mar Rojo y fuerzas sauditas y yemeníes han respondido con ataques aéreos.
La escalada de septiembre de 2026 ha sido rápida. En pocos días, las fuerzas hutíes avanzaron por la costa del mar Rojo, tomaron el puerto estratégico de Mocha y extendieron su control hacia Bab el-Mandeb, con posiciones e islas que dominan el estrecho.
Según Reuters, el avance desbordó a fuerzas yemeníes respaldadas por Arabia Saudita: la concentración hutí, estimada en 100,000 combatientes, no fue detectada a tiempo. Un movimiento nacido en las montañas del norte de Yemen controla ahora una franja costera clave para una de las rutas marítimas más importantes del mundo.
La confrontación también cruzó la frontera saudita. El 17 de septiembre, Arabia Saudita atacó posiciones hutíes en Hajjah, cerca de su frontera, y en Taiz; los hutíes respondieron con drones y misiles contra territorio saudita, causando la primera muerte civil reportada en ese país durante esta fase de hostilidades. Naciones Unidas calcula al menos 112,000 desplazados internos y cerca de 3,000 personas que han huido por mar hacia Yibuti.
La batalla por una puerta del comercio mundial
Si Bab el-Mandeb se vuelve inseguro, los buques que conectan Asia y Europa pueden verse obligados a rodear África por el cabo de Buena Esperanza, aumentando distancia y costos. La crisis es delicada porque coincide con tensiones en el estrecho de Ormuz, el otro gran cuello de botella energético de la región.
Un barril de petróleo más caro en Medio Oriente repercute en combustibles, transporte e inflación a miles de kilómetros. También en el Perú.
¿De qué lado debe estar el Perú?
Esta vez la pregunta sí tiene una respuesta clara: el Perú debe estar del lado de Arabia Saudita. No se trata de una alineación militar, sino de reconocer que la coalición liderada por Riad respalda al gobierno yemení reconocido internacionalmente frente a una insurgencia armada que ha tomado territorios e islas estratégicas desde los cuales puede amenazar un estrecho internacional.
Una política exterior basada en intereses nacionales no puede tratar como equivalentes a quien defiende la legalidad internacional y a quien la desafía con misiles y drones.
Una fecha que acerca a Arabia Saudita
La publicación de este artículo coincide con una fecha simbólica. Cada 23 de septiembre Arabia Saudita celebra su Día Nacional, que conmemora la proclamación del reino, el 23 de septiembre de 1932, por el rey Abdulaziz Al Saud. La fecha es una ocasión apropiada para preguntarnos qué relación quiere construir el Perú con una de las principales economías y fuentes de capital del Golfo.
La complementariedad económica es evidente. Los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo importan, en promedio, el 85% de los alimentos que consumen, mientras el Perú ha desarrollado una agroexportación competitiva de frutas, hortalizas y café. En 2025, una misión peruana en Riad se reunió con más de 30 importadores sauditas, y una delegación de Tamimi Markets visitó Lima.
Del ejemplo emiratí al potencial saudita
El interés peruano en el Golfo no es solo diplomático: Emiratos Árabes Unidos muestra cuánto puede significar económicamente esa relación. El Ministerio de Economía y Finanzas ha señalado inversiones emiratíes en el Perú por aproximadamente USD 1,600 millones, encabezadas por DP World, la empresa de Dubái que opera el Terminal Sur del Callao y lo amplió con el Muelle Bicentenario. El interés sigue vivo: el propio 17 de septiembre, en medio de la escalada en Yemen, DP World planteó una inversión adicional de USD 1,470 millones en el Callao.
Con Arabia Saudita la situación es distinta. Pese a su enorme capacidad financiera, su inversión directa en el Perú sigue siendo incipiente, aunque el interés crece: el Perú ha presentado en Riad una cartera minera superior a USD 63,000 millones, además de 46 áreas con posibilidades de exploración avanzada y oportunidades en litio y otros minerales estratégicos. Es importante no confundir magnitudes: esa cifra es la cartera presentada a inversionistas, no capital ya comprometido.
El contraste es revelador: Emiratos Árabes Unidos muestra lo que el capital del Golfo ya representa en el Perú; Arabia Saudita representa, todavía, una oportunidad.
Cuatro intereses peruanos
El primero es la libertad y seguridad de navegación. El Perú es una economía abierta al Pacífico y su comercio exterior depende del transporte marítimo. Debe interesarnos que ningún Estado ni actor armado pueda convertir un estrecho internacional en instrumento de coerción.
El segundo es la estabilidad energética. El Perú no necesita ser importador directo de petróleo saudita para sentir una interrupción de las exportaciones del Golfo. Una crisis simultánea en Ormuz y Bab el-Mandeb puede elevar el precio internacional del crudo, los combustibles, el transporte y finalmente la inflación.
El tercero es profundizar nuestra relación económica y científica con Arabia Saudita y el resto del Golfo: convertir la capacidad financiera saudita, hoy sobre todo potencial, en inversión efectiva, como ya ocurre con el capital emiratí en el Callao.
El cuarto es evitar la expansión de una guerra regional. Una confrontación que incorpore progresivamente a Arabia Saudita, Irán y otros actores tendría consecuencias económicas y humanitarias mucho mayores. El interés peruano está en el respeto del derecho internacional y la solución pacífica de controversias.
Sin equidistancia
En este escenario, el Perú no necesita fingir equidistancia ni buscar “neutralidad activa”. Puede mantener una posición diplomática propia y reconocer que sus intereses —navegación segura, estabilidad energética, comercio, inversión y contención de una escalada regional— coinciden en aspectos sustantivos con los de Arabia Saudita y del gobierno yemení respaldado por Riad. No se trata de escoger aliados por simpatía, sino de identificar intereses nacionales.
Más allá del argumento de legitimidad internacional del gobierno yemení, estar del lado de Arabia Saudita no es un gesto simbólico: es la conclusión lógica de mirar el mapa y los intereses en la misma dirección. Yemen está a miles de kilómetros del Perú; nuestros intereses, no tanto. La distancia geográfica ya no equivale a distancia estratégica.