El tatequieto (intencional o no) funcionó y condujo a la repentina “reflexión”. La sensatez se disfrazó de salvavidas para el Ministro del Interior, César Astudillo. Y eso fue todo.
A partir de la elección de las mesas directivas de la Cámara de Diputados y del Senado se configuró lo que aparentemente sería, en ambas cámaras, una bancada oficialista y otra de oposición. La confrontación inaugural fue motivada por el Partido del Buen Gobierno y su giro posicional, sustentado por su líder, Jorge Nieto, que pasó de sentirse incómodo con los parlamentarios vinculados expresamente al Pensamiento Gonzalo a reclamar una postura unitaria (con los residuos de Sendero Luminoso) para enfrentar al gobierno. El resultado de esta primera escaramuza fue que el gobierno se quedó con la mesa directiva del Senado y la oposición, con la de la Cámara de Diputados.
La sensación de victoria, en política, puede ser fugaz, pero mientras dura puede parecer eterna. Todo depende del personaje que la experimenta. Si se trata un espíritu ruin, puede incluso creer que es para siempre.
Bueno volvamos a lo nuestro. Cuando el Ejecutivo presentó a la Cámara de Diputados su solicitud de delegación de facultades legislativas nadie esperaba que tuviera 66 componentes. Se había restregado en la cara de todos que el propósito de tal delegación era enfrentar la criminalidad y los peligros del Fenómeno del Niño. Pero lo que vino fue un aluvión temático, que invadía las competencias del Poder Legislativo. Esto estuvo mal, sin duda.
La Cámara de Diputados quiso aprovechar el error por exceso y la oposición eligió bombardear el proyecto. Jugó con opiniones parciales en las comisiones y optó por imponer el rechazo total a la solicitud del Ejecutivo. Prácticamente lo había conseguido cuando algunos opositores, más inteligentes que el resto, se dieron cuenta de la dimensión de la barbaridad que estaban a punto de cometer y del impacto negativo que iban a provocar. Marcha atrás y, finalmente ¿humo blanco? Mucho menos que lo que el gobierno pidió y mucho más que la nada que al martes 29 de setiembre parecía que iba a obtener.
En la víspera, Presidente y Primer Ministro estrenaron la voz ronca y advirtieron que la paciencia “republicana” se les agotaba. Sonó a amenaza y encendió la alerta de la factible (aunque negada) disolución de la Cámara de Diputados. Recordemos que ahora la Cámara de Diputados puede ser disuelta en caso niegue la confianza a dos gabinetes en asuntos vinculados a competencias del Ejecutivo (que no es el caso). La Cámara de Senadores, no.
Los presupuestos personales, familiares y multifamiliares se han trazado, en los hombres y mujeres ruines, para cinco años. Difícilmente los diputados renunciarán a la más breve parte de ellos.
El tatequieto (intencional o no) funcionó y condujo a la repentina “reflexión”. La sensatez se disfrazó de salvavidas para el Ministro del Interior, César Astudillo. Y eso fue todo.
Lo cierto es que la cuerda no se rompió, que el debate de principios no se dio, que el choque de los espíritus grandes nunca existió y que el enfrentamiento no dio para nada más que para una reyerta callejera.
Un aprendizaje posible, ojalá, es que los tonos y los modales siempre importan y que los maximalismos no sirven para nada.
Hace varias (o muchas) décadas escuché al ilustre tribuno Javier Valle Riestra referirse algunos colegas con una expresión tremenda: “Han cambiado la toga por la librea y la historia por la quincena”. La descripción de Valle Riestra se materializó escrupulosamente desde fines del siglo XX y nos persigue aun hoy.
¿Se podrá hacer algo o conviviremos pasivamente con la mentira y la indignación?