El periodismo necesita libertad, pero también identidad, formación, rigor y responsabilidad. Reconocerlo no restringe la libertad de nadie.
En el Perú hemos adquirido una curiosa costumbre: llamar periodista a todo aquel que se coloca delante de una cámara de televisión, toma un micrófono, participa en un programa de radio o escribe ocasionalmente en un medio de comunicación. Como si la exposición pública bastara para conferir una profesión.
Y no es así.
El periodismo es una profesión. Supone formación específica, metodología, conocimientos, responsabilidades y principios éticos que no desaparecen por la irrupción de nuevas plataformas, redes sociales y múltiples formas de comunicación. Ser periodista no debería depender de cuántas veces aparece una persona en televisión ni del número de seguidores que acumula en las redes.
Conviene hacer esta precisión porque una cosa es ejercer el derecho constitucional a informar, opinar y expresarse -un derecho que corresponde a todos los ciudadanos- y otra, distinta, es ostentar la condición profesional de periodista. El propio Tribunal Constitucional ha reconocido que la actividad periodística puede ser ejercida por personas que no poseen un título profesional, precisamente por su estrecha relación con las libertades de información y expresión.
Pero que una persona pueda informar no significa que deba ser presentada automáticamente como periodista. La libertad de informar pertenece a todos; la condición profesional de periodista, en cambio, exige formación, método, ética y responsabilidad. Esa es la diferencia que con demasiada frecuencia se soslaya.
Un economista que comenta la evolución del tipo de cambio es un economista. Un médico que explica una epidemia es un médico. Un abogado que analiza una sentencia es un abogado. Un dirigente sindical que habla sobre su organización continúa siendo un dirigente sindical. Un político que participa en una entrevista sigue siendo un político. Del mismo modo, una persona que interviene en un programa de televisión por su experiencia o sus conocimientos no adquiere, por ese solo hecho, una profesión que no tiene.
¿Por qué tendría que ocurrir algo diferente con el periodismo?
La confusión no es inocente. Termina devaluando una profesión que exige preparación y responsabilidad. Durante décadas, quienes estudiaron Periodismo o Ciencias de la Comunicación aprendieron técnicas de investigación, búsqueda y contraste de fuentes, redacción, entrevista, géneros periodísticos, tratamiento de la información, ética profesional y responsabilidad frente a la sociedad.
No se trata de levantar una barrera corporativa contra quienes no estudiaron periodismo, y mucho menos de desconocer la libertad de expresión. Se trata, simplemente, de llamar a las cosas por su nombre.
Una sociedad democrática necesita libertad para informar, pero también necesita distinguir entre información profesional, opinión, propaganda, comentario, entretenimiento y activismo. Cuando todo se mezcla y todos terminan siendo llamados periodistas, la profesión pierde identidad y la ciudadanía pierde una referencia importante para comprender desde qué lugar habla quien tiene un micrófono delante.
Hoy, además, la televisión y las redes sociales han convertido la exposición pública en una suerte de credencial profesional. Basta aparecer con frecuencia en una pantalla para que algunos medios -y muchas veces el propio protagonista- empiecen a utilizar la palabra periodista como una categoría genérica.
No debería ser así.
El periodista profesional no es simplemente quien habla ante una cámara. Es quien ha hecho del periodismo un cotidiano ejercicio y conoce las obligaciones que esa condición supone. La noticia no es una conversación improvisada; la entrevista no es un interrogatorio; la investigación periodística no consiste en repetir lo que alguien publicó en una red social; y opinar no equivale a informar.
Defender esta diferencia tampoco significa desconocer que el periodismo ha cambiado. Hoy existen periodistas formados en universidades, periodistas digitales, reporteros gráficos, corresponsales, investigadores, productores y profesionales que trabajan en formatos que hace algunas décadas ni siquiera existían. La tecnología ha transformado las herramientas, pero no ha eliminado la necesidad de formación.
Por eso sería saludable recuperar algo tan elemental como el respeto por las profesiones.
No todo el que aparece en una pantalla es periodista, del mismo modo que no todo el que habla de economía es economista, no todo tinterillo es abogado ni todo el que comenta una enfermedad es médico. En tiempos en que la información circula a una velocidad vertiginosa y la desinformación puede alcanzar a millones de personas en cuestión de minutos, el conocimiento profesional importa más, no menos.
El periodismo necesita libertad, pero también identidad, formación, rigor y responsabilidad. Reconocerlo no restringe la libertad de nadie. Es, sencillamente, devolverle a una profesión su verdadero nombre y su verdadero valor.