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OPINIÓN/ El oficio político: el difícil arte de no regalarle victorias al adversario

Escribe: Fernando Peña Aranibar

 

Cuando la capacidad técnica no alcanza para ejercer la política

 

Hay quienes parecen no terminar de entender que la política, además de conocimientos, exige criterio, experiencia, serenidad y, sobre todo, capacidad para conducir situaciones complejas. No basta con conocer la Constitución, dominar los procedimientos parlamentarios o exhibir solvencia técnica. La política tiene sus propias exigencias y una de ellas, acaso la más importante, consiste en saber administrar las diferencias sin convertirlas en enfrentamientos innecesarios.

Y es que, cuando el debate parlamentario se desarrolla en medio de posiciones encontradas, desconfianzas acumuladas y evidentes propósitos de obstrucción, quien conduce una comisión tiene la obligación de actuar con una dosis adicional de prudencia y habilidad política. No para renunciar a sus convicciones ni para ceder frente a quienes hacen de la confrontación su principal herramienta, sino precisamente para evitar que estos encuentren nuevos pretextos para entorpecer el trabajo legislativo.

No podemos perder de vista que el escenario político ya viene suficientemente complicado por la cerrazón de aquellos sectores que, desde sus escaños, parecen más interesados en impedir que las instituciones funcionen que en contribuir a que estas respondan a las necesidades del país.

Sectores que, acompañados por sus adláteres circunstanciales, parecen haber convertido la confrontación permanente en una forma de actuación política. Para ellos, cualquier diferencia constituye una oportunidad para agudizar las contradicciones y cualquier desacuerdo puede terminar convertido en una nueva batalla contra la institucionalidad.

Precisamente por ello, quienes tienen la responsabilidad de conducir los espacios de deliberación democrática no pueden darse el lujo de actuar con ligereza, impaciencia, excesiva rigidez, o fatal torpeza.

La firmeza no está reñida con la prudencia, como tampoco la autoridad puede confundirse con la imposición.

Una mesa parlamentaria no está para demostrar quién manda. Está para garantizar que el debate se produzca, que las posiciones puedan expresarse y que, finalmente, las decisiones se adopten conforme a las reglas democráticas. Su autoridad no se fortalece elevando el tono de la confrontación, sino demostrando que es capaz de conducirla sin perder el control de la situación.

De allí que resulte particularmente preocupante cuando una conducción desacertada termina complicando un escenario que, por su propia naturaleza, ya se encuentra suficientemente tensionado.

Porque una cosa es enfrentar el obstruccionismo con decisión y otra, muy distinta, contribuir distraídamente a proporcionarle nuevos argumentos, nuevas tribunas y hasta una apariencia de legitimidad a quienes buscan precisamente desacreditar el funcionamiento de las instituciones.

No hay peor favor que pueda hacérsele a una estrategia de obstrucción permanente que permitirle presentarse ante la opinión pública como víctima de una supuesta arbitrariedad.

Y esto debiera ser perfectamente comprendido por quienes, desde posiciones de responsabilidad, tienen la obligación de defender la institucionalidad democrática.

La experiencia política enseña que no todas las provocaciones merecen una respuesta inmediata, que no toda discrepancia debe terminar en una confrontación y que, muchas veces, la verdadera fortaleza de una autoridad consiste en saber escuchar incluso aquello que le resulta profundamente desagradable.

No se trata de tolerar indefinidamente el desorden ni de permitir que las minorías impongan su voluntad sobre las mayorías. Se trata de comprender que el ejercicio de la autoridad demanda inteligencia política y que esta se expresa, fundamentalmente, en la capacidad de distinguir entre lo esencial y lo accesorio.

Hay momentos para debatir, momentos para persuadir y momentos para decidir. Confundirlos puede resultar tan perjudicial como carecer de una posición definida.

Por eso mismo, sería un error atribuir todas las dificultades del funcionamiento parlamentario exclusivamente a quienes hacen de la obstrucción su razón de ser. También corresponde exigir a quienes conducen las comisiones y los órganos de gobierno del Congreso y del Senado una actuación a la altura de las responsabilidades que les han sido confiadas.

La solvencia académica, la especialización jurídica y el conocimiento de los procedimientos constituyen atributos importantes, qué duda cabe. Pero ninguno de ellos sustituye la experiencia, el temperamento y la sensibilidad indispensables para comprender que la política se desarrolla entre seres humanos, con sus diferencias, susceptibilidades, intereses y contradicciones.

Quien no comprende esta dimensión humana de la política corre el riesgo de terminar convirtiendo una discusión perfectamente administrable en un conflicto de proporciones innecesarias.

En política, tan importante como saber enfrentar al adversario es no cometer el error de terminar haciéndole el trabajo.

Y lo más grave es que, en circunstancias como las que atraviesa nuestro país, esos errores terminan comprometiendo la credibilidad de instituciones que bastante debilitadas se encuentran ya por la desconfianza ciudadana y por la actuación de quienes parecen empeñados en profundizarla.

El Perú necesita autoridades que sepan defender sus convicciones sin perder la serenidad, que ejerzan su autoridad sin caer en la prepotencia y que comprendan que la democracia no consiste en eliminar las diferencias, sino en aprender a procesarlas institucionalmente.

Frente al obstruccionismo, la mejor respuesta será siempre demostrar que las instituciones pueden funcionar, deliberar y decidir, aun en medio de las discrepancias más profundas.

Porque, finalmente, la política no es solamente el arte de tener razón, sino también la responsabilidad de saber qué hacer con ella.

Y si algo deberíamos aprender es que las capacidades técnicas, por importantes que sean, no bastan para garantizar una adecuada actuación política.

Se requiere algo más difícil de adquirir y mucho más complicado de ejercer: criterio, experiencia, sentido de oportunidad y, fundamentalmente, esa inteligencia política que permite comprender que no siempre quien gana una discusión termina ganando políticamente.

En política, tan importante como saber enfrentar al adversario es no cometer el error de terminar haciéndole el trabajo.

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