Los pronósticos se verifican con observaciones; los desastres se explican considerando las vulnerabilidades; y las autoridades se evalúan por sus decisiones. Confundir estas tres cosas puede resultar más peligroso que equivocarse al pronosticar.
En el Perú tenemos una curiosa manera de comprobar si un pronóstico meteorológico fue correcto. Si llueve y se inunda una ciudad, alguien recuerda que ya lo habían anunciado. Si no ocurre nada extraordinario, probablemente escucharemos que el fenómeno cambió de comportamiento. Y si aparece El Niño, mejor todavía: tenemos una explicación para casi todo.
Parece que nuestros pronósticos siempre encuentran la manera de aprobar el examen.
Pero hay un pequeño problema: los desastres no sirven para medir la precisión de un pronóstico meteorológico.
Cuando anunciamos lluvias, temperaturas elevadas o vientos fuertes, estamos haciendo una predicción sobre el comportamiento de la atmósfera. Cuando contamos viviendas destruidas, carreteras interrumpidas o personas damnificadas, estamos midiendo las consecuencias de esos fenómenos.
Ambas cosas están relacionadas, pero no son lo mismo.
Si Piura se inunda, ¿acertamos?
Están anunciando que el verano será más lluvioso de lo normal en Piura. Llegan diciembre, enero y febrero, ocurre una lluvia intensa y varios sectores de la ciudad terminan inundados.
Inmediatamente aparece la frase conocida: «Se cumplió el pronóstico».
¿Estamos seguros?
Para comprobarlo debemos revisar cuánto llovió durante el periodo anunciado y compararlo con lo que normalmente llueve en esos meses. También debemos verificar si las precipitaciones ocurrieron en las zonas previstas.
Una inundación puede producirse por una lluvia extraordinaria, pero también porque los drenajes están obstruidos, las quebradas ocupadas o las obras de prevención no funcionan.
Incluso una sola tormenta puede causar grandes daños durante una temporada que, en conjunto, registre precipitaciones inferiores.
Por eso, una ciudad inundada no demuestra, por sí sola, que el pronóstico estacional fue correcto. Y una ciudad que no se inundó tampoco demuestra que fue equivocado.
Lima también tiene sus ejemplos
Todos conocemos lo que ocurre cuando llueve intensamente en las partes altas de las cuencas que abastecen a Lima.
Puede producirse un huaico, interrumpirse la Carretera Central o aumentar peligrosamente el caudal de un río.
Sin embargo, en muchos casos, la lluvia responsable del problema ocurrió a decenas de kilómetros del lugar afectado.
Entonces, ¿Qué debemos comprobar?
Primero, si se pronosticaron correctamente las precipitaciones donde realmente ocurrieron. Después, si se anticipó el peligro de crecidas o huaicos. Finalmente, si las autoridades y la población recibieron información oportuna para actuar.
Son tres acciones distintas.
No podemos evaluar la precisión de un pronóstico de lluvias contando los vehículos atrapados en la carretera.
Sería como evaluar a un médico por la cantidad de pacientes que llegan al hospital, sin comprobar primero si sus diagnósticos fueron correctos.
No todas las lluvias se miden igual
Aquí aparece otra confusión frecuente.
Un pronóstico estacional puede indicar que durante tres meses existe mayor probabilidad de lluvias superiores a lo normal. Pero eso no significa que podamos anunciar exactamente qué día lloverá intensamente en determinada ciudad.
Para eso necesitamos pronósticos de menor plazo y mayor detalle.
Pensemos en Lambayeque. Podemos tener un verano con lluvias superiores al promedio en las partes altas de una cuenca, mientras que en Chiclayo las precipitaciones sean mucho menores.
Sin embargo, las lluvias andinas pueden aumentar el caudal de los ríos y generar problemas aguas abajo.
¿Acertó el pronóstico?
Dependerá de qué se anunció, para qué territorio y durante qué periodo.
Si pronosticamos lluvias en la sierra, debemos comprobarlas en la sierra. Si anunciamos crecidas de ríos, debemos verificar los caudales. Y si advertimos posibles inundaciones, debemos evaluar también las condiciones del territorio.
No podemos utilizar una sola medida para calificar fenómenos diferentes.
¿Quién revisa los pronósticos?
En meteorología existe una práctica fundamental: comparar lo que pronosticamos con lo que realmente ocurrió.
La Organización Meteorológica Mundial promueve métodos para hacerlo. Se pueden medir errores, identificar exageraciones, reconocer aciertos y determinar qué modelos funcionan mejor en determinadas regiones.
Por ejemplo, si un modelo anuncia repetidamente lluvias muy intensas para la costa norte, pero estas resultan menores, debemos investigar por qué las sobreestima.
Si otro modelo identifica mejor las precipitaciones en los Andes, también debemos saberlo.
Y si un pronóstico anuncia lluvias todos los veranos, naturalmente acertará muchas veces. Pero eso no demuestra que sea especialmente bueno: todos sabemos que existe una estación lluviosa.
El verdadero valor está en anticipar qué será diferente de lo habitual.
Aquí surge una pregunta sencilla: ¿Cuántas veces escuchamos que un pronóstico acertó y cuántas veces nos explican en qué se equivocó?
Nunca, reconocer los errores no debilita a la meteorología. Al contrario, permite mejorarla.
El Niño no responde por todo
Durante los últimos años hemos acostumbrado a relacionar buena parte de las lluvias con El Niño.
El fenómeno existe, es importante y puede modificar considerablemente nuestro clima. Pero no trabaja solo.
También intervienen la estacionalidad, los Andes, la Amazonía, los vientos y otros mecanismos atmosféricos.
Podemos pronosticar correctamente el calentamiento del océano y equivocarnos al estimar las lluvias que recibirá una región.
¿Por qué? Porque una cosa es anticipar cómo evolucionará la temperatura del mar y otra determinar cómo responderá la atmósfera sobre nuestro territorio.
Por eso, anunciar correctamente El Niño no significa haber acertado automáticamente los pronósticos de lluvia para Piura, Lambayeque, Lima o Cusco.
Y mucho menos significa que cualquier desastre posterior confirme todas las predicciones.
¿Y las autoridades?
Aquí debemos separar otra responsabilidad.
Supongamos que se pronostica correctamente una lluvia intensa y que la advertencia llega oportunamente a una municipalidad.
Si la ciudad termina inundada porque sus drenajes no fueron limpiados, no podemos responsabilizar al pronóstico por las consecuencias.
Pero también puede ocurrir lo contrario: una advertencia exagerada provoca gastos innecesarios o decisiones que afectan actividades económicas.
Por eso, además de verificar los pronósticos, debemos evaluar las decisiones que se adoptaron utilizando esa información.
La meteorología debe responder por la calidad de sus predicciones. Las autoridades, por sus acciones de prevención y respuesta.
Y ambas deben aprender de los resultados.
Aprender antes de volver a anunciar
No necesitamos esperar otro gran desastre para comenzar a mejorar.
Después de cada estación de lluvias deberíamos conocer, de manera sencilla, qué se pronosticó, qué ocurrió realmente, cuáles fueron los errores y qué medidas ayudaron a reducir los daños.
Esa información debería servir para corregir los siguientes pronósticos y mejorar las decisiones públicas.
No se trata de exigir que los meteorólogos sean adivinos. La atmósfera es compleja y siempre existirá incertidumbre.
Se trata de exigir que la ciencia mida sus resultados con la misma seriedad con la que anuncia sus predicciones.
Porque los pronósticos se comprueban con observaciones, los desastres se explican considerando las vulnerabilidades y las autoridades se evalúan por sus decisiones.
Si seguimos utilizando las inundaciones como prueba de que acertamos, corremos el riesgo de celebrar buenos pronósticos mientras repetimos los mismos errores.
Y quizá, antes de preguntarnos cuántos daños causará el próximo El Niño, deberíamos preguntarnos cuánto hemos aprendido de los pronósticos anteriores. Porque si no aprendemos de nuestros errores, seguiremos pronosticando sin saber cuánto hemos mejorado.