En un campo que a veces parece un muro de términos latinos, una historia humana se convierte en un valioso recurso.
El lado oscuro
Y, por supuesto, está la tradición. El lenguaje médico se basa en siglos de conocimiento académico. Para muchos, eliminar los epónimos sería como derribar la historia misma.
Pero esta fascinación lingüística tiene un lado oscuro. A pesar de su encanto, los epónimos a menudo no cumplen su propósito principal.
Rara vez explican qué es una estructura o qué función tiene. «Trompa de Falopio» no da ninguna pista sobre su función o ubicación. «Trompa uterina» sí.
Los epónimos también reflejan una visión sesgada de la historia.
La mayoría se originaron durante el Renacimiento europeo, una época en la que el «descubrimiento» anatómico a menudo significaba apropiarse de conocimientos que ya existían en otros lugares.
Las personas a las que se honra son, en su inmensa mayoría, hombres blancos europeos.
Las contribuciones de las mujeres, los académicos no europeos y los sistemas de conocimiento indígenas son prácticamente invisibles en este lenguaje.
Luego está la verdad realmente incómoda: algunos epónimos honran a personas con pasados atroces.
El «síndrome de Reiter», por ejemplo, recibió su nombre de Hans Reiter, un médico nazi que realizó experimentos brutales con prisioneros en Buchenwald.


El área de Broca fue llamada así en honor a Paul Broca, el médico francés del siglo XIX

Hoy en día, la comunidad médica utiliza el término neutro «artritis reactiva», un pequeño pero significativo gesto de rechazo a honrar a alguien que causó tanto daño.
Cada epónimo es un pequeño monumento. Algunos son pintorescos e históricos. Otros son monumentos que preferiríamos no seguir venerando.
Los nombres descriptivos, en cambio, son simplemente lógicos. Son claros, universales y útiles. No es necesario memorizar quién descubrió algo, solo dónde está y qué función tiene.
Si oyes «mucosa nasal», sabes inmediatamente que está dentro de la nariz. Pídele a alguien que localice la «membrana de Schneider», y probablemente obtendrás una mirada de desconcierto.
¿Qué hacer con ellos?
Los términos descriptivos son más fáciles de traducir, estandarizar y buscar. Hacen que la anatomía sea más accesible para estudiantes, médicos y el público en general. Y lo que es más importante, no glorifican a nadie.
Entonces, ¿qué debemos hacer con todos estos nombres antiguos?
Existe un movimiento creciente para eliminar gradualmente los epónimos, o al menos para utilizarlos junto con los términos descriptivos.
La Federación Internacional de Asociaciones de Anatomistas (IFAA) fomenta el uso de términos descriptivos en la enseñanza y la escritura, con los epónimos entre paréntesis.
Esto no significa que debamos quemar los libros de historia. Significa añadir contexto.
Podemos enseñar la historia de Paul Broca reconociendo al mismo tiempo el sesgo inherente a las tradiciones de nomenclatura.
Podemos recordar a Hans Reiter no asociando su nombre a una enfermedad, sino como una lección que nos sirva de advertencia.
Este enfoque dual nos permite preservar la historia sin que esta dicte el futuro. Hace que la anatomía sea más clara, justa y honesta.
El lenguaje de la anatomía no es solo jerga académica. Es un mapa de poder, memoria y legado inscrito en nuestra propia carne.
Cada vez que un médico dice «trompa de Eustaquio», evoca el siglo XVI. Cada vez que un estudiante aprende «trompa uterina», busca claridad e inclusión.
Quizás el futuro de la anatomía no consista en borrar los nombres antiguos, sino en comprender las historias que conllevan y decidir cuáles vale la pena conservar.
Tomado de: https://www.bbc.com/mundo/articles/cpd2j0x8j2jo
* Lucy E. Hyde es catedrática de anatomía de la Universidad de Bristol. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.